logotipo

img_google
 




Realmente estoy decepcionado. De mi y de todo. ¿Por qué será tan difícil acabar una carrera en los años estipulados para ello? Me habían dicho que solo un 0,2 % de los matriculados en mi carrera, en mi plan, lo acababan en los años oficiales. Y yo creía que lo podía conseguir. Pero no va a poder ser.
Siento una impotencia que supera cualquiera de los sentidos racionales. Impotencia y rabia, por haberme creído que lo podía conseguir. Por haberme marcado una meta fuera de mis límites. Tal vez me he creído más que nadie, privilegiado del 0,2% que si pueden conseguirlo, y tal vez por eso, soy menos que nadie, por haberme creído más. Cada movimiento que hago, y todavía no han acabado mis exámenes, pierde fuerza por momentos, pues siento una pesada plasta sobre mi, que me impide poner energía en nada de lo que hago. Y me invade una incómoda sensación de pegajosa culpabilidad cada vez que se me ocurre levantarme de la mesa de estudio.
Y me he roto el sueño. No tengo fuerzas para luchar contra una poderosa burocracia, que me hace comprender que nunca podré demostrarles lo que sé hacer, que nunca seré nada más de lo que ellos me dejen ser. Son sus manos las que me agarran mi cabeza y me gritan al oído lo más fuerte que pueden, ¡NO PUEDES¡ Cada vez que salgo de un examen digo, yo que se...le he puesto más o menos todo, razonadamente y con aceptable literatura, pero joder, no puede ser. Necesito algo más y no se que es. Siempre me queda estudiar más, pero es que no entiendo el cómo ni el por qué, no me adapto al sistema.
No tengo derecho de echar la culpa a nadie. Por eso siento la obligación fustigarme mentalmente y no parar hasta que consiga acabar esta carrera que tanto adoro y tan pocas alegrías me aporta...No siento nada ya, más que la incapacidad, la ineptitud, la torpeza, la nulidad, la insuficiencia, el cansancio, el desdén y la inhabilidad de mi mente. No quiero ver a nadie que me pueda preguntar por la deshonra que corroe día a día mis entrañas y mis ganas de llorar.
Pero es que se me han secado los ojos, tal es mi sensación de impotencia. Y cuando pienso, tengo una mirada perdida de melancolía, que indignaría al más leve de los orgullos. Y es que el mío se ha vuelto del tamaño de una lenteja, y no sale para nada más que para insultarme.
Por eso no echo la culpa a la mano que me aplasta la cabeza, y que es ajena a cualquiera de mis fuerzas. La siento de veras, y me tambalea de lado a lado, hurgando en la vergüenza que siento de que los demás la vean. ¿Qué hacer pues sino luchar, con mis escasas fuerzas mentales contra esta potencia sobrehumana (pues está echa de una pasta compuesta de muchas personas), aunque no sepa la dirección, ni el sentido en el que estimular mi reacción?
Pero quiero hacerlo en la más absoluta soledad, sin la molesta compañía de gentes que viéndome en mi más asquerosa indecencia, puedan siquiera recordarme el gran lastre que tengo que arrastrar con mi mirada perdida y estúpida; la boca abierta y babeando; el pensamiento hundido en la más infernal de las tinieblas, y el orgullo de ser persona en la más honda de las cuevas de mi cabeza.
Se que puede ser considerado como insulto, ofensa, ultraje, descortesía, desaire e incluso grosería, que no de ni una explicación de mi cochina incompetencia a ciertas personas de mi alrededor, pero es que se me cae el alma a los pies, se me junta el cielo y la tierra conmigo en medio, se me hace un nudo en la garganta de la vergüenza que siento cada vez que tengo siquiera que pensar en la razón de mi incompetencia. Por que no encuentro otra sino incapacidad ¡Ah que terrible dolor de pronunciar semejante afrenta contra la inteligencia y dignidad de cualquier persona¡. ¡Que dolor me produce, esa palabra que no podré pronunciar más en todo este llanto, porque me desgarra las entrañas como si tuviera plomo fundido por mis venas, cada vez que la tengo que pronunciar, mental o físicamente!
Y sobre todo, sobre todo, que a nadie se le ocurra acercarse a mi con una mirada de compasión, o una palabra de piedad; que nadie venga intentado aliviar una pena, que no se alivia con palabras, afecto, o amor; que nadie vilipendie más mi persona intentado hacerme ver que comprenden nada; que nadie se aproxime a mi con una caridad sentimental que solo me haría enrojecer, fruto de una peligrosa furia, pues toda esta sombra en la que vivo, no se puede aliviar sino es de una manera.
Y por eso apelo aunque sea asquerosamente literario y demencialmente ridículo por mi parte, a la diosa minerva para que me asista blandiendo la espada de mi capacidad y el martillo de la dignidad, en la guerra de la que quiero salir vencedor y destructor, para poder mirar otra vez a la gente con la cabeza bien alta.
 

UTOPÍA