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el egipcio
La historia podría comenzar a mediados de 1790, en Figeac, un
apacible y pequeño pueblito del sudoeste francés. Jacques, un modesto
librero del pueblo, echa mano a un recurso desesperado para salvar a
su esposa Jeanne Francoise, paralítica y gravemente enferma,
desahuciada por todos los médicos. Jacques recurrió a los servicios
del curandero Jacqou quien dispuso que la enferma se acostara sobre
unas hierbas previamente calentadas y se le administrara un brebaje
con vino caliente. El curandero no esperó los resultados: anunció que
la enferma no sólo sanaría, si no que tendría un hijo, un niño que
sería famoso por siglos. Al tercer día, la enferma se repuso y, pocos
meses después, a las dos de la madrugada del 23 de diciembre de
1790, dio a luz a Jean-Francois Champollion.
Un prodigio más: el niño presentó un tono amarillento en sus córneas,
característica de los pobladores orientales y excepcional en los
europeos. Su tez era oscura y sus rasgos orientales le ganaron el
apodo de “el egipcio”, con el que se lo conoció en su madurez.
Pese a que los 7 años, Jean-Francois había
aprendido a leer por sí mismo, Champollion era un mal alumno. Su
hermano mayor, Jacques Joseph, preocupado por su educación, lo
lleva a Grenoble, a estudiar al Liceo. A los 11 años, el pequeño
maneja el latín y el griego y empieza sus estudios de hebreo.
Augurando su promisorio futuro, Jacques Joseph cede su apellido,
pasando a llamarse Champollion-Figeac, para
pasar a ser, un tiempo después, Figeac a secas.

De esos tiempos, data su encuentro con Fourier, célebre físico
y matemático francés, funcionario gubernamental en El Cairo, donde
había sido secretario del Instituto Egipcio. Durante una visita
escolar, Fourier se sorprendió por la sagacidad del joven y lo invitó
a ver su colección de reliquias egipcias. Allí descubre, por primera
vez, los jeroglíficos del Antiguo Egipto.
“¿Se sabe leer esto?” pregunta, según la leyenda histórica.
Ante la negativa de su ilustre anfitrión, asegura, con total
convicción: “Yo lo leeré”.
La sed de conocimientos de Champollion no se detiene. A los 13 estudia
el árabe, el sirio, el caldeo y el copto, un dialecto egipcio. Poco
después, el chino antiguo y textos del zenda, el pahlavi y el parsi,
exóticos idiomas de los países más remotos. Se da tiempo para escribir
un libro (“Historia de perros célebres”) y construye una
cronología que titula (no sin cierta soberbia) “Cronología de Adán
hasta Champollion”. En el verano de 1897, Champollion proyecta el
primer mapa histórico de Egipto, un mapa del reino de los legendarios
faraones.
Decide marchar a París, pero antes, los académicos de Grenoble lo
apuran con su tesis o trabajo final. En vez del acostumbrado trabajo
retórico, Champollion sorprende con el esbozo de su libro “Egipto
bajo los faraones”. A los 17 años, sus audaces teorías deslumbran
a los académicos de Grenoble. Por unanimidad, nombran al alumno como
uno de ellos y lo nombran miembro del Colegio Real de Grenoble.
Champollion se desmaya al salir de la institución, conmovido por la
emoción del momento.
en
busca de su destino
Con una madurez, física y psíquica, que desmienten sus pocos años,
Champollion se casa con Rossine Blanc quien, en 1824, le dará
una hija, Zoraida. Champollion se establece en París. Allí, sostenido
económicamente por su hermano, Champollion se sumerge en el estudio,
agotando bibliotecas, especializándose en los idiomas de Oriente.
Estudia el sánscrito, el árabe, el persa (“el italiano de Oriente”
como lo definiera Silvestre De Sacy, profesor de Champollion). Es tal
la pericia con la que Champollion domina el idioma árabe que, en una
reunión social, un viajero de Arabia se inclina ante él, creyendo que
estaba ante un connacional. Conoce Egipto con más exactitud que los
expedicionarios que han viajado al antiguo reino de los faraones.

Escribe con corrección el copto y lo habla solo “ya que nadie me
entendería”. Para ejercitarse compone largas carillas en signos
demóticos. Se cuenta que mucho tiempo después, ante esos ejercicios de
estudiante, un sabio los confundió como textos originales egipcios,
comentándolos con erudición pretenciosa, sin sospechar que eran
traducciones de un libro alemán sobre fósiles.
(De la relación del copto con el antiguo idioma
egipcio perdido, cabe citar lo que Champollion escribiera más
adelante: “Los egipcios conservaron aún algunos vestigios de su método
fonético antiguo. En los textos coptos más viejos, en el dialecto
tebano, la mayoría de las vocales cortas se omiten completamente y que
con frecuencia, al igual que los nombres jeroglíficos de los
emperadores romanos, están formados nada más por hileras de
consonantes interrumpidas a grandes intervalos por unas cuantas
vocales, casi siempre largas”.)
De a poco, va armando el cuadro, adquiriendo las herramientas que
necesitará al sumergirse en las escritura. Pero ese adiestramiento
tiene su costo. Acuciado por el hambre y las estrecheces económicas,
la ropa raída y los zapatos rotos, Champollion enferma durante un
fuerte invierno que azotó a París, resintiéndose
su salud severamente.
Tiempos de guerra, en la Francia de Napoleón. Los esfuerzos de su
hermano Jacques logran su resultado y
Champollion elude el reclutamiento militar. Entonces, cuando aún no se
consideraba preparado para la tarea, Jean-Francois Champollion se topa
con la Piedra de Rosetta, esto es, se enfrenta a su destino.
la
piedra de Rosetta
Emulando a Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte se había lanzado a la
conquista de Egipto, la llave para la expansión francesa al Oriente.
En julio de 1798, el ejército napoleónico entra en El Cairo y los
europeos redescubren las ruinas de un imperio perdido en el tiempo.
Allí, Bonaparte pronunció su célebre arenga: “¡Soldados! Desde lo
alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”, antes de
la victoria que le daría el control de la ciudad. La flota inglesa en
el Mediterráneo, con Nelson al mando, se encargó de derrumbar sus
pretensiones de expansión.

Pero este fracaso militar de Napoleón, tuvo una contracara cultural.
Bonaparte había reunido un equipo de astrónomos, químicos, pintores,
poetas, geómetras y geólogos, con el objetivo de sacarle provecho
científico a esa expedición militar. Cargados de un impresionante
material, regresaron a Francia, tras la capitulación francesa en
Alejandría, en 1801, donde debieron soportar la afrenta de entregar a
Inglaterra, todas las antigüedades egipcias apropiadas por Napoleón.
Pero se habían precavido de sacarle copias a todos los materiales, en
especial, de los jeroglíficos, dibujos cuyo significado se desconocía,
aún para los propios egipcios descendientes de esos escribas.
“Cuando como resultado a su conversión al
cristianismo” explicó Champollion “el pueblo egipcio recibió de los
apóstoles la escritura griega alfabética, teniendo entonces que
escribir todas las palabras de su lengua materna con este nuevo
alfabeto, cuya adopción les separó para siempre de la religión,
historia e instituciones de sus antepasados, siendo ‘silenciados’
todos los monumentos por estos neófitos y sus descendientes”.
Entre esas copias traídas a Europa, una, que el propio Champollion vio
en su visita infantil en casa de Fourier, sería crítica para la
comprensión de esos signos: la piedra de Rosetta.
Rosetta (o su nombre árabe Al Rachid, derivado del antiguo egipcio “Rikhit”)
era un puerto, a unos 13 km de la desembocadura del Nilo, que
rivalizaba con Alejandría como salida al mar de El Cairo. En su
construcción se utilizaron muchos de los materiales faraónicos del
Delta del Nilo. Ya habían pasado sus días de gloria cuando el ejército
napoleónico, en previsión de un ataque angloturco, rearmó un viejo
fortín, el Fuerte St Julián. En esas obras se encontró una laja de
granito negro (o de basalto,
para otros), fragmento de una estela de un templo, en una de
sus caras grabada con tres tipos de escrituras. La piedra medía (y
mide, porque aún se exhibe en el Museo Británico, catalogada como la
pieza EA24) 118 cm de alto, 77 de ancho y 30 de espesor, pesaba 762
kilos. Sólo se conservaba intacta la esquina inferior izquierda de la
piedra, que la posterioridad conocería con el nombre de la Piedra de
Rosetta.

La leyenda dice que el teniente Pierre Bouchard encontró la
piedra, pero parece ser que él era sólo el jefe de la guarnición y que
el hallazgo perteneció a un soldado (cuyo nombre no pasó a la
historia) que, para más datos, salió huyendo a los gritos al verla,
como si temiera caer hechizado por una alguna maldición antigua.
Lo peculiar de este fragmento era las escrituras que combinaba en su
superficie: una zona superior, unas 14 líneas de jeroglíficos,
escritura sagrada que se usaba en templos y monumentos; otra, en la
parte media, veintidós líneas, de una escritura informal, más
abreviada, llamada n. Pero lo importante (y
que diferenciaba a esta piedra de cualquier
otra conocida) estaba en el sector inferior: 54 líneas en griego.
Al leer el texto griego (descifrado por un general de Napoleón), se
supo que esa inscripción era una dedicatoria laudatoria de los
sacerdotes de Menfis a Ptolomeo V, en el año 196 AC:
"Bajo el reinado del joven que recibió la
soberanía de su padre, Señor de las Insignias reales, cubierto de
gloria, el instaurador del orden en Egipto, piadoso hacia los dioses,
superior a sus enemigos, que ha restablecido la vida de los hombres,
Señor de la Fiesta de los Treinta Años, igual a Hefaistos el Grande,
un rey como el Sol, Gran Rey sobre el Alto y el Bajo País,
descendiente de los dioses Filopáteres, a quien Hefaistos ha dado
aprobación, a quien el Sol le ha dado la victoria, la imagen viva de
Zeus, hijo del Sol, Ptolomeo, viviendo por siempre, amado de Ptah.
En el año noveno, cuando Aetos, hijo de Aetos, era sacerdote de
Alejandro y de los dioses Soteres, de los dioses Adelfas, y de los
dioses Euergetes, y de los dioses Filopáteres, y del dios Epífanes
Eucharistos, siendo Pyrrha, hija de Filinos, athlófora de Berenice
Euergetes; siendo Aria, hija de Diógenes, canéfora de Arsínoe
Filadelfo; siendo Irene, hija de Ptolomeo, sacerdotisa de Arsínoe
Filopátor, en el (día) cuarto del mes Xandikos —o el 18 de Mekhir de
los egipcios—".

Si bien los ingleses se llevaron el original, los franceses se habían
cuidado de sacar copias de la piedra, entintando su superficie e
imprimiéndola en un papel, mediante la presión de un rodillo, para que
lo estudiaran sus compatriotas. Y se especuló que, si esa piedra
repetía un texto en griego, demótico y en jeroglíficos, no sería
complicado hallar la correlación entre un lenguaje y otro, con lo que
la lengua del Antiguo Egipto, que se creía pérdida en el tiempo,
revivía cuando menos se la esperaba.
Sin embargo, los jeroglíficos siguieron siendo impenetrables, para las
mejores mentes de Europa. Fueron tantas las veces que los estudiosos
se dieron contra la pared que la opinión dominante era que los
jeroglíficos egipcios eran intraducibles y que sólo tenían valor
ornamental. Eran dibujos simbólicos y no una escritura, no
representaban sonidos.
Las primeras menciones de los jeroglíficos para Occidente provienen de
Heródoto, Estrabón y Diodoro quienes viajaron por Egipto y mencionaron
los jeroglíficos como una incomprensible escritura de imágenes. Los
contemporáneos de Champollion se basaban en los textos de Horapolo
(siglo IV DC) quien lo consideraba una escritura de imágenes, lo que
llevó a interpretar los simbolismos de esas imágenes, dando lugar a
las variadas (y erróneas) interpretaciones.
En cierta ocasión, Champollion identificó el símbolo de una serpiente
echada con una “f”. Esa idea le pareció descabellada y la desechó.
Hubiera significado que las imágenes jeroglíficas eran letras, signos
representativos de sonidos.
Ese era, justamente, el camino.
(Mucho tiempo después, escribiría: “No me cabe
duda, señor, de que si pudiéramos determinar definitivamente el objeto
representado o expresado por todos los jeroglíficos fonéticos
comprendidos en nuestro alfabeto, sería un trabajo relativamente fácil
para mí demostrar, en los léxicos egipcios-coptos, que los nombres de
estos mismos objetos empiezan con la consonante o con las vocales que
su imagen representa en el sistema jeroglífico fonético”).
Dándole la espalda a la tradición
posterior a Horapolo, Champollion se distinguió del resto de sus
colegas, aún de aquellos como el inglés Thomas Young que llegó
a traducir varias palabras de la parte
demótica (él identificó el nombre de Ptolomeo, en la parte demótica)
pero sin lograr establecer el método de escritura.
“Te someto mis primeros pasos” le escribe a su hermano Jacques,
el 30 de agosto de 1808, cuando sólo tenía 18 años de edad.
una mala
noticia
Una noticia corre por las calles de París: alguien ha traducido los
jeroglíficos egipcios. Champollion empalidece. Su sueño de ser el
hombre que lea las imágenes egipcias, ha sido arrebatado cerca de la
meta. Tambaleante, busca la información de su competidor. Un amigo le
sopla el nombre: “Alexandre Lenoir”. Lenoir acababa de publicar
un folleto, en la Nouvelle Explication, develando el misterio.
Corre a la librería y, con sus últimos francos, compra el trabajo de
Lenoir. Se refugia en su habitación y se entrega a su lectura. Poco
después, la viuda Mécran, quien le alquilaba un cuarto a Champollion,
se sobrecoge por una risa histérica que llega de los pisos superiores.
Sube y descubre a Champollion con el folleto en la mano, riéndose sin
control. El trabajo de Lenoir es un invento, un bluff, sin sustento
teórico alguno.
Los jeroglíficos egipcios siguen siendo un misterio.
Y él siente que es la persona que el destino ha señalado para leerlos.
el exilio
1816. Bonaparte escapa de la isla de Elba, iniciando lo que la
historia conoce como los Cien Días. En su marcha a París, ingresa a
Grenoble, punto clave que le abrirá la posibilidad de su restauración
como Emperador. Ante la confusión inicial, Grenoble le abre las
puertas a Napoleón. Éste pide un secretario y el alcalde de la ciudad
le presenta a un tal Champoleon, deletreando mal, adrede, el nombre
del candidato. “¡Magnífico!” dice Bonaparte “Lleva la mitad
de mi propio nombre”.
Ese "Champoleon" es Jacques, ferviente
bonapartista, a diferencia de su hermano Jean Francois, convencido
republicano, tan comprometido con sus ideas que ha debido abandonar
París, jaqueado por las intrigas académicas. Ha pasado los últimos
años entregado a sus estudios egipcios, lidiando con trabajos
subalternos, para sobrevivir. Estudiantes mediocres, canciones
políticas y la tortuosa escritura de un diccionario copto del que
dice, con tristeza, que “cada día está más grueso, mientras a su
autor le sucede lo contrario”. En esto se han ido los últimos años
de Champollion.
Esa noche de 1816, la capacidad de Jean Francois deslumbra al
Emperador quien, enterado de su trabajo en un
diccionario copto, le promete imprimir sus obras en París. Al día
siguiente, vuelve a visitarlo y se explaya de sus proyectos, de
conquistar Egipto, construir esclusas en el Nilo (para asegurar su
regularidad) y declarar el copto como lengua popular universal. Sueña
con un imperio como el de Alejandro, un sueño que acabará en Waterloo.
Sólo a Champollion le está prometido su futuro.
Cuando los Borbones retomen el poder, los celos de provincia apuntarán
a Jean Francois Champollion, acusándolo de bonapartista,
confundiéndolo intencionadamente con su hermano. Alguno dirán que él
fue el que bajó la bandera de los Borbones en Grenoble, la noche de la
llegada de Napoleón. Destituido de su cátedra, acusado de alta
traición, Champollion abandona París en 1821, exiliándose en Figeac.

Han pasado más de doce años de sus primeros intentos de traducir los
jeroglíficos egipcios, los que siguen desafiando al mundo occidental.
Sólo un año más tarde, el 27 de septiembre de 1822, lee su
“Lettre a M. Dacier relative a l’alphabet des hiéroglyphes phonétiques”,
una carta al Secretario de L´Academie Royale des Inscriptions et
Belles Lettres que desarrolla, nada más ni nada menos, que las
bases para el desciframiento de los jeroglíficos egipcios.
El reino de las pirámides, las momias suntuosamente enterradas, los
templos abandonados, el imperio perdido en la oscuridad de la
historia, retorna de las sombras. Las paredes grabadas con imágenes
incomprensibles, desde ese día, hablan.
el método
En la Piedra de Rosetta, podía distinguirse un grupo de símbolos
encerrados en un anillo ovalado, que los estudiosos bautizaron con el
nombre de cartouche. Como el texto griego indicaba que el texto
era una alabanza sacerdotal al rey Ptolomeo V, cabía especular con que
ese anillo realzaba el nombre de alguien muy especial, tan importante
que no podía ser otro que el monarca. Ese era el primer paso: esos
símbolos querían decir “Ptolomeo”.
Champollion siguió un camino que ninguno otro había recorrido,
empantanados en la tesis de Horapolo. Identificó cada signo con una
letra del nombre del rey. Y luego, testeó su hipótesis, a partir de
una segunda Piedra de Rosetta, el Obelisco de Filé (o Phiale),
descubierto un año antes, y que presentaba un doble texto, jeroglífico
y griego. Nuevamente apareció el cartouche con el nombre de Ptolomeo.
Pero, mejor aún, aparecía otra combinación de signos encerrada de
igual manera. Ante el texto griego, Champollion supuso que se refería
a otro integrante de la nobleza,
“otra que debe llevar el nombre propio de una
mujer, una reina ptolomea, ya que termina con los signos jeroglíficos
femeninos que, sin excepción, adoptan también a los nombres propios
jeroglíficos de todas las diosas egipcias”,
en palabras del propio Champollion. Esa reina era Cleopatra.

Sigamos la deducción tal como la describió Champollion:
“Este nombre y el de Ptolomeo que tienen ciertas
letras iguales en griego, tenía que servir para un estudio comparativo
de los símbolos jeroglíficos que componían ambos. Y si los signos
idénticos en estos nombres respetan los ‘mismos sonidos’ en ambas
inscripciones, su carácter tenía que ser ‘enteramente fonéticos’.
Una comparación preliminar me reveló también que estos dos nombres,
escritos fonéticamente en la escritura demótica, contenían cierto
número de caracteres idénticos. La semejanza entre las tres escrituras
egipcias en su principios generales me impulsó a buscar el mismo
fenómeno y las mismas correspondencias cuando los mismos nombres se
presentaran en los ‘jeroglíficos’. Esto pudo comprobarse fácilmente
por simple comparación entre el jeroglífico que contenía el nombre
Ptolomeo y el del obelisco de Phiale aunque, según creía por el texto
griego, debía llevar el nombre de Cleopatra.
El primer signo del nombre Cleopatra, que recuerda una especie de
‘cuadrante’ y que representaba la K, debía esta ausente del nombre de
Ptolomeo, como así fue efectivamente.
El segundo signo, un ‘león acostado’ que estaría, representado por
L es exactamente
igual al cuarto signo en el nombre de Ptolomeo, también una
L
(Htol).
El tercer signo en el nombre de Cleopatra es una ‘pluma’ o una ‘hoja’
y representa la vocal coral E. Vemos también dos hojas similares al
final del nombre Ptolomeo que, por su posición, puede tener solamente
el valor del diptongo
AI,
en AIOS.
El cuarto carácter en el jeroglífico de Cleopatra, una especie de
‘flor con un tallo combado’, representaría la O en el nombre griego de
esta reina. Es efectivamente el tercer carácter en el nombre de
Ptolomeo (Hto).
El quinto signo en el nombre de Cleopatra que se presenta por un
paralelogramo y que debe indica
P, e igual el
primer signo en el jeroglífico de Ptolomeo.
El sexto signo, que representa la vocal
A de KAEOPATPA
es un ‘halcón’ y, como es lógico, no aparece en el nombre de Ptolomeo.
El séptimo carácter es una ‘mano abierta’ representando la T. Pero
esta mano no aparece en la palabra Ptolomeo en donde la segunda letra,
la T, está expresada por un ‘semgento de círculo’ que, sin embargo, es
también una T. Veremos después por qué estos dos jeroglíficos tienen
el mismo sonido.
El octavo signo de KAEOPATPA
que es una ‘boca’ vista de frente y que sería la P no aparece
ni debe aparecer en la inscripción de Ptolomeo.
Finalmente, el noveno y el último signo en el nombre de la reina, que
debe ser la vocal A, es efectivamente el ‘halcón’, que hemos visto ya
representando esta vocal en la tercera sílaba del mismo nombre. Este
nombre propio termina en los dos símbolos jeroglíficos del género
femenino. El de Ptolomeo termina en otro signo que consiste en una
saeta doblada equivalente a la
S griega, como
veremos después.
Los signos combinados de las dos inscripciones, analizados
fonéticamente nos dieron doce signos que correspondían a las once
consonantes, vocales o diptongos, A, AI, E,
K,
L,
M, O,
P, P,
S y T, del
alfabeto griego”.
La importancia de esta deducción (aparentemente sencilla, pero
revolucionaria para su época) está contendida en una frase de la carta
de Champollion:
“en cuanto a los extraordinarios monumentos
erigidos por los egipcios, podemos leer al fin, en las inscripciones
que las adornan, su cronología exacta desde Cambises”.
el hombre que leía los
dibujos
Abierta la senda por Champollion, progresivamente, se fueron develando
los secretos de la escritura egipcia. Se identificó la evolución de
los viejos jeroglíficos en una escritura “hierática” que luego
desembocó en otra más breve, “demótica”. También que había tres tipos
de signos: los que representaban fonemas, los que representaban
palabras y los que representaban símbolos. Y que podían, yuxtaponerse,
escrituras de izquierda a derecha o a la inversa, de arriba a abajo,
según la época a la que pertenecían o a una subordinación estética del
texto.
Papiros y monumentos inundaron Europa. Y todos pudieron ser leídos con
absoluta facilidad, siguiendo el método expuesto por Champollion.
Oportunamente, se “olvidaron” los cargos en su contra. Restituido a
sus cargos en Grenoble, Jean-Francois Champollion viaja por Turín y
Livorno, estudiando los papiros de ls colecciones compradas por
Italia. Conoce los obeliscos egipcios traídos a Milán y Roma y los
documentos de la biblioteca del Vaticano, ciudad en la que se
entrevista con el Papa León XII. De esos días en Italia, se va
formando el equipo de colaboradores que lo acompañará en su gran
aventura, la dirección de una expedición Francesa-Toscana a Egipto que
tardará casi tres años más, en realizarse. En especial, su dilecto
discípulo, el italiano Ippolito Rosellini.
El 28 de agosto de 1828, Jean-Francois Champollion arriba a
Egipto. Los egipcios, descendientes del reino de los faraones, que
habían perdido el conocimiento de sus ancestros, se agolpan en el
muelle para verlo. Están frente al hombre que “sabe leer lo escrito
en las piedras antiguas”.

En dos barcos (Hator e Isis) remonta el Nilo, en busca de los
monumentos antiguos. Sus hallazgos se suceden, unos a otros: en las
canteras de Menfis reconoce los trabajos de las distintas épocas;
descubre dos templos en Mit-Rahine y una necrópolis; en Sakkara
identifica el nombre del rey Onnos y lo sitúa, con precisión
cronológica, en la época más antigua; en Tell-el-Amarna, en lo que se
creía un granero, lo identifica como el gran templo de la ciudad.
Entre los europeos, disfrazados con turbantes y túnicas, uno se
distinguía por su destreza, mimetizados entre los verdaderos nativos
de esas tierras, entre esos hombres de la arena. Un moro, “el
egipcio”, Jean-Francois Champollion quien confirmaba cada una de sus
audaces hipótesis, con la seguridad de aquellos que ya conocen lo que
les toca vivir.
“Este templo no es el de Isis, como se pretende,
sino que es el de Hator, la diosa del amor, y mucho más antiguo de lo
que se cree. La forma definitiva se la han dado, en efecto, los
Ptolomeos, pero fue terminado por los romanos y esta antigüedad de
dieciocho siglos no significa gran cosa en comparación con los treinta
siglos anteriores en que ya se desarrollaba la historia de Egipto”
enunciaba Champollion, bajo el pórtico
del templo de Dendera, con pasmosa seguridad.
La Expedición Francesa-Toscana constituyó el primer completo
reporte de la historia y la geografía de Egipto. Las notas y grabados
de Champollion y Rosellini (quien terminó la tarea) puso, a la mano de
los investigadores, monumentos e inscripciones desconocidos hasta
entonces, en lo que significó el nacimiento de la Egiptología como
disciplina científica.
Con el éxito en su bolsillo, regresa a Francia en 1830, donde el
Colegio de Francia crea, especialmente para él, una silla de Historia
y Arqueología Egipcia.
En los preparativos de la publicación de los resultados de la
Expedición, Champollion sufre un ataque y fallece, el 4 de marzo de
1832, a los 41 años de edad, en París.
Pese a los resultados, su método recibió ataques difamatorios de
algunos investigadores ingleses y alemanes. Sólo en 1866, con el
descubrimiento del Decreto de Canopo, el alemán Richard Lepsius
confirmó la validez de su sistema.
Las imágenes en los muros de los monumentos derruidos volvían a
hablar, después de tantos y tantos siglos de silencio.<
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