el egipcio

en busca de su destino

la piedra de Rosetta

una mala noticia

el exilio

el método
 
el hombre que leía los dibujos

 

 

   

champollion

   

 

el egipcio

La historia podría comenzar a mediados de 1790, en Figeac, un apacible y pequeño pueblito del sudoeste francés. Jacques, un modesto librero del pueblo, echa mano a un recurso desesperado para salvar a su esposa Jeanne Francoise, paralítica y gravemente enferma, desahuciada por todos los médicos. Jacques recurrió a los servicios del curandero Jacqou quien dispuso que la enferma se acostara sobre unas hierbas previamente calentadas y se le administrara un brebaje con vino caliente. El curandero no esperó los resultados: anunció que la enferma no sólo sanaría, si no que tendría un hijo, un niño que sería famoso por siglos. Al tercer día, la enferma se repuso y, pocos meses después, a las dos de la madrugada del 23 de diciembre de 1790, dio a luz a Jean-Francois Champollion.

Un prodigio más: el niño presentó un tono amarillento en sus córneas, característica de los pobladores orientales y excepcional en los europeos. Su tez era oscura y sus rasgos orientales le ganaron el apodo de “el egipcio”, con el que se lo conoció en su madurez.

Pese a que los 7 años, Jean-Francois había aprendido a leer por sí mismo, Champollion era un mal alumno. Su hermano mayor, Jacques Joseph, preocupado por su educación, lo lleva a Grenoble, a estudiar al Liceo. A los 11 años, el pequeño maneja el latín y el griego y empieza sus estudios de hebreo. Augurando su promisorio futuro, Jacques Joseph cede su apellido, pasando a llamarse Champollion-Figeac, para pasar a ser, un tiempo después, Figeac a secas.



De esos tiempos, data su encuentro con Fourier, célebre físico y matemático francés, funcionario gubernamental en El Cairo, donde había sido secretario del Instituto Egipcio. Durante una visita escolar, Fourier se sorprendió por la sagacidad del joven y lo invitó a ver su colección de reliquias egipcias. Allí descubre, por primera vez, los jeroglíficos del Antiguo Egipto.

“¿Se sabe leer esto?” pregunta, según la leyenda histórica. Ante la negativa de su ilustre anfitrión, asegura, con total convicción: “Yo lo leeré”.

La sed de conocimientos de Champollion no se detiene. A los 13 estudia el árabe, el sirio, el caldeo y el copto, un dialecto egipcio. Poco después, el chino antiguo y textos del zenda, el pahlavi y el parsi, exóticos idiomas de los países más remotos. Se da tiempo para escribir un libro (“Historia de perros célebres”) y construye una cronología que titula (no sin cierta soberbia) “Cronología de Adán hasta Champollion”. En el verano de 1897, Champollion proyecta el primer mapa histórico de Egipto, un mapa del reino de los legendarios faraones.

Decide marchar a París, pero antes, los académicos de Grenoble lo apuran con su tesis o trabajo final. En vez del acostumbrado trabajo retórico, Champollion sorprende con el esbozo de su libro “Egipto bajo los faraones”. A los 17 años, sus audaces teorías deslumbran a los académicos de Grenoble. Por unanimidad, nombran al alumno como uno de ellos y lo nombran miembro del Colegio Real de Grenoble. Champollion se desmaya al salir de la institución, conmovido por la emoción del momento.

en busca de su destino

Con una madurez, física y psíquica, que desmienten sus pocos años, Champollion se casa con Rossine Blanc quien, en 1824, le dará una hija, Zoraida. Champollion se establece en París. Allí, sostenido económicamente por su hermano, Champollion se sumerge en el estudio, agotando bibliotecas, especializándose en los idiomas de Oriente. Estudia el sánscrito, el árabe, el persa (“el italiano de Oriente” como lo definiera Silvestre De Sacy, profesor de Champollion). Es tal la pericia con la que Champollion domina el idioma árabe que, en una reunión social, un viajero de Arabia se inclina ante él, creyendo que estaba ante un connacional. Conoce Egipto con más exactitud que los expedicionarios que han viajado al antiguo reino de los faraones.



Escribe con corrección el copto y lo habla solo “ya que nadie me entendería”. Para ejercitarse compone largas carillas en signos demóticos. Se cuenta que mucho tiempo después, ante esos ejercicios de estudiante, un sabio los confundió como textos originales egipcios, comentándolos con erudición pretenciosa, sin sospechar que eran traducciones de un libro alemán sobre fósiles.

(De la relación del copto con el antiguo idioma egipcio perdido, cabe citar lo que Champollion escribiera más adelante: “Los egipcios conservaron aún algunos vestigios de su método fonético antiguo. En los textos coptos más viejos, en el dialecto tebano, la mayoría de las vocales cortas se omiten completamente y que con frecuencia, al igual que los nombres jeroglíficos de los emperadores romanos, están formados nada más por hileras de consonantes interrumpidas a grandes intervalos por unas cuantas vocales, casi siempre largas”.)

De a poco, va armando el cuadro, adquiriendo las herramientas que necesitará al sumergirse en las escritura. Pero ese adiestramiento tiene su costo. Acuciado por el hambre y las estrecheces económicas, la ropa raída y los zapatos rotos, Champollion enferma durante un fuerte invierno que azotó a París, resintiéndose su salud severamente.

Tiempos de guerra, en la Francia de Napoleón. Los esfuerzos de su hermano Jacques logran su resultado y Champollion elude el reclutamiento militar. Entonces, cuando aún no se consideraba preparado para la tarea, Jean-Francois Champollion se topa con la Piedra de Rosetta, esto es, se enfrenta a su destino.


la piedra de Rosetta

Emulando a Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte se había lanzado a la conquista de Egipto, la llave para la expansión francesa al Oriente. En julio de 1798, el ejército napoleónico entra en El Cairo y los europeos redescubren las ruinas de un imperio perdido en el tiempo. Allí, Bonaparte pronunció su célebre arenga: “¡Soldados! Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”, antes de la victoria que le daría el control de la ciudad. La flota inglesa en el Mediterráneo, con Nelson al mando, se encargó de derrumbar sus pretensiones de expansión.



Pero este fracaso militar de Napoleón, tuvo una contracara cultural. Bonaparte había reunido un equipo de astrónomos, químicos, pintores, poetas, geómetras y geólogos, con el objetivo de sacarle provecho científico a esa expedición militar. Cargados de un impresionante material, regresaron a Francia, tras la capitulación francesa en Alejandría, en 1801, donde debieron soportar la afrenta de entregar a Inglaterra, todas las antigüedades egipcias apropiadas por Napoleón. Pero se habían precavido de sacarle copias a todos los materiales, en especial, de los jeroglíficos, dibujos cuyo significado se desconocía, aún para los propios egipcios descendientes de esos escribas.

“Cuando como resultado a su conversión al cristianismo” explicó Champollion “el pueblo egipcio recibió de los apóstoles la escritura griega alfabética, teniendo entonces que escribir todas las palabras de su lengua materna con este nuevo alfabeto, cuya adopción les separó para siempre de la religión, historia e instituciones de sus antepasados, siendo ‘silenciados’ todos los monumentos por estos neófitos y sus descendientes”.

Entre esas copias traídas a Europa, una, que el propio Champollion vio en su visita infantil en casa de Fourier, sería crítica para la comprensión de esos signos: la piedra de Rosetta.

Rosetta (o su nombre árabe Al Rachid, derivado del antiguo egipcio “Rikhit”) era un puerto, a unos 13 km de la desembocadura del Nilo, que rivalizaba con Alejandría como salida al mar de El Cairo. En su construcción se utilizaron muchos de los materiales faraónicos del Delta del Nilo. Ya habían pasado sus días de gloria cuando el ejército napoleónico, en previsión de un ataque angloturco, rearmó un viejo fortín, el Fuerte St Julián. En esas obras se encontró una laja de granito negro (o de basalto, para otros), fragmento de una estela de un templo, en una de sus caras grabada con tres tipos de escrituras. La piedra medía (y mide, porque aún se exhibe en el Museo Británico, catalogada como la pieza EA24) 118 cm de alto, 77 de ancho y 30 de espesor, pesaba 762 kilos. Sólo se conservaba intacta la esquina inferior izquierda de la piedra, que la posterioridad conocería con el nombre de la Piedra de Rosetta.



La leyenda dice que el teniente Pierre Bouchard encontró la piedra, pero parece ser que él era sólo el jefe de la guarnición y que el hallazgo perteneció a un soldado (cuyo nombre no pasó a la historia) que, para más datos, salió huyendo a los gritos al verla, como si temiera caer hechizado por una alguna maldición antigua.

Lo peculiar de este fragmento era las escrituras que combinaba en su superficie: una zona superior, unas 14 líneas de jeroglíficos, escritura sagrada que se usaba en templos y monumentos; otra, en la parte media, veintidós líneas, de una escritura informal, más abreviada, llamada n. Pero lo importante (y que diferenciaba a esta piedra de cualquier otra conocida) estaba en el sector inferior: 54 líneas en griego. Al leer el texto griego (descifrado por un general de Napoleón), se supo que esa inscripción era una dedicatoria laudatoria de los sacerdotes de Menfis a Ptolomeo V, en el año 196 AC:

"Bajo el reinado del joven que recibió la soberanía de su padre, Señor de las Insignias reales, cubierto de gloria, el instaurador del orden en Egipto, piadoso hacia los dioses, superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres, Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual a Hefaistos el Grande, un rey como el Sol, Gran Rey sobre el Alto y el Bajo País, descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado aprobación, a quien el Sol le ha dado la victoria, la imagen viva de Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo, viviendo por siempre, amado de Ptah.

En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, y de los dioses Euergetes, y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athlófora de Berenice Euergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsínoe Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe Filopátor, en el (día) cuarto del mes Xandikos —o el 18 de Mekhir de los egipcios—".




Si bien los ingleses se llevaron el original, los franceses se habían cuidado de sacar copias de la piedra, entintando su superficie e imprimiéndola en un papel, mediante la presión de un rodillo, para que lo estudiaran sus compatriotas. Y se especuló que, si esa piedra repetía un texto en griego, demótico y en jeroglíficos, no sería complicado hallar la correlación entre un lenguaje y otro, con lo que la lengua del Antiguo Egipto, que se creía pérdida en el tiempo, revivía cuando menos se la esperaba.

Sin embargo, los jeroglíficos siguieron siendo impenetrables, para las mejores mentes de Europa. Fueron tantas las veces que los estudiosos se dieron contra la pared que la opinión dominante era que los jeroglíficos egipcios eran intraducibles y que sólo tenían valor ornamental. Eran dibujos simbólicos y no una escritura, no representaban sonidos.

Las primeras menciones de los jeroglíficos para Occidente provienen de Heródoto, Estrabón y Diodoro quienes viajaron por Egipto y mencionaron los jeroglíficos como una incomprensible escritura de imágenes. Los contemporáneos de Champollion se basaban en los textos de Horapolo (siglo IV DC) quien lo consideraba una escritura de imágenes, lo que llevó a interpretar los simbolismos de esas imágenes, dando lugar a las variadas (y erróneas) interpretaciones.

En cierta ocasión, Champollion identificó el símbolo de una serpiente echada con una “f”. Esa idea le pareció descabellada y la desechó. Hubiera significado que las imágenes jeroglíficas eran letras, signos representativos de sonidos.

Ese era, justamente, el camino.

(Mucho tiempo después, escribiría: “No me cabe duda, señor, de que si pudiéramos determinar definitivamente el objeto representado o expresado por todos los jeroglíficos fonéticos comprendidos en nuestro alfabeto, sería un trabajo relativamente fácil para mí demostrar, en los léxicos egipcios-coptos, que los nombres de estos mismos objetos empiezan con la consonante o con las vocales que su imagen representa en el sistema jeroglífico fonético”).

Dándole la espalda a la tradición posterior a Horapolo, Champollion se distinguió del resto de sus colegas, aún de aquellos como el inglés Thomas Young que llegó a traducir varias palabras de la parte demótica (él identificó el nombre de Ptolomeo, en la parte demótica) pero sin lograr establecer el método de escritura.

“Te someto mis primeros pasos” le escribe a su hermano Jacques, el 30 de agosto de 1808, cuando sólo tenía 18 años de edad.

una mala noticia

Una noticia corre por las calles de París: alguien ha traducido los jeroglíficos egipcios. Champollion empalidece. Su sueño de ser el hombre que lea las imágenes egipcias, ha sido arrebatado cerca de la meta. Tambaleante, busca la información de su competidor. Un amigo le sopla el nombre: “Alexandre Lenoir”. Lenoir acababa de publicar un folleto, en la Nouvelle Explication, develando el misterio.

Corre a la librería y, con sus últimos francos, compra el trabajo de Lenoir. Se refugia en su habitación y se entrega a su lectura. Poco después, la viuda Mécran, quien le alquilaba un cuarto a Champollion, se sobrecoge por una risa histérica que llega de los pisos superiores. Sube y descubre a Champollion con el folleto en la mano, riéndose sin control. El trabajo de Lenoir es un invento, un bluff, sin sustento teórico alguno.

Los jeroglíficos egipcios siguen siendo un misterio.

Y él siente que es la persona que el destino ha señalado para leerlos.

el exilio

1816. Bonaparte escapa de la isla de Elba, iniciando lo que la historia conoce como los Cien Días. En su marcha a París, ingresa a Grenoble, punto clave que le abrirá la posibilidad de su restauración como Emperador. Ante la confusión inicial, Grenoble le abre las puertas a Napoleón. Éste pide un secretario y el alcalde de la ciudad le presenta a un tal Champoleon, deletreando mal, adrede, el nombre del candidato. “¡Magnífico!” dice Bonaparte “Lleva la mitad de mi propio nombre”.

Ese "Champoleon" es Jacques, ferviente bonapartista, a diferencia de su hermano Jean Francois, convencido republicano, tan comprometido con sus ideas que ha debido abandonar París, jaqueado por las intrigas académicas. Ha pasado los últimos años entregado a sus estudios egipcios, lidiando con trabajos subalternos, para sobrevivir. Estudiantes mediocres, canciones políticas y la tortuosa escritura de un diccionario copto del que dice, con tristeza, que “cada día está más grueso, mientras a su autor le sucede lo contrario”. En esto se han ido los últimos años de Champollion.

Esa noche de 1816, la capacidad de Jean Francois deslumbra al Emperador quien, enterado de su trabajo en un diccionario copto, le promete imprimir sus obras en París. Al día siguiente, vuelve a visitarlo y se explaya de sus proyectos, de conquistar Egipto, construir esclusas en el Nilo (para asegurar su regularidad) y declarar el copto como lengua popular universal. Sueña con un imperio como el de Alejandro, un sueño que acabará en Waterloo. Sólo a Champollion le está prometido su futuro.

Cuando los Borbones retomen el poder, los celos de provincia apuntarán a Jean Francois Champollion, acusándolo de bonapartista, confundiéndolo intencionadamente con su hermano. Alguno dirán que él fue el que bajó la bandera de los Borbones en Grenoble, la noche de la llegada de Napoleón. Destituido de su cátedra, acusado de alta traición, Champollion abandona París en 1821, exiliándose en Figeac.



Han pasado más de doce años de sus primeros intentos de traducir los jeroglíficos egipcios, los que siguen desafiando al mundo occidental. Sólo un año más tarde, el 27 de septiembre de 1822, lee su “Lettre a M. Dacier relative a l’alphabet des hiéroglyphes phonétiques”, una carta al Secretario de L´Academie Royale des Inscriptions et Belles Lettres que desarrolla, nada más ni nada menos, que las bases para el desciframiento de los jeroglíficos egipcios.

El reino de las pirámides, las momias suntuosamente enterradas, los templos abandonados, el imperio perdido en la oscuridad de la historia, retorna de las sombras. Las paredes grabadas con imágenes incomprensibles, desde ese día, hablan.


el método

En la Piedra de Rosetta, podía distinguirse un grupo de símbolos encerrados en un anillo ovalado, que los estudiosos bautizaron con el nombre de cartouche. Como el texto griego indicaba que el texto era una alabanza sacerdotal al rey Ptolomeo V, cabía especular con que ese anillo realzaba el nombre de alguien muy especial, tan importante que no podía ser otro que el monarca. Ese era el primer paso: esos símbolos querían decir “Ptolomeo”.

Champollion siguió un camino que ninguno otro había recorrido, empantanados en la tesis de Horapolo. Identificó cada signo con una letra del nombre del rey. Y luego, testeó su hipótesis, a partir de una segunda Piedra de Rosetta, el Obelisco de Filé (o Phiale), descubierto un año antes, y que presentaba un doble texto, jeroglífico y griego. Nuevamente apareció el cartouche con el nombre de Ptolomeo. Pero, mejor aún, aparecía otra combinación de signos encerrada de igual manera. Ante el texto griego, Champollion supuso que se refería a otro integrante de la nobleza,
“otra que debe llevar el nombre propio de una mujer, una reina ptolomea, ya que termina con los signos jeroglíficos femeninos que, sin excepción, adoptan también a los nombres propios jeroglíficos de todas las diosas egipcias”, en palabras del propio Champollion. Esa reina era Cleopatra.


Sigamos la deducción tal como la describió Champollion:

“Este nombre y el de Ptolomeo que tienen ciertas letras iguales en griego, tenía que servir para un estudio comparativo de los símbolos jeroglíficos que componían ambos. Y si los signos idénticos en estos nombres respetan los ‘mismos sonidos’ en ambas inscripciones, su carácter tenía que ser ‘enteramente fonéticos’.

Una comparación preliminar me reveló también que estos dos nombres, escritos fonéticamente en la escritura demótica, contenían cierto número de caracteres idénticos. La semejanza entre las tres escrituras egipcias en su principios generales me impulsó a buscar el mismo fenómeno y las mismas correspondencias cuando los mismos nombres se presentaran en los ‘jeroglíficos’. Esto pudo comprobarse fácilmente por simple comparación entre el jeroglífico que contenía el nombre Ptolomeo y el del obelisco de Phiale aunque, según creía por el texto griego, debía llevar el nombre de Cleopatra.

El primer signo del nombre Cleopatra, que recuerda una especie de ‘cuadrante’ y que representaba la K, debía esta ausente del nombre de Ptolomeo, como así fue efectivamente.

El segundo signo, un ‘león acostado’ que estaría, representado por
L es exactamente igual al cuarto signo en el nombre de Ptolomeo, también una L (Htol).

El tercer signo en el nombre de Cleopatra es una ‘pluma’ o una ‘hoja’ y representa la vocal coral E. Vemos también dos hojas similares al final del nombre Ptolomeo que, por su posición, puede tener solamente el valor del diptongo
AI, en AIOS.

El cuarto carácter en el jeroglífico de Cleopatra, una especie de ‘flor con un tallo combado’, representaría la O en el nombre griego de esta reina. Es efectivamente el tercer carácter en el nombre de Ptolomeo (
Hto).

El quinto signo en el nombre de Cleopatra que se presenta por un paralelogramo y que debe indica
P, e igual el primer signo en el jeroglífico de Ptolomeo.

El sexto signo, que representa la vocal
A de KAEOPATPA es un ‘halcón’ y, como es lógico, no aparece en el nombre de Ptolomeo.

El séptimo carácter es una ‘mano abierta’ representando la T. Pero esta mano no aparece en la palabra Ptolomeo en donde la segunda letra, la T, está expresada por un ‘semgento de círculo’ que, sin embargo, es también una T. Veremos después por qué estos dos jeroglíficos tienen el mismo sonido.

El octavo signo de KAEO
PATPA que es una ‘boca’ vista de frente y que sería la P no aparece ni debe aparecer en la inscripción de Ptolomeo.

Finalmente, el noveno y el último signo en el nombre de la reina, que debe ser la vocal A, es efectivamente el ‘halcón’, que hemos visto ya representando esta vocal en la tercera sílaba del mismo nombre. Este nombre propio termina en los dos símbolos jeroglíficos del género femenino. El de Ptolomeo termina en otro signo que consiste en una saeta doblada equivalente a la
S griega, como veremos después.

Los signos combinados de las dos inscripciones, analizados fonéticamente nos dieron doce signos que correspondían a las once consonantes, vocales o diptongos, A, AI, E, K,
L, M, O, P, P, S y T, del alfabeto griego”.

La importancia de esta deducción (aparentemente sencilla, pero revolucionaria para su época) está contendida en una frase de la carta de Champollion:
“en cuanto a los extraordinarios monumentos erigidos por los egipcios, podemos leer al fin, en las inscripciones que las adornan, su cronología exacta desde Cambises”.


el hombre que leía los dibujos

Abierta la senda por Champollion, progresivamente, se fueron develando los secretos de la escritura egipcia. Se identificó la evolución de los viejos jeroglíficos en una escritura “hierática” que luego desembocó en otra más breve, “demótica”. También que había tres tipos de signos: los que representaban fonemas, los que representaban palabras y los que representaban símbolos. Y que podían, yuxtaponerse, escrituras de izquierda a derecha o a la inversa, de arriba a abajo, según la época a la que pertenecían o a una subordinación estética del texto.

Papiros y monumentos inundaron Europa. Y todos pudieron ser leídos con absoluta facilidad, siguiendo el método expuesto por Champollion.

Oportunamente, se “olvidaron” los cargos en su contra. Restituido a sus cargos en Grenoble, Jean-Francois Champollion viaja por Turín y Livorno, estudiando los papiros de ls colecciones compradas por Italia. Conoce los obeliscos egipcios traídos a Milán y Roma y los documentos de la biblioteca del Vaticano, ciudad en la que se entrevista con el Papa León XII. De esos días en Italia, se va formando el equipo de colaboradores que lo acompañará en su gran aventura, la dirección de una expedición Francesa-Toscana a Egipto que tardará casi tres años más, en realizarse. En especial, su dilecto discípulo, el italiano Ippolito Rosellini.

El 28 de agosto de 1828, Jean-Francois Champollion arriba a Egipto. Los egipcios, descendientes del reino de los faraones, que habían perdido el conocimiento de sus ancestros, se agolpan en el muelle para verlo. Están frente al hombre que “sabe leer lo escrito en las piedras antiguas”.



En dos barcos (Hator e Isis) remonta el Nilo, en busca de los monumentos antiguos. Sus hallazgos se suceden, unos a otros: en las canteras de Menfis reconoce los trabajos de las distintas épocas; descubre dos templos en Mit-Rahine y una necrópolis; en Sakkara identifica el nombre del rey Onnos y lo sitúa, con precisión cronológica, en la época más antigua; en Tell-el-Amarna, en lo que se creía un granero, lo identifica como el gran templo de la ciudad.

Entre los europeos, disfrazados con turbantes y túnicas, uno se distinguía por su destreza, mimetizados entre los verdaderos nativos de esas tierras, entre esos hombres de la arena. Un moro, “el egipcio”, Jean-Francois Champollion quien confirmaba cada una de sus audaces hipótesis, con la seguridad de aquellos que ya conocen lo que les toca vivir.

“Este templo no es el de Isis, como se pretende, sino que es el de Hator, la diosa del amor, y mucho más antiguo de lo que se cree. La forma definitiva se la han dado, en efecto, los Ptolomeos, pero fue terminado por los romanos y esta antigüedad de dieciocho siglos no significa gran cosa en comparación con los treinta siglos anteriores en que ya se desarrollaba la historia de Egipto” enunciaba Champollion, bajo el pórtico del templo de Dendera, con pasmosa seguridad.

La Expedición Francesa-Toscana constituyó el primer completo reporte de la historia y la geografía de Egipto. Las notas y grabados de Champollion y Rosellini (quien terminó la tarea) puso, a la mano de los investigadores, monumentos e inscripciones desconocidos hasta entonces, en lo que significó el nacimiento de la Egiptología como disciplina científica.

Con el éxito en su bolsillo, regresa a Francia en 1830, donde el Colegio de Francia crea, especialmente para él, una silla de Historia y Arqueología Egipcia.

En los preparativos de la publicación de los resultados de la Expedición, Champollion sufre un ataque y fallece, el 4 de marzo de 1832, a los 41 años de edad, en París.

Pese a los resultados, su método recibió ataques difamatorios de algunos investigadores ingleses y alemanes. Sólo en 1866, con el descubrimiento del Decreto de Canopo, el alemán Richard Lepsius confirmó la validez de su sistema.

Las imágenes en los muros de los monumentos derruidos volvían a hablar, después de tantos y tantos siglos de silencio.
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