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la Revolución se cae a pedazos

un tal Hipólito Bouchard

la campaña en el Pacífico

preparativos de la gran aventura

la aventura casi acaba antes de empezar

primera acción

muerte a bordo

¡piratas!

Filipinas y China

aloha Hawai!
 
California (Argentina)

rumbo al Realejo

la bienvenida

triste y solitario final

posdata postmortem

 

   

el viaje de La Argentina

   


la Revolución se cae a pedazos

Art 1°. El gobierno concederá patente de corso a todo individuo que solicite armar algún buque contra bandera española.
Del Reglamento de corso, Departamento de la Guerra, Buenos Aires, 18.11.1816

En esos primeros días de 1815, ¿quién podía apostar algo por el futuro de las Provincias Unidas del Río de la Plata, rebeladas del mando de la Corona Española cinco años antes? Fernando VII había reasumido el trono en España, tras la pesadilla de Napoleón, y se organizaba una gran expedición militar para doblegar a las colonias que se habían rebelado a su mando. Las derrotas militares se sucedían para los partidarios de la independencia: en el Alto Perú, la anarquía del ejército de Rondeau iba a terminar en la derrota de Sipe Sipe, derrumbando el frente norte patriota. En Chile, el gobierno revolucionario era arrasado en Rancagua y el Pacífico quedaba en manos de los realistas. Sólo la rendición de Montevideo surgía como el dato positivo en el panorama militar.

Mientras San Martín preparaba la expedición libertadora en Mendoza, con su épico Cruce de los Andes. El plan del Libertador era derrotar a los realistas en Chile y luego, atacar Lima por mar. Por lo que en la mente del militar argentino estaba la formación de una marina de guerra, que hostilizara el poder español en el Pacífico.

Tras la caída de Montevideo, el gobierno porteño no tuvo mejor idea que liquidar la escuadra que se había formado para doblegar a los realistas en la Banda Oriental, en busca de fondos para el Ejército del Norte. La planeada expedición de reconquista de Fernando VII sirvió de acicate al gobierno del Directorio para reparar el error. El Director Supremo Ignacio Álvarez Thomas aceptó la propuesta de nombrar patentes de corsarios para interceptar los buques españoles y dificultar el poderío marino español.

La expedición española terminaría yendo a Venezuela y Nueva Granada y no al Río de la Plata, pero se siguió adelante con la idea de los corsarios, patrocinados por empresarios locales privados. La patente de corso era un contrato entre un particular y el gobierno de las Provincias Unidas, mediante el cual el Estado Argentino otorgaba al corso una nave de guerra, elementos y soldados, y el corsario debía cargar con parte del gasto de aprovisionamiento, disponer de una tripulación y encargarse de hostilizar, apresar o incendiar, todo buque que enarbolara bandera española. El corsario rioplatense debía guiarse por el reglamento español de 1801, vigente en esa fecha, a falta de mejor legislación, que además señalaba como era el sistema de liquidación de las presas que obtuviera (naves y cargamentos de los barcos atacados).

La campaña corsaria no duraría más de un año, al cabo de cual debía devolver al gobierno el armamento y la nave, así como las municiones y armas obtenidas en las capturas en el mar. En caso de naufragio, el corsario quedaba exento de todo reintegro. El corsario debía llevar un prolijo registro de lo sucedido en la campaña, así como debía izar, en el momento del ataque, la bandera de las Provincias Unidas:
"a saber: blanco en su centro y celestes en sus extremos, al largo".

Es de destacar que los corsarios rioplatenses no podían atacar buques de otras banderas que no fueran españolas, aunque podían decomisar los contrabandos de guerra o los armamentos que fueron comerciados a España. Además se les recomendaba, muy especialmente, que obraran con prudencia y honor de acuerdo a las instrucciones, procurando la armonía con los buques de naciones amigas o neutrales.

En la primera excursión en el Pacífico, se les dieron patentes de corso a Guillermo Brown, al que se le unirían dos corsarios más: Oliverio Russell (al mando de una nave financiada por un patriota chileno) y nuestro protagonista principal de esta historia, Hipólito Bouchard.



un tal Hipólito Bouchard

"En el año de mil setecientos ochenta en el décimo sexto de enero ha sido bautizado por mí, cura que firma, André Paul Bouchard, nacido ayer, hijo de André Louis Bouchard, posadero, y de Thérese Brunet, casados en Saint Tropez, según el certificado que nos ha sido mostrado, en fecha de nueve de junio último. Firmado: Gavin, prior cura Baule, padrino Noel Daumas sub brigadier en las chacras del Rey, madrina Marie Anne Marques, el padre presente iletrado con la madrina. El padrino ha firmado.
Baule, Cura- Daumas

Nacido en Bormes, una localidad francesa cercana a Saint Tropez, Hipólito Bouchard se recuerda como un "niño inquieto y travieso" que le gustaba conversar con las gentes del mar y quería ir a la guerra. El padre tenía otros propósitos: cierra la posada e instala una fábrica de tapones de corcho, en la que trabajan sus hijos André Paul (nuestro héroe, quien cambiaría su nombre por Hipólito, en fecha desconocida), Anne Rose, Rose Suzanne, Luis e Hipolite Vincent. La fábrica le permite a don André Louis Bouchard amasar una pequeña fortuna, fortuna que es debidamente dilapidada a su muerte por el segundo marido de su esposa Thérese. Hipólito responde de un modo característico en él: casi tira al padrastro por la ventana.

Era 1798 cuando se fue de casa y se enroló en la armada francesa como marino. Sirve a Bonaparte en la campaña en Egipto y luego es enviado a la expedición de Leclerq en Haití, cuando el gobierno francés decidió poner en caja a su colonia en América que se había creído a pies juntillas eso de "igualdad, libertad y fraternidad". Allí conoce la derrota (como en Egipto, a manos de los ingleses), aunque se capacitará como oficial de marina.

Desilusionado con el curso que había seguido la Revolución Francesa, Bouchard emigra a América, llegando al Río de la Plata en 1809, poco antes de la Revolución de Mayo, movimiento que apoyó desde el primer momento.

Cuando el gobierno patriota enfrentó las primeras hostilidades en el Río de la Plata, provenientes de los realistas de Montevideo, Bouchard sirvió para lo que fue la primera escuadrilla argentina. Junto al maltés Azopardo comandó las precarias embarcaciones que enfrentaron a los buques realistas en el combate naval de San Nicolás.

Esta fue una nueva derrota para Hipólito Bouchard quien hizo gala de su valentía en la 25 de Mayo, valor que se distinguió en medio de una tripulación que entró en pánico en el fragor del combate. Hipólito Bouchard pudo escapar y regresar a Buenos Aires. Azopardo pasaría los siguientes diez años en una húmeda prisión española.

Nuevos enfrentamientos lo encuentran a Hipólito Bouchard luchando heroicamente, con escasos recursos y con hombres sin tradición en el mar. En el invierno de 1811, desde una lancha cañonera, Hipólito Bouchard enfrentó, una y otra vez, en una combate de David y Goliat, a las naves que el virrey Elío envío para bombardear Buenos Aires. El año siguiente lo encuentra en el Paraná, al mando de una balandra (el Bote de Bouchard) persiguiendo a las naves enemigas.

En marzo de 1812 ingresa al nuevo cuerpo militar que un militar, venido de España, estaba formando en las Provincias Unidas, un cuerpo con la organización y disciplina propia del ejército napoleónico: el Regimiento de Granaderos a Caballo de San Martín. Como Alférez Hipólito Bouchard participa en la batalla de San Lorenzo, jornada en la que no pasará desapercibido.
"Una bandera que pongo en manos de V.E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipólito Bouchard" en las propias palabras del Libertador en el parte de guerra de la batalla que hizo llegar al gobierno. Desde entonces, Hipólito Bouchard luciría con orgullo el aro en la oreja, símbolo de los granaderos de San Martín.

Iría al Norte, con San Martín, para reforzar el ejército de Belgrano, donde pasó varios meses en Tucumán y Jujuy como capitán jefe de escuadrón. Luego fue al ejército de la Banda Oriental y, tras obtener licencia para volver a Buenos Aires, se le da el mando de la fragata María Josefa.

1813 es el año en el que se casa con Norberta Merlo, hermana de su amigo Ramón, hija de un ex oficial español que se había batido, ocho años antes, en Trafalgar. Por el resultado posterior, el matrimonio fue conveniente para Hipólito Bouchard, a los fines de ascender en la escala social, emparentándose con una familia rioplatense. Pero cuando emprenda la aventura de "La Argentina", Hipólito Bouchard se despreocupará de su esposa e hijas, las que pasarán serios apremios económicos.

Bartolomé Mitre describe a Hipólito Bouchard como de tez morena, cabello oscuro y ojos negros rasgados, penetrantes y duros, ojos que "despedían fuego", como si revelaran su temperamento ardiente. Hablaba una media lengua hispana-provenzal, incansable, pegando planazos con su sable a sus subordinados más indisciplinados. 

En septiembre de 1815, el director Álvarez Thomas le otorga la patente de corso, en una expedición financiada por el abogado local Anastasio Echevarría. Este ese el preludio de la aventura que marcará su nombre, a fuego, en la historia argentina.
 

la campaña en el Pacífico

“Se sabe que la tripulación se compone de gente extranjera y varios chilenos emigrados, entre ellos el loco García, que es piloto, un sobrino de los Carrera y varios otros. Se mantuvieron fondeados y haciendo sus tentativas, ya de día, ya de noche, hasta el 27 en la noche en que tuvieron el insolente arrojo de venir a la bahía…”
Del periódico realista “Viva el Rey”, del 24.05.1816, sobre la expedición de Brown y Bouchard

Dos corsarios pondrían proa al Cabo de Hornos para encontrarse con Guillermo Brown en el medio del Pacífico. Una feroz tormenta hundiría el barco comandado por Oliverio Russell; Hipólito Bouchard lograría salvar a la Halcón y llevarla del otro lado, pese a contar con la oposición de sus oficiales, socios franceses que llevaron su insubordinación al borde del motín.

A fines de 1815, en la Isla de la Mocha, Hipólito Bouchard se reúne con Brown para coordinar sus acciones conjuntas en el Pacífico. El encuentro presagiaba el choque de dos temperamentos absolutamente distintos, estilos que se proyectaban a las tripulaciones que comandaban: profesionales valientes, respetuosos del orden y de su capitán, en el buque del irlandés; desmotivados, indisciplinados, fuertemente enfrentados con el mando, en la nave del francés.

En la reunión, acordaron actuar coordinadamente pero Brown sería el comandante general de la expedición. Hipólito Bouchard debió aceptar la decisión, pero no estaba de acuerdo con los planes del irlandés que decidió el bloqueo a El Callao, la fortaleza española en el Pacífico, propósito que le parecía desmesurado para los escasos recursos con los que contaba.

Los tres barcos de la pequeña flota corsaria volvieron locas a las autoridades españolas que amagaban con la formación de una expedición para atrapar a los agresores, expedición cuya salida se alargó lo suficiente para permitir que los corsarios argentinos se fueran de esas aguas. Ese acecho a El Callao, produjo la captura de la fragata Consecuencia, el 28 de enero de 1816, de importancia para nuestra historia, más allá del valor económico de la carga y de los pasajeros capturados, porque esa nave sería luego rebautizada con el nombre de "La Argentina", el buque que daría la vuelta al mundo al mando de Hipólito Bouchard.

En el ataque a Guayaquil, Guillermo Brown sería capturado por las fuerzas españolas. Hipólito Bouchard y el hermano de Brown, Miguel, negociaron un canje para recuperar al prisionero, a cambio de ceder gran parte del botín obtenido en la incursión en costas peruanas.

Poco después, los caminos de Brown y Hipólito Bouchard se separaron definitivamente. Hipólito Bouchard informó a Brown que su barco hacia agua y que volvería a Buenos Aires. Negociaron el reparto de bienes. Hipólito Bouchard le había echado el ojo a la nave Consecuencia, por la que cedió la Halcón, y mantuvo otra nave muy deteriorada, la Carmen o Andaluz, para la que tenía otros planes. En ella dejó a los oficiales que habían intentado insubordinarse a su mando, contando con que la nave no resistiría el regreso por el Cabo de Hornos. El fondo del mar era el destino que previó para los traidores a su confianza.

A mediados de 1816, Hipólito Bouchard desembarcó en Buenos Aires, dejando atrás a sus socios, a los que dejó a su suerte.
 

preparativos de la gran aventura

“El capitán, a cuya dirección iba fiada La Argentina y su fortuna, reunía en sí, física y moralmente, las cualidades y defectos de un héroe aventurero”
Bartolomé Mitre, “El crucero de La Argentina. 1817-1818”
.

Tras su arribo, Hipólito Bouchard se encomendó a los preparativos de una nueva expedición corsaria, patrocinada, nuevamente, por Vicente Anastasio Echevarría. Echevarría era un rosarino de dilatada vida pública en la Buenos Aires de la Revolución. Sus padres habían soñado con un destino de sacerdote para su hijo, destino que él mismo se encargó de cambiar cuando estudió abogacía y se casó con su prima, provocando un escándalo que llegó hasta los estrados judiciales coloniales. Combatiente en las Invasiones Inglesas, dueño de una fortuna importante, estuvo desde el principio de la Revolución, tras bambalinas, cerrando acuerdo y financiado los gastos de los ejércitos patriotas.

De fuerte influencia política, Echevarría sería el hombre providencial para Hipólito Bouchard quien sabía ganarse enemigos con suma facilidad. Mucho más cuando, en pleno preparativo de la nueva expedición, arribaran al puerto de Buenos Aires, nada más ni menos que... ¡sus antiguos socios! La tripulación abandonada al capricho del Cabo de Hornos, prefirió cambiar su rumbo, recalar en las Islas Galápagos, sobrevivir con lo que encontraran y esperar la ayuda providencial de un buque que se cruzara en su camino. Esa ayuda llegó y ahora, los antiguos oficiales de Hipólito Bouchard estaban de vuelta en el Río de la Plata, para acusar al marino de abandono en el mar.

Echevarría echó mano a todas sus influencias para librar a Hipólito Bouchard de los cargos judiciales, lo que logró favorablemente, pero no puedo evitar que la negativa fama de Hipólito Bouchard (extendida por los rumores de sus enemigos) dificultara la incorporación de los hombres a la expedición.

Pese a eso, Hipólito Bouchard siguió adelante con los preparativos, se hizo de los pocos recursos que el gobierno podía darle (entre ellos, sables de caballería, para una operativo en el mar) y preparo su tripulación, entre los que se destacaría un joven criollo que participó en su anterior viaje, el pilotín Tomás Espora, a quien esperaba un glorioso futuro en esos primeros pininos de la marina argentina.

Y, por supuesto, el capitán y su sponsor le cambiaron el nombre a la fragata capturada a los españoles: "La Argentina" se llamaría, desde allí, la nave insignia de esta empresa corsaria.

1

la aventura casi acaba antes de empezar

Art. 3°. Cuando los soldados o marineros a bordo o en tierra tuvieren las armas en la mano para reñir y que algún oficial de guerra les diga que se separen, están obligados a ejecutarlo inmediatamente, pena de ser puesto en consejo de guerra, el cual podrá según las circunstancias, extender las sentencias hasta la muerte. Si diese voces o ejecutase acción inductiva a sedición o motín, será sentenciado a muerte y asimismo el que en cualquier ocasión amotinase la gente de un buque, ocasionando desobediencia o excitando a resistir a los oficiales, será ahorcado y si alguno echase mano a las armas a bordo o en tierra para favorecer el motín, se le cortará la mano.
Anexo al Reglamento Provisional de Corso (Código Pueyrredón), 15.05.1817
 

El primer inconveniente que debió afrontar la expedición de “La Argentina” ocurrió cuando todavía no había partido y casi termina con la aventura, antes de empezar. En la noche del 25 de junio de 1817, a pocos días de partir, una discusión a bordo del buque, entre un marinero y un armero, se fue de cauce y terminó con una bofetada. Hipólito Bouchard ordena el arresto del agresor, como lo indicaban las normas del mar, orden que produjo la reacción de los compañeros del castigado, a los que el aguardiente los había puesto peligrosamente volátiles. La riña se generalizó y un osado no tuvo mejor idea que arrojarle un hachazo a Hipólito Bouchard quien esquivo el golpe. Ante la insistencia en la agresión, el segundo de Hipólito Bouchard, el Capitán Sommers, atraviesa de una estocada al agresor. La tripulación se rebela y Sommers debe recurrir a la infantería de marina que reduce a los amotinados. Saldo: dos muertos y cuatro heridos graves.

Cuando la noticia se esparce por Buenos Aires, Hipólito Bouchard y su expedición son las comidillas de los periódicos y de los rumores de los vecinos. El Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón suspende la partida de “La Argentina” y ordena una investigación sobre las causas del motín.

Nuevamente, la muñeca política de Echevarría destraba el conflicto, presionando con los intereses militares que tiene el gobierno para apurar la expedición. Dos días después de los incidentes, “La Argentina” zarpa hacia la Ensenada de Barragán, en busca de su destino. El primer trascendido es que Hipólito Bouchard huyó con la nave, desoyendo las órdenes del gobierno, para robar la embarcación. Echevarría, como buen político, distribuye un impreso aclarando que están cumpliendo las órdenes del gobierno.

Con Buenos Aires detrás, “La Argentina” enfila hacia la gran corriente ecuatorial sur, en busca de África. El panorama no es nada alentador para Hipólito Bouchard. Otra vez, la sombra de una tripulación amotinada se yergue en su futuro, dudas que rebrotan cuando, en medio del mar, alejados de cualquier puerto, deben sofocar un incendio intencional que casi termina con la fragata. Las heridas no están cerradas y la traición puede estar a la vuelta de la esquina. Para empeorar la situación, las diferencias entre los expertos marinos extranjeros (británicos, especialmente) y los criollos, para nada habituados a la dura vida del mar, amenazaban ahondarse con la tensión de los días en el océano.

Hipólito Bouchard sabía que estaba sentado sobre un barril de pólvora. La pregunta era si habría alguien que encendiera la mecha o si, una vez encendida, podría apagarla antes de estallar.
 

primera acción

“A esta súplica del oficial británico, le ofrecí todas ls fuerzas que se hallaban en mi poder y todo lo que estuviera a mi alcance para privar tan vil comercio”.
De la bitácora de “La Argentina”

Cruzar el Atlántico les llevó poco más de dos meses. El 4 de septiembre de 1817, “La Argentina” atracaba en el puerto de Tamatave (actualmente, la ciudad de Toamasina), en la costa oriental de la isla de Magadascar. Hipólito Bouchard planeaba aprovisionarse en la isla, permitir que la tripulación se relajara un poco en las tabernas del pueblo y retomar viaje. Lejos estaba de sospechar que sería requerida su intervención.

A poco de llegar, un oficial británico le pidió su apoyo para impedir que cuatro buques negreros (tres ingleses y uno francés) zarparan de la isla, llevando como prisioneros a los nativos cazados como bestias salvajes, para ser vendidos como esclavos. Hipólito Bouchard, en representación de un país que había abolido la esclavitud, ofreció todas las fuerzas para impedir el crimen.

“La Argentina” apuntó sus cañones a los barcos negreros, agregando persuasión a la visita de Hipólito Bouchard a los buques, ejerciendo el derecho de visita que Gran Bretaña y Estados Unidos aplicaban en África, desde 1812. Hipólito Bouchard comprobó que ya había "una porción de negros" encerrados en las bodegas del buque. Requisó los víveres, librando una orden de pago en Buenos Aires, impidiendo que los barcos pudieran zarpar, porque no podrían alimentar a los esclavos que habían capturado, en el viaje de regreso. En cuanto llegó la corbeta de guerra británica Comway, Hipólito Bouchard puso a su capitán al tanto de lo obrado y lo dejó al mando de las tareas de vigilancia.

Cinco marineros de la goleta francesa que traficaba con esclavos, pidieron alistarse en “La Argentina”, al conocer que su capitán era francés y luchaba por la independencia.
 

muerte a bordo

“Puedo asegurar a V.E. que, considerando esta espantosa situación en la que nos hallamos, sólo la constancia y el deseo de hacer la guerra al tirano han podido vence dificultosamente a todos los inmenso trabajos que hemos tenido en este viaje”
De la bitácora de “La Argentina”

Hipólito Bouchard enfiló “La Argentina” hacia Filipinas, en busca de navíos españoles que, extrañamente, brillaban por su ausencia. Nuevamente, la tripulación debió afrontar fuertes tempestades, tormentas que se hicieron presentes hasta llegar al estrecho de Sonda (que corre entre las islas de Java y Sumatra).

Si hasta ahí, las tormentas habían afectado la moral de la tripulación, sobre todo de los no acostumbrados a la vida marina, lo que vendría sería una prueba de templanza para los hombres comandados por Hipólito Bouchard.

El primer síntoma fue el decaimiento que experimentaron algunos hombres, incapacitados para realizar las mínimas tareas a bordo. Luego, en pocos días, el mal se esparció a toda la tripulación. Los signos: manchas de sangre cubriendo la piel, súbitas convulsiones nerviosas, encías hinchadas de tal modo que se les caían los dientes. Para los marinos de esa época, no había duda: debían enfrentarse al escorbuto.

Desde 1795 la marina británica empezó a repartir jugo de limón entre sus tripulantes, como profilaxis contra el escorbuto (producida por la falta de vitamina C, dada la pobre alimentación que recibían los marinos en esa época). Es de sospechar que marinos como Brown o Hipólito Bouchard supieran de esa técnica, pero también hay que tener en cuenta que costaba tener provisión de frutas frescas en las zonas por la que deambulaba “La Argentina”.

La situación empeoraba, porque los alimentos empezaron a escasear. Sólo quedaban galletas, demasiado duras para ser masticadas por los enfermos, los que debían mojarlas en agua para ablandarlas.

No había día que no arrojaran un muerto al agua. El 18 de octubre hicieron contacto con un buque norteamericano, proveniente del golfo de Bengala, quien les informó que hacía más de tres años que las naves españolas de la Compañía de Filipinas no traficaban en los puertos de la India. Hipólito Bouchard supo que debía llegar a Filipinas, para encontrar españoles.

El 7 de noviembre, con una tripulación diezmada, “La Argentina” fondeó en la isla Nueva de la Cabeza de Java. Desembarcaron a los enfermos y armaron tiendas de campaña. Tras unos días sin cambios, el padre fray Bernardo de Copacabana, sacerdote betlemita que hacía las veces de médico a bordo, aplicó un método heterodoxo para recuperar a los enfermos: los enterró en la arena, hasta el cuello. Para algunos cronistas, esta cura dio resultados y recuperó a los hombres que podían salvarse; para otros, cargó de un innecesario suplicio a los marinos que agonizaban.

En palabras del propio Hipólito Bouchard:
"el que era pasado totalmente del escorbuto murió al cabo de una hora desde que se hallaba en la tierra y los demás consiguieron mejorarse. Esta operación se repitió muchas veces hasta que los pobres podían servirse de sus miembros".
 

¡piratas!

“Sentenciar a los tripulantes de las proas no identificadas con nombre ni pabellón de nación conocida, a la pena correspondiente a quienes cometen intentos o actos de piratería en el mar.
(…)
La pena consistirá en el hundimiento de las naves piratas dedicadas al pillaje, con su tripulación a bordo debidamente amarrada, por parte de esta fragata de guerra”.
A bordo de la Fragata Corsaria “La Argentina” al servicio del Superior Gobierno de las P.U.R.P. sobre el estrecho de Moccassar, a los siete días del mes de Diciembre del año de Ml Ochocientos Diecisiete. Ejecútese.
Hipólito Bouchard, Capitán

Esta era la situación cuando “La Argentina” cruzaba el estrecho de Masacar, a fines de 1817: una tripulación reducida por la enfermedad, con la mayor parte de los hombres convalecientes o postrados. Porque a los que se recuperaban del escorbuto, les había llegado la hora de la disentería.

Y la situación empeoró. En la mañana del 7 de diciembre, divisaron cinco pequeñas naves. Cerca del mediodía, la mayor de las embarcaciones se acercó a “La Argentina” izando la bandera negra, señal de que el duelo sería a muerte. Eran los temibles y famosos piratas malayos, legendarios por su crueldad a la hora de atacar a los barcos mercantes.

Hipólito Bouchard, sable en mano, renunció al uso de sus cañones: no tenía artilleros sanos para realizar la tarea. Ordenó a sus hombres enfrentar a los piratas con fusiles y armas blancas. El fuego nutrido impidió el abordaje de los piratas, cuyo comandante, al verse derrotado, se clavó dos puñaladas en el pecho y se arrojó al mar, tiñendo de rojo las aguas del Índico. Cinco de sus oficiales imitaron su inmolación.

Hipólito Bouchard ordenó la toma de la nave y la reducción de los piratas derrotados. Bajo cubierta esperaban, en una frustrada segunda ola de ataque, otra camada de piratas. Las demás naves escaparon, dejando a sus compañeros abandonados a su suerte.

Siguiendo los usos y costumbres del mar, Hipólito Bouchard convocó un consejo de guerra que juzgó a los prisioneros malayos. Probados sus crímenes (entre ellos, el asesinato de toda la tripulación de un barco portugués que ya se había rendido), el consejo sentenció de muerte a los piratas, con excepción de algunos niños que fueron recibidos en “La Argentina”.

Los piratas malayos fueron devueltos a su nave, la que había perdido sus palos, aserrados por los carpinteros de “La Argentina”. Luego, Hipólito Bouchard ordenó el fuego de la batería superior de babor de la fragata, convirtiendo en astillas al barco malayo, el que se hundió con los piratas, quienes desaparecieron en las aguas del océano, gritando:
"¡Alá!, ¡Alá!".
 

Filipinas y China

“Yo le prometo a V.E. que si uno solo de ellos hubiese tenido el atrevimiento de salir, habría probado el enojo argentino, aún cuando me quedara poca gente después de un viaje tan penoso”.
De la bitácora de “La Argentina”

Tras la aventura con los piratas malayos, “La Argentina” soportó la calma de un mar sin vientos, en el pasaje del estrecho de Macasar hacia el mar de las Célebes. Luego, Hipólito Bouchard enfiló la nave hacia la isla de Joló, entre Borneo y Mindanao, donde buscó descanso para que sus hombres se recuperaran.

Su meta era la isla de Luzón y, más allá, Manila, la gema del imperio español en Oriente, a la que pretendía bloquear. Los españoles en Filipinas sabían de la presencia de Hipólito Bouchard por los informes de un barco británico, pero dilataron su actuación, tal vez cuidándose de la fama de implacable guerrero que el corsario argentino había ganado en esas aguas.

Tras pasar un tiempo en esos mares, sin atrapar presas de importancia, Hipólito Bouchard logró informarse que los buques españoles ya no comerciaban con Manila, en cambio enviaron buques a China, al puerto de Pekín. Hipólito Bouchard decidió ir a China, en busca de los navíos españoles.

En el viaje a Cantón, “La Argentina” estuvo a punto de zozobrar por las fuertes tormentas que debió afrontar, con la consecuencia de que varios tripulantes convalecientes murieron por los movimientos de las tempestades. Como agravante, los víveres empezaron a escasear.

Hipólito Bouchard revió su plan y enfiló hacia las Islas Sandwich, la actual Hawai, para reaprovisionarse y recuperar a su tripulación. Uno sólo de los biógrafos de Hipólito Bouchard (Julio Manrique, grumete en la expedición) asegura que en estos días de incertidumbre, el corso francés soñó con llegarse hasta Santa Elena y liberar a su amado Napoleón, preso de los británicos. Las objeciones políticas que podrían acarrearle y la presión de la tripulación para dirigirse a Hawai, le habrían hecho renunciar a esa aspiración. O, tal vez, nunca haya existido ese deseo y sólo forme parte de la leyenda que envuelve la historia de Hipólito Bouchard.
 

aloha Hawai!

“… celebramos un tratado de unión para paz, guerra y comercio, quedando obligado el rey con esto a remitir a disposición de nuestro supremo gobierno todos los buques que se arribaran a aquellas costas, como la Chacabuco, y a darnos hombres, auxilios cuantos se le pidieran a nuestro socorro, reconociendo desde entonces nuestra independencia”.
José Píris, en sus memorias.

El 18 de agosto de 1818, “La Argentina” fondeó en la bahía de Kealakehua, en una de las islas del archipiélago hawaiano. Hawai era entonces un reino independiente, gobernado por el mítico Kamehameha I quien había unificado el poder tras derrocar a su primo. Luego de terminada las luchas civiles, Kamehameha se convirtió en un monarca benévolo y progresista. Había armado una pequeña flota, con la que comunicaba las islas del reino, y comerciaba la producción de sándalo con China. En su gabinete se había rodeado de asesores europeos que lo aconsejaban en su trato con las potenciales imperiales de la época. Como si esto fuera poco, Hawai se caracterizaba por la desinhibición sexual de sus mujeres, bellas morenas de senos descubiertos, que hicieron las delicias de los marinos que arribaron a sus tierras.

Apenas llegó a Hawai, Hipólito Bouchard se encontró con un buque de origen español que había sido comprado por el rey, atracado en el puerto. Tras unas prudentes averiguaciones, Hipólito Bouchard descubrió que la nave no era española, sino argentina: era la corbeta Santa Rosa o Chacabuco, que se aprestaba a partir, también en afán corsario, cuando “La Argentina” dejó Buenos Aires. La tripulación de la Santa Rosa se había rebelado frente a la costa de Chile y, tras desembarcar a sus oficiales, peregrinó por el Pacífico, en plan pirata, hasta que arribaron a Hawai. Los hombres se dispersaron por la isla, habían tomado mujer y estaban adaptados a las costumbres hawaianas. Ante la falta de hombres, el líder a cargo le vendió el buque al rey Kamehameha y partió a Gran Bretaña, sin que se supiera más de su suerte. En cambio, los que quedaron en Hawai, lejos estaban de sospechar que hasta ese remoto paraíso iba a caer, contra todas las probabilidades, una nave argentina con intenciones de castigar a los responsables del motín.

Hipólito Bouchard capturó a un grupo de los hombres del Santa Rosa que estaban escapándose de las islas, alertados de la llegada de “La Argentina”. Hipólito Bouchard comprobó que la Santa Rosa estaba totalmente desmantelada, varada en el puerto. Por lo que decidió efectuar el reclamo ante el propio monarca. En una histórica reunión, Hipólito Bouchard y Kamehameha plantearon las diferencias suscitadas por el buque. Finalmente, ambos hábiles negociadores, llegaron a un acuerdo, en el que el rey devolvía la corbeta, aportaba hombres a la tripulación de Hipólito Bouchard y éste indemnizaba a la corona por los gastos suscitados por la compra del buque.

En las memorias de José Píris, integrante de la expedición de Hipólito Bouchard, se afirma que Kamehameha firmó un tratado de comercio, paz y amistad con Hipólito Bouchard, en el que reconocía la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. De haber sido así, Hawai sería el primer país no hispanoamericano en reconocer la independencia argentina, ya que recién en 1821, Portugal haría lo propio (un año antes que Brasil y Estados Unidos y cuatro antes que Gran Bretaña).

Los historiadores actuales acuerdan que lo más probable es que el acuerdo entre Hipólito Bouchard y Kamehameha estuviera reducido a la discusión del buque y no mucho más. Ni en la bitácora de Hipólito Bouchard, ni en ninguna otra fuente alternativa, se asienta el reconocimiento de la independencia argentina, hecho de gran magnitud para pasar desapercibido en la crónica de los hechos.

Lo cierto es que el tratado se cumplió a medias. Desconfiando de las intenciones de Hipólito Bouchard, el rey adujo no tener suficiente víveres para la expedición y recomendó al corsario que fuera a la isla de Morotoi, donde tendría mejores posibilidades de aprovisionarse.

Hipólito Bouchard prosiguió la captura de los amotinados del Santa Rosa, persiguiéndolos hasta la isla de Atoy o Kaouai, donde desembarcó el primer día de octubre. En un primer momento fueron tomados por agresores, pero Hipólito Bouchard aclaró la situación y explicó que venía a capturar a los amotinados. El rey Kaumuallii, soberano de la isla, informó que sólo quedaban cinco de ellos en la isla, los que fueron apresados, y que el resto se había fugado en un barco con rumbo a Cantón.

En el juicio realizado a los detenidos, se estableció como principal culpable a un tal Enrique Gribinn o Griffiths, único que permanecía en el fuerte de la isla y no había sido entregado. Aprovechando la oscuridad (y sobornando a sus guardias) Griffiths escapó de su prisión. Hipólito Bouchard, ni lento ni perezoso, dispuso “La Argentina” frente a las costas, con la intención de cañonear el fuerte si el rey no cumplía con lo convenido, entregando al prisionero.

Tras varias chicanas mutuas, el prisionero fue entregado a los argentinos, a las 8 en punto de la mañana del 6 de septiembre. Se le leyeron las declaraciones de sus compañeros de motín y, poco después, fue puesto en capilla durante dos horas
"para que se reconciliase con el Todopoderoso, bajo las fórmulas de su religión". A las 11 de la mañana fue pasado por las armas, ante cientos de indígenas que contemplaron, en silencio, el fusilamiento. El cadáver fue enterrado en una fosa, alejada de la marea.

En Ohau, la isla más grande y rica de Hawai, cargaron provisiones, atraparon a los últimos amotinados que se habían escondido en los bosques (uno fue condenado a muerte y el resto a recibir doce azotes que les despedazaron "horriblemente el dorso"). Tras otorgar algunos grados militares al rey Kamehameha (primer agente de las Provincias Unidas) y nombrar algunos cónsules, cosas para la que no estaba habilitado, Hipólito Bouchard partió hacia América.

Junto a “La Argentina” iba la nueva nave de la flota, la Santa Rosa (al mando de Peter Corney, ex marino que conoció en Hawai, regenteando la taberna del pueblo).

Enfrente estaba California.

California (Argentina)

"A las 8 horas desembarcamos, a las 10 horas era en mi poder la batería y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza".
De la bitácora de “La Argentina”

California era, en esos años, un puñado de misiones franciscanas, dispersas sobre la costa, donde religiosos y nativos vivían plácidamente, sin sobresaltos, aislados del virreinato por inmensos desiertos. El trabajo de los misioneros había convertido esa zona en un vergel, donde se cultivaba trigo, alfalfa, frutales y, especialmente, uva, producto que dio lugar a una incipiente industria vitivinícola. Los vinos junto a los cueros, el sebo y los manufacturados de los ovinos eran los principales artículos de exportación. Aislados por el desierto, su comunicación principal era marítima, a través de los barcos que llegaban desde el Callao.

En Monterrey residía Pablo Vicente Solá, autoridad territorial de California. Desde hacia casi año y medio que ninguna nave arriba del Callao. Algo estaba pasando y ese algo eran las correrías de Brown y Bouchard que afectaron seriamente el comercio español.

El 20 de noviembre de 1818, los vigías de Monterrey vieron arribar a “La Argentina” y a la Santa Rosa. No cayeron de sorpresa: el Clarion, buque norteamericano, ya había adelantado a los españoles que Hipólito Bouchard se prestaba a atacar California. Debido a una indiscreción de un oficial de “La Argentina”, deslizada en una cena con los marinos norteamericanos, durante su estada en Hawai, el capitán del Clarion estaba enterado de los planes corsarios. Con premura cruzó el océano y marchó a Monterrey con su carga: 12 cañones, que vendió a las autoridades españolas a buen precio.

A las 12 de la noche, la Santa Rosa se ubicó, estratégicamente, cerca de la bahía, protegiendo el traslado de los hombres que acercaban los botes a la costa. Ese fue el primer error. El segundo fue cuando Corney no respondió a los gritos de los defensores de Monterrey que solicitaban conocer las exigencias de los corsarios. De ese modo, pese a las indicaciones en contrario de Hipólito Bouchard, se perdieron la posibilidad de obtener información de los recursos defensivos de los realistas.

Lo que no sabía Corney es que, alertado del ataque, el gobernador Solá había mandado instalar dos baterías en la playa para proteger el desembarcadero.

El viento cesó y la corbeta quedó varada. “La Argentina” debió ser remolcada por los botes, para no caer en la misma situación. Hipólito Bouchard dispuso que los botes se acercaran a la Santa Rosa para intentar el desembarco de los hombres del Santa Rosa. Pero Sheppard, el oficial a cargo, dilató el ataque hasta el amanecer, tal vez porque su tropa estaba fatigada por el esfuerzo de remolcar la fragata.

Al amanecer, la Santa Rosa se encontró a tiro de pistola del Fuerte, que estaba coronado de astillero, con sus baterías listas para ser disparadas. Había caído en una ratonera.

En quince minutos, la corbeta fue acribillada y el puente argentino se sembró de muertos y heridos. Hipólito Bouchard, desde “La Argentina”, sólo podía mirar por su catalejo como Corney se batía heroicamente, para, finalmente, arriar el pabellón nacional.

Pero, lo que también vio Hipólito Bouchard era que los españoles no se acercaron a tomar el barco. Dejaron a los heridos gritando en la cubierta. No tenían naves para cobrar la victoria que habían obtenido.

El viejo zorro de mar sopesó que la fortuna podía cambiar. Cerca de las nueve de la noche, ordenó que “La Argentina” levara anclas y se dirigiera hacia el puerto. Se acercó lo más que pudo y, en absoluto silencio, envió a sus hombres a rescatar a la tripulación del Santa Rosa que no estuviera lastimada. Dejaron los heridos: sus ayes de dolor hubiera develado la operación.

El primer oficial que regresó del Santa Rosa con su carga de sobrevivientes le dio el parte a Hipólito Bouchard: en Monterrey estaban festejando por el triunfo.
“Yo formé en este momento el designio de acabar con su alegría” escribe Hipólito Bouchard.

Era la madrugada del 24 de noviembre. Los hombres rescatados del Santa Rosa ya habían comido y recuperado fuerzas. Hipólito Bouchard cargó los botes con hombres y cañones: 200 infantes y marineros, 130 de los cuales tenían fusiles y 70 lanzas.

Remaron hasta la costa y desembarcaron a una legua del fuerte, en una caleta oculta por las alturas, cerca de Punta Potreros. Las primeras respuestas de los guardias fueron repelidas. El avance de los hombres de Hipólito Bouchard se volvió más fácil de lo pensado: los soldados huyeron asustados, al ver el aspecto feroz de los corsarios rioplatenses.

Hipólito Bouchard estima que puso en fuga a una tropa de caballería de más de 300 jinetes. Según las fuentes californianas, Solá no contaba con más de 40 hombres, los que se vieron reducidos a 25 en el momento del ataque. Eso explica la facilidad para tomar Monterrey y porque huyeron los soldados españoles, ante el ataque corsario.

Los hombres de Hipólito Bouchard tomaron el fuerte. Liberaron la escasa resistencia que pudieran hallar en los corredores y habitaciones. Sólo una hora más tarde, uno de los guerreros hawaianos que integraban la tripulación, arrió la bandera española y enarboló la enseña argentina. Desde esa noche, hasta el 29 de noviembre, California fue argentina.

Como era esperada la presencia corsaria, fuentes de Monterrey afirman que el gobernador había ordenado la evacuación preventiva de mujeres y niños. Lo propio hizo con los archivos y dinero de la Real Hacienda, esperando los refuerzos de San Francisco y San José, los que una vez llegados, no intentaron recuperar la ciudad, sino que esperaron la ida de los argentinos. Otra versión que apunta a que no había mujeres en Monterrey, la da la crónica de Corney quien comenta que los hawaianos de la tripulación (los kanakas) se vistieron con los vestidos de las mujeres que encontraron en las casas, durante el saqueo de la ciudad, en un apunte de indudable color local.

La tripulación de “La Argentina” y de la Santa Rosa se dedicó al saqueo. El ganado que no podía llevarse, se mataba. Se incendió el fuerte, el cuartel de artilleros, la residencia del gobernador, las casas de los españoles (marcadas con una “X” roja, para diferenciarlas de los americanos), pero se respetó las propiedades de los criollos y los templos. Salvo dos cañones, que fueron utilizados en la Santa Rosa, el resto de los disponibles

La ocupación de la California no tenía la finalidad de ser permanente. Se atacaba un asentamiento, se destruían los bienes que los españoles pudieran utilizar contra los ejércitos libertadores y luego se partía del lugar, para atacar repentinamente, en otro lugar de la costa.

La acción de Hipólito Bouchard desbarajustó la normalidad de los californianos. Muchas misiones fueron abandonadas y en algún pueblo se aprovechó el nerviosismo para el propio provecho: en Branciforte, frente a la misión de Santa Cruz, aprovechando el pánico, los pobladores saquearon la iglesia, con la excusa de que estaban “salvando” las pertenencias del fraile.

Eso hizo Hipólito Bouchard, al zarpar con sus hombres el 29 de noviembre, tras cinco días de ocupación. Poco después atacan el rancho El Refugio, la hacienda de los Ortega, contrabandista conocido de la zona, quienes habían colaborados con las autoridades coloniales contra los patriotas mexicanos. Se repitió el saqueo como en Monterrey. Las crónicas locales registran que a tres potros traídos de México, se les cortó el pescuezo.



En Santa Bárbara, Hipólito Bouchard amaga con un intercambio de prisioneros (sólo tenía a un tal Molina, un borracho y cantor que dormía la mona en una de las celdas en Monterrey).

(Cuando hoy se llega a Santa Bárbara, por la 101 Highway proveniente de Los Angeles, en un largo muelle de la playa, puede verse altos mástiles con las banderas de las naciones que alguna vez ocuparon California: España, Rusia, México, Estados Unidos y Argentina. En el segundo piso del County Court House de Santa Bárbara, puede verse un mural de Theodore Van Cina representando la ocupación de Hipólito Bouchard, en 1818, el “año de los insurgentes”).

Luego, los corsarios atacaron San Juan de Capistrano. Hipólito Bouchard solicitó provisiones a cambio de no hostilizar la población, a lo que recibió una bravuconada del prior de que viniera que recibiría una buena provisión de metralla y pólvora. Una partida al mando de Corney saqueó de la misión, bien nutrida de licores, pero sin dinero ni tesoros, los que ya habían sido sacados del lugar. El retorno de a “La Argentina” fue un tanto errática, por el grado de ebriedad en el que se encontraban los hombres de Hipólito Bouchard.

(A San Juan de Capistrano llegan, aún hoy, en la primavera boreal, las golondrinas que emigran desde Argentina. En lo que es hoy Dana Point se sigue recordando, con la Fiesta Anual del Pirata, el ataque de Hipólito Bouchard a San Juan de Capistrano, en esa misma zona que el corsario argentino usó como refugio para sus naves).
 

rumbo al Realejo

“Fuimos sentidos; nos hicieron fuego; nosotros contestamos y siempre avanzando hacia que logramos abordar y rendirlos a la fuerza”.
José María Píris, en sus memorias

Pasó de largo frente a San Diego y se refugió en la bahía Vizcaíno (el actual Key Biscaine, de grato recuerdo a los seguidores del tenis argentino), para reparar los buques. Allí encontraron a una veintena de rusos, cazadores de nutrias y lobos marinos, que los ayudaron. Permanecieron en ese lugar hasta enero de 1819, cuando partieron con el propósito de bloquear el puerto de San Blas. Tomaron otro buque español, cargado de cacao, requisaron otro, al que respetaron por ser de bandera no española y se dispararon con otro buque, el que huyó sin poder darle alcance.

Sin perder de vista la costa, zarparon hacia Acapulco y rondaron por puertos centroamericanos. Atacó Sonsonete, en El Salvador y luego, el 2 de abril, llegó al puerto del Realejo, en Nicaragua, uno de los centros más importantes del comercio y la marina colonial española, amén de ser el principal astillero del Pacífico.

Hipólito Bouchard decidió atacar el puerto con dos lanchas, armadas de cañones, y botes, tripulados por medio centenar de hombres. Entraron en el canal, antes del amanecer, pero fueron descubiertos por el vigía al salir el sol. Pronto todas las fuerzas realistas estaban listas para su llegada. Sin retroceder, los hombres de Hipólito Bouchard forzaron la captura del puerto con tal pocos recursos, frente a una doble hilera de defensa, compuesta por un bergantín, un pequeño lugre y una goleta.

“Los tres buques estaban bien armados de cañones, gente de fusilería y marinería, pero todo lo frustró la resolución de los argentinos” escribió Hipólito Bouchard.

A la mañana siguiente, ya con el puerto en su poder, quemó el bergantín y la goleta, insatisfecho por el pobre rescate ofrecido por sus dueños, e incorporó el pequeño lugre y la nave María Sofía (anclada en el puerto) a la flota de Buenos Aires.

Algunos historiados aseguran que los colores celestes y blancos que ostentan las banderas de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador están inspirados en los colores de la insignia de de aquel barco corsario que tuvo en vilo al Imperio Español.
 
la bienvenida

“El señor almirante de las fuerzas navales de Chile me ha despojado de todo, y con esto digo a usted todo”.
Hipólito Bouchard

La aventura de Hipólito Bouchard en el Pacífico, terminó tras el enfrentamiento con un bergantín de bandera española que cañoneó a la Santa Rosa, sembrando de muertos y heridos la cubierta. Sin “La Argentina” (dedicada a la tarea de vigilar las presas capturadas en el Realejo), Hipólito Bouchard se disponía a un duro ataque enemigo cuando, sorpresivamente, a poco de entrar en batalla, la nave ofensora arrió la bandera española y alzó la chilena. Era una nave corsaria chilena, capitaneada por un tal Coll, que se había enfrentado a la Santa Rosa creyéndola española. Se habían enfrentado dos naves del mismo lado de la guerra.

Indignado, Hipólito Bouchard pidió a capitán Coll que le enviara un cirujano para atender a los heridos. Como respuesta, Coll se marchó.

Ante los daños de la Santa Rosa y, al tanto de que San Martín estaba por lanzar su campaña marítima contra Perú, decidió volver, dando por finalizada la expedición.

Poco después, Hipólito Bouchard enfiló hacia Valparaíso, Chile, para ponerse a las órdenes de San Martín que estaba finalizando su campaña emancipadora. Cuando llegó al puerto, se encontró con desagradables sorpresas. Por orden del vicealmirante Lord Cochrane (el “Lord filibustero” como lo llamaba San Martín) fueron arrestados y el cargamento confiscado. Hipólito Bouchard trató de resistir, desenvainando su sable, pero la superioridad de sus adversarios hacia inútil cualquier defensa. Se rindió y quedó detenido.

Se inició un tortuoso juicio, en que formalmente se lo acusaba de piratería, pero que, dado los débiles cargos del expediente, sugiere la idea de que la conocida codicia de Lord Cochrane fue el acicate para el despojo, como tiro por elevación a San Martín, con quien tenía una sorda lucha por el control de las fuerzas que terminarían por mar la campaña de independencia.

Los testimonios privilegiados fueron de los testigos que tenían enconos personales con Hipólito Bouchard, tantos de esta expedición (por ejemplo, el oficial Sheppard, el responsable de no haber asistido a tiempo al Santa Rosa frente a Monterrey) como de la primera con Brown. El cónsul de Dinamarca reclamó la devolución de la María Sofía, ocultando que había sido confiscada por los españoles por contrabando.

Tomás Guido tomó su caso. Hipólito Bouchard tardó cinco meses hasta que se le permitió declarar en el juicio, en donde respondió a todas las acusaciones, señalando que el Juzgado de Presas de Buenos Aires era el único que tenía jurisdicción para las demandas entabladas.

Pronto empiezan a moverse las influencias políticas para presionar a las autoridades chilenas. San Martín, Sarratea, Echevarría, O’Higgins, apelaron en su favor. Las cosas empezaban a caldearse entre los soldados nacidos de un lado y el otro de los Andes. Peleas, riñas, desórdenes entre las tropas, culminaron con la decisión del coronel Mariano Necochea, compañero de Hipólito Bouchard en San Lorenzo, quien con un piquete de sus granaderos tomó “La Argentina”, desoyendo las amenazas de las autoridades.

El juicio de Hipólito Bouchard ya estaba definido a su favor y sólo falta anunciar la sentencia, cuando Necochea se anticipó a la liberación de Bouchard. La única responsabilidad que le cupo fue satisfacer las demandas de la nave danesa, las que se saldaron con una fianza.

Hipólito Bouchard recorre “La Argentina”, una vez liberado. Los cañones y velas habían sido retirados, para equipar otras naves. No había ninguna embarcación menor, los palos, vergas e incluso, el timón. La bodega estaba vacía. No queda ningún cabo. La bandera celeste y blanca, ennegrecida, yacía enmarañada en un rincón de la cubierta. Todo lo ganado en la excursión en el Pacífico, ha sido saqueado.



triste y solitario final

“Año del Señor de mil ochocientos treinta y siete, en seis días del mes de enero yo el licenciado don Isidro Pacheco, cura interino de esta docta de San Juan Bautista del Ingenio, di sepultura eclesiástica con Cruz Alta, en la bóveda de esta Iglesia de San Francisco Javier, vice parroquia de esta docta, al cuerpo difunto del capitán de navío don Hipólito Bouchard con más de sesenta años de edad, que fue muerto antes de anoche a las siete por sus propios esclavos súbitamente, por lo que no testó ni recibió sacramento alguno, y para que conste lo firmo”
Isidro Pacheco

Echevarría había conseguido nuevas patentes de corso y planeaba llamar a Hipólito Bouchard a Buenos Aires, para operar con sus flotas en el Litoral argentino. Pero Hipólito Bouchard tenía otros planes. Ni él, ni sus subordinados, en especial Tomás Espora, pretendían perderse la campaña libertadora al Perú. En carta a Echevarría, Hipólito Bouchard le pide que vele por las necesidades de su familia y se compromete a reintegrarle los gastos a su regreso. Pero le comunica que ha decidido participar en la expedición libertadora.

Por los daños sufridos, tanto “La Argentina” como la Santa Rosa hacen transportes de carga para los ejércitos. Con hidalguía, Hipólito Bouchard se permite elogiar a Cochrane quien luce su coraje al abordar y capturar la fragata española Esmeralda.

La decisión de Hipólito Bouchard abre una brecha con Echevarría quien se aparta de Hipólito Bouchard y deja de financiarlo. A fines de 1820, sin recursos económicos, Hipólito Bouchard se presenta al General San Martín y le pide regresar a Argentina. Pero el Libertador le pide cinco meses más en el Perú, tal vez pensando en darle el mando de la marina peruana, tras la liberación. La situación de Hipólito Bouchard es inestable.

La relación con Echevarría se deteriora irreversiblemente. Echevarría se despreocupa del sostenimiento económico de la familia de Hipólito Bouchard. Su esposa e hijas pasan apremios económicos.

“La Argentina” es vendida como leña vieja y destruida. La Santa Rosa se incendiará en la revuelta en el Callao, en 1824.

A Hipólito Bouchard le queda un último cartucho. Cochrane se apodera de los caudales limeños depositados en los buques de guerra bajo su mando, so pretexto de cobrar haberes adeudados. San Martín, Protector del Perú, lo insta a rever su actitud, pero Cochrane desobedece, manteniendo su actitud hostil durante dos semanas, frente al Callao. San Martín organiza la marina de guerra peruana y le da el mando de la fragata Prueba, la nave más importante de la flota, a Hipólito Bouchard.

Equipada con 50 cañones, tal como la nave capitana de Cochrane, la Prueba enfrenta a la O’Higgins del lord filibustero, siguiendo las órdenes de San Martín. Lord Cochrane se tienta con abordarla, pero cuando pasa a su lado, descubre los cañones preparados de la nave de Hipólito Bouchard, en zafarrancho de combate, listos para responder a su ataque. Cochrane recapacita y vuelve a Chile, siguiendo el reclamo de San Martín.

Hasta 1828, Hipólito Bouchard sigue al servicio de la marina peruana, cuando abandona la actividad y se establece en las haciendas de San Javier y San José de Nazca, adjudicada como recompensa por el Congreso peruano, donde funda un gran ingenio azucarero al que pone el nombre de “La Buena Suerte”.

Argentina se disuelve en la guerra civil. No ha vuelto a ver a su esposa, ni a sus hijas, Carmen y Fermina. Hipólito Bouchard se vuelve más y más hosco. Su cólera explota a cada momento y se descarga, violentamente, contra los esclavos de sus haciendas.

En el anochecer del 4 de enero de 1837, Hipólito Bouchard golpea a un sirviente, de la misma forma feroz de los últimos tiempos. Pero esta vez, los sirvientes protestan, hartos del maltrato recibido. El tono de la discusión se eleva. Hipólito Bouchard busca un pistolón y su viejo sable de abordaje.

Pero es tarde.

Los sirvientes lo matan a puñaladas.

Al realizarse el inventario de sus pocos bienes (los que quedaran en manos del Estado peruano), cuando sus haciendas se transfieren a sus nuevos dueños, encuentran dos baúles con vestimentas militares y civiles, un diccionario de marina de cuatro tomos, otro de castellano, un volumen de “Meditaciones cristianas”, el libro del padre Flux “Espectáculos de la Naturaleza”, las Ordenanzas de la Real Armada española, un largavistas, un octante y pequeños objetos.

Su familia no recibe ningún recuerdo del marino que fue, por seis días, el señor de California.
 

posdata postmortem

De estas seis, que más o menos presentaban las mismas características, se les fue examinado sucesivamente así como los resto que en ellas se fueron encontrando, el sexto de estos nichos presentaba huellas muy borrosas de una inscripción, lográndose, felizmente, leer las iniciales H. B. 1937. Destapado el nicho, se encontró el cajón deshecho, sacándolo en pedazos en algunos de los cuales había pequeños adorno de metal, asismismo se encontró restos de ropa, que daba la seguridad de haber sido tela de muy buena calidad, pero desgraciadamente se deshacía al tocarla, razón por la que no fue posible recoger algunos restos de ella, igualmente los rasgos fisonómicos del cráneo indicaban que se trataba de persona de raza blanca y los huesos largos (fémur-humero) correspondiendo a individuo de estatura un tanto elevada, que difiere de la estatura normal de los habitantes de esa región .estos indicios indujeron a la comisión a identificar estos restos como los auténticos de Hipólito Bouchard.
Informe de la comisión destinada a determinar el sitio donde hallaban los restos de Bouchard

Los restos mortales del capitán Hipólito Bouchard estuvieron perdido por más de 120 años, hasta que en junio de 1962 fueron encontrados en una cripta olvidada de una parroquia en Nazca, Perú. El 6 de julio de ese añosj, los restos son exhumados por una comisión conjunta de las Armadas Argentina y Peruana, repatriados a Buenos Aires a bordo del crucero “La Argentina”.

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