YO TAMBIÉN HICE EL CAMINO DE SANTIAGO, DIARIO
INTRODUCCIÓN:
SÓLO PARA PROFANOS
Cuentan que uno de los doce apóstoles que anduvieron con Jesucristo, el mismísimo Santiago, se encuentra enterrado en la ciudad del mismo nombre, Santiago de Compostela. Cómo llegó es otro asunto: parece ser que su cuerpo apareció flotando en una barca de piedra cerca de Finisterre desde donde se le trasladó hasta el lugar que actualmente ocupa. Sea como sea el hecho es que desde tiempos casi inmemoriales, en torno al siglo IX, peregrinos de todo el mundo marchan hasta Santiago de Compostela para rendirle honores, realizar peticiones o reencontrarse con una fe perdida. La oficialización del camino vino de mano de la orden del Cluny que estableció las rutas que, partiendo de cualquier punto de Europa, llegan hasta la ciudad Compostelana.
También
hay quien asegura que la peregrinación hasta Finisterre (fin de la tierra
etimológicamente) siempre se ha realizado y que la iglesia católica se apuntó
hábilmente un tanto sacando el cuento del Apóstol, de cualquier manera la
romería hasta el sepulcro está amparada oficialmente por la iglesia católica
y si además se realiza en año santo, cuando el día de Santiago (25 de Julio)
cae en domingo se obtiene el jubileo, que implica el perdón de los pecados
cometidos hasta la fecha, para ello se necesita de un visado del obispado, de
cualquier ciudad, que se irá sellando en distintos puntos y que al final del
viaje supondrá la obtención de la compostela. El peregrino
además debe confesarse en
un plazo de quince días, antes y/o después de iniciar viaje para ganar el
jubileo.
Santiago
significa camino de estrellas ya que se supone que es el seguir la vía láctea
lo que conduce hasta la tumba del apóstol. Antiguamente a los peregrinos se les
ofrecía protección a su paso por los distintos reinos, hoy día hay montada
toda una red de albergues, gratuitos, en los que el romero puede dormir, lavarse
e incluso, en alguno, tomar lo que se ha dado en llamar sopa del peregrino.
Antes
de comenzar este a modo de diario del Camino de Santiago quiero decir que lo
escribo porque tú, mi rubia hermana, me lo has pedido. Supongo que a medida que
avancen etapas y el cansancio se acumule acabaré por escribir poco o no
hacerlo.
JORNADA
PRIMERA: EL VIAJE EN COCHE.
Aparte
de la emoción interior de las horas previas al viaje este ha dado poco de sí,
como jornada de tránsito qué es. Me han asaltado una serie de preguntas:
¿Podré llegar hasta Santiago?, ¿me saldrán ampollas?, ¿qué ambiente
habrá?
Y, en medio de tanta duda, siempre
con un fondo de espiritualidad, de querer creerme toda esta historia, más allá
de la aventura o de la estética de la misma.
Hemos
venido en dos coches, salimos de Almería a las cinco de la madrugada, la hora
me recordaba la emoción previa a aquellos viajes de la infancia con los seis
hermanos a bordo del simca 1000 rumbo a algún destino de playa levantina,
íbamos a ser ocho pero nos quedamos en seis (un poco coñazo por que todos son
pareja menos Guti y yo).
Antonio
(el que conduce uno de los coches) es informático, parece buen chaval, también
su novia Azucena, aunque los dos resultan un poco enterados, con ellos viajamos
Guti y yo, de este poco voy a decir ya que nos conocemos de más. La otra pareja
es bastante peculiar, él un grandón cachondo e ingenuo, ella (María del Mar)
va toda equipada de Nike y se le ve un tanto agobiada, es muy risueña y
simpática y, según me han dicho, llueva o truene, no sale de casa sin pintar,
por lo pronto se ha encontrado con que tenemos por delante doscientos
kilómetros a pie y no cien como ella pensaba, la pobre ha dejado, con gran
dolor, un montón de cosas, eso sí; se sigue acompañando del armazón de un
carrito de la compra para atar a él su mochila.
Llegamos
a Ponferrada, una ciudad grande, sobre la cinco de la tarde, hemos dejado los
coches en un Parking y comprado alguna comida. Más tarde visitamos el castillo
templario (parece que fue bastante importante) previo pago de 200 pts, está
bastante arruinado por dentro pero en sus tiempos debió ser alucinante, es
curioso como esta parte de León parece ya Galicia, casas con tejados de
pizarra, todos los alrededores verdes y las
callejuelas estrechas y de trazado irregular.
Por
más que he buscado entre las piedras de los basares de caliza, el resto de los
muros son de pizarra, los símbolos de los masones no lo he conseguido, una
pequeña desilusión, creí que eso se daba en todos los castillos y que eran fáciles
de detectar. Más tarde hemos intentado ver la iglesia de Santa María, de
obligada visita para el peregrino, pero
ya era tarde y la encontramos cerrada.
Ahora
mismo estoy escribiendo con un frontal en la cabeza en el pabellón de deportes
de Ponferrada, me encuentro rodeada de gente metida en sus sacos, ya durmiendo,
son las once de la noche. Hemos visto peregrinos de todo tipo: algunos que, como
nosotros empiezan mañana y se les nota emocionados, otros que caminan cojeando
y a duras penas, con vendas en los pies y con una clara determinación en la
mirada; Santiago como sea.
Me
voy a dormir porque mañana nos levantamos a las seis para andar con la
fresquita y entre unas cosas y otras en dos noches he dormido siete horas ¡ya
veremos que nos depara el día!
SEGUNDA JORNADA: DE PONFERRADA A VILLAFRANCA DEL BIERZO.
Aprovecho
que estamos desayunando para escribir un poco porque no sé si esta noche
tendré ganas.
Anoche
alguien comenzó a reírse solo, por los ronquidos de otra persona, y buena
parte del pabellón acabó contagiándose. A eso de las tres y media de la
madrugada ha empezado a levantarse gente apenas un par de bultos, a las cinco la
mayoría andaba bullendo, con frontales o linternas y bastante silenciosos para
no molestar.
Comenzamos
a caminar de noche, atravesando Ponferrada y siguiendo siempre la flecha
amarilla que conduce a Santiago, pasando entre avenidas y callejas bien
iluminadas. El día ha amanecido nublado y, ahora, en Cacabelos, está
lloviendo, pasamos por tierras rojas y verdes, por campos de vides y cruzamos la
autovía un par de veces.
Es
una pena que la mayoría de las iglesias y ermitas estén cerradas porque sería
interesante poder detenerse a visitarlas, sobre todo el Santuario de la
iglesia de la Quinta Angustia, en la que un niño Jesús juega a las
cartas con S. Antonio Abad. Cacabelos es un pueblecito repleto de casas
blasonadas, me gusta la tienda de productos artesanales, todo el suelo es de
pizarra, el techo artesonado y en el local suena música medieval. Hemos sellado
aquí nuestra credencial, D.N.I del peregrino, la llave que abre la puerta de
los albergues o bases de acampada que hay diseminadas por los distintos pueblos,
se puede sellar en iglesias, albergues o locales comerciales, cada sello es
distinto y será un recuerdo del esfuerzo realizado, permitirá rememorar un
camino que, sin duda, habrá sido duro. La traemos desde Almería, por cuyo
obispado ha sido expedida.
Destaca
la amabilidad de la gente que a nuestro paso tienen una palabra de ánimo y te
desean buen camino.
Ahora
mismo son las doce de la mañana, hemos caminado quince kilómetros y ya se
empiezan a notar los gemelos cargados, espero acabar sin ampollas ni grandes
dolores y tener ánimos para escribir alguna línea más a la noche.
La
segunda parte del recorrido la hacemos bajo un gran aguacero, le hemos puesto a
las mochilas una bolsa de basura con rajas para poder sacar las correas y encima
llevamos un chubasquero de ínfima calidad comprado en un todo a 100.
Hacemos
nuestra entrada en Villafranca cruzando por delante de la iglesia de Santiago
(S. XII) y su puerta del perdón, único lugar de todo el camino en el que se
puede ganar el jubileo para aquellos peregrinos que, por enfermedad, no pudieran
continuar. Hemos llegado todos bastante tocados, aunque Guti y yo estamos un
poco más enteros, después de comer, en un bar y mientras los compañeros
descansan en la base de acampada, los dos, deambulamos
por las calles de Villafranca y visitamos un par de iglesias, una barroca
y otra que me recuerda a la catedral de Granada en pequiñito, se ve que ha sido
remodelada recientemente. El paseo por la calle del agua resulta atractivo,
casonas grandes de balcones con voladizos de madera y pilones, en casi todas las
fachadas hay escudos de armas, me ha llamado la atención el que tenía sobre un
caldero una cruz.
Escribo
mientras el personal no acaba de organizarse para dormir dentro de la tienda de
la base de acampada (la verdad es que está muy bien, tiene duchas con agua
caliente, lavaderos para la ropa, baños, una tienda comedor),
me resulta alucinante que seis personas no sean capaces de acoplarse en
una tienda de tres por tres metros. Un vecino acaba de pedirme el frontal para
buscar no sé qué en este momento.
Hoy
el carrito ha dado el coñazo más de la cuenta y ha habido que reorganizarlo en
numerosas ocasiones pero al fin se ha llegado. Sigue el buen ambiente y la
amabilidad de la gente, cada vez nos juntamos más peregrinos, no sé cuántos
acabaremos en Santiago pero supongo que bastantes cientos.
Antonio
y Azucena dicen tener tendinitis, María del Mar anda con los pies machacados,
en fin: todo lamentaciones.
TERCERA JORNADA. VILLAFRANCA DEL BIERZO-LAS HERRERÍAS.
Conseguimos
empezar a andar a las nueve y cuarto, esperando a Antonio y María del Mar, en
dirección a Travadelos, de las dos rutas posibles, una por carretera y la otra
por camino, hemos elegido la del camino, para expertos montañeros, según reza
la guía que me compré en Ponferrada. Ha valido la pena, la primera parte
discurría por lo alto de cerros de escasa vegetación aunque con alguna mancha
de árboles, abajo se veía, como una cinta gris, la autovía en obras y el reguero interminable de peregrinos
a pié y en bici. El camino: pedregoso,
grava suelta, y pino hasta que al llegar a una bifurcación nos hemos internado
en un castañar viejo, sólo le faltaban elfos y duendecillos para ser mágico.
Contrastaba el verdor de los castaños con el pajizo de la hierba seca del
suelo.
Nuestra
procesión lacerada (tobilleras, rodilleras) ha avanzado lentamente, sobre todo
le ha costado mucho a Azucena y Antonio, esta a ratos cogía el bordón con las
dos manos.
Al
castañar ha sucedido un descenso brusco entre jaras hasta alcanzar la
carretera. Allí hemos continuado la marcha, ya por asfalto, charlando con dos
chicas mallorquinas y un hombre (al
que conocieron en el avión que les traía hasta Barcelona), con un gran bigote,
que de inmediato le ha valido el sobrenombre de "el bigotón", en un
momento en que Antonio legionario y él se adelantan al resto del grupo,
le ha confesado que está quemado de los dos caracoles reumáticos que le
acompañan.
Las
discusiones entre María del Mar y Antonio en torno al carrito son una
constante, se desmonta constantemente, hay que cargarlo a lomos a trozos... pero
realmente me resultan cómicas, ellos
andan bastante bien.
Hemos
parado a comer antes de llegar a Ambasmestas para ver si recuperábamos. Otro
día más que sigue lloviendo aunque hoy mansamente y a intervalos.
Los
pueblecitos de hoy son "típicos" de la zona (muros de piedra y techos
de pizarra) sin monumentos de interés. A partir de Ruitelán el paisaje cambia,
se huele a Galicia, todo comienza a ser más verde y el agua corre, hay prados
con vacas y olor a excrementos.
Estamos
durmiendo en una casa a medio construir, en lo que en el futuro será una
cochera, estrenamos la sartén que acarreo desde que empezamos,
para zamparnos unos huevos fritos que nos han sabido a gloria (el mío
con ajos), no me duelen prendas de portear la sartén y el aceite.
tenemos por paisaje una pradera y por sonido el del agua del río que nos
relajará el sueño.
Al
final hemos recorrido cuatro kilómetros más de los planificados, la gente
pregunta con interés de donde venimos y donde hemos empezado la etapa, parece
desilusionarles que caminemos tan pocos kilómetros (diecinueve), todo lo que no
sobrepase los cuarenta no es nada para estas gentes acostumbradas desde siempre
a los peregrinos, no obstante siempre saludan sonrientes.
Hoy
he conocido a un chaval que viene desde Sudáfrica, lleva un mes, y se ha
cruzado toda España desde levante, él me ha dicho que a su vez conoció a un
holandés que salió de su tierra hace ahora tres meses. También a una chica
que andaba toda coja y que tenía promesa, le pidió al santo que curase a una
amiga de un derrame cerebral y pese a que el milagro no sucedió ella igual hace
el camino, la pobre se ha echado a llorar y se ha alejado cojeando con un amigo
de camino que volvía a buscarla.
El
propietario de un bar, en el que he entrado a comprar,
me ha pedido que le ruegue al santo que le devuelva a su mujer, que se
fue de peregrina para nunca regresar, siento pena al ver la tristeza pintada en
sus ojos.
La
anécdota del día la ha protagonizado una paisana a la que preguntamos si en
las Herrerías hay albergue, ella pensativa y con un fuerte acento gallego
sentencia: "Puede que si... u puede que no" sentencia que adoptaremos
como muletilla en los días que nos restan.
Ahora
son las diez y media y voy a dejar de escribir, mañana nos toca la etapa más
temida: la subida a O’Cebreiro en la que hay que salvar 800 metros de
desnivel.
CUARTA
JORNADA: HERRERÍAS-FONTFRIA
El
murmullo del río (que nos tenía que relajar el sueño) se vio truncado primero por la visita de la juventud del
lugar y más adelante por la de un coche que
casi nos arroya a eso de las tres de la madrugada.
Ha
llovido toda la noche, también por la mañana. Buena parte de los peregrinos
han enviado sus mochilas en coche, al módico precio de trescientas pesetas.
Nada más comenzar el ascenso hay dos posibilidades, una por carretera y otra
por el monte. Antes de darnos cuenta María del Mar y su carro han desaparecido
a bordo de un coche al que ha hecho autostop, Guti y Antonio han optado por la
carretera y el resto por el monte, creo que lo de Guti ha sido más por no dejar
a Antonio solo que por ganas, tiene prisa en reencontrarse con su chica.
El
ascenso por el camino del campo es alucinante, el agua corre entre las piedras
pulidas de la angosta vereda, se escuchan trinos de pájaros y andamos inmersos
entre castaños retorcidos con los troncos repletos de enredaderas, el suelo a
los lados de la empinada senda es de helechos. Ascendemos constantemente y
entre la lluvia y la niebla de repente
resuenan los cascos de los caballos, nos apartamos para dejar paso al
grupo de peregrinos, que antes de perderse entre los robles y castaños en su
montura, nos desean buen camino.
Desembocamos
en una pequeña aldea: La Faba, en la que parece que el tiempo se detuvo,
encontramos a una mujer con madreñas caminando por las calles enlosadas con
pizarra, entre barrillo, excrementos de vaca y agua.
Al
salir de la aldea nos encontramos con una cañada, aquí el paisaje se abre y se
ven valles lejanos cuyos colores van del marrón a los distintos tonos de verde,
los campos de pastos alternan con otros más secos y con los distintos ocres de
las tierras. Ahora entre niebla, llovizna y viento continuamos el ascenso, la
vegetación cambia, los cerros son ralos y con jaras.
En pleno aguacero nos hemos encontrando con una madre y varios hijos (el
menor de ocho años), todos de morros por que la madre les ha obligado a dejar
sus mochilas y, según ellos, eso es trampa.
De repente topamos con un mojón que indica que hemos entrado en la
provincia de Lugo, a partir de ahora los kilómetros hasta Santiago aparecerán
indicados cada quinientos metros, según las guías con mejor voluntad que
acierto, grabados en hitos, y sobre ellos una viera enmarcada en un recuadro
Nos
adelantan peregrinos a caballo que se pierden en un momento tragados por la
niebla y que nos hacen sentir un poco de envidia por lo rápido de su trote.
Está todo embarrado, hace tres días que no deja de llover y ya no nos queda
ropa seca.
Por
fin llegamos a O’Cebreiro, el ascenso ha terminado. La aldea está en la cima
del monte con el mismo nombre sobre
ambas vertientes. El pueblo con pallozas (casas circulares con tejado de paja de
origen prerromanas) tiene una ermita recoleta del XII, muy bien conservada y en
la que se guarda como testigo de un milagro lo que se ha dado en llamar el santo
grial gallego, también románico, donde carne y cuerpo de Cristo se
consolidaron como tales. Suena música medieval. Sabemos que estamos a domingo
porque hay misa. Hace frío aquí arriba, llegan turistas en autobuses y se
venden toda suerte de souvenirs, bordones, vieras, calabazas... de todo menos
impermeables, los nuestros están ya bastante deteriorados.
El
atuendo de los peregrinos es cada vez más uniforme: impermeables-capa o
imperbeables-bolsa de basura para la mochila y el cuerpo y bolsas sobre los
calcetines para evitar que el agua se cuele a través de ellos en las botas.
Bastón con calabaza y viera, también la forma de caminar, a paso ligero, se va
contagiando de uno a otro caminante.
Nos
reencontramos todo el grupo y tomamos un café que nos caliente las tripas. La
salida del pueblo se hace a través de un bosque de cedros que apenas deja pasar
la luz con todos los troncos rebosantes de líquenes; sencillamente
espectacular. Tras él nuevamente
dominamos valles distantes y multicolores, ahora de la
otra vertiente. El camino tiene a los lados helechos gigantes, de más de
un metro. Continuamos la marcha descendente hasta alcanzar una carretera donde
nuevamente hay que subir un puerto, vuelta a internarnos en un bosquecillo, esta
vez de avellanos y muérdago, al final del ascenso topamos con la escultura de
un peregrino luchando contra un gran vendaval
junto a la que, inevitablemente, nos hacemos una foto.
Hasta
el alto de Poio el paisaje pierde todo interés, este último tramo me ha
costado, tengo la sensación de los pies abiertos y me arden. Nuestra intención
era dormir aquí pero no hay sitio en el albergue y nos piden diez mil
pesetas por una habitación, conocemos a un holandés que lleva tres
meses andando, habla pestes de lo mercantilistas que son los gallegos, "son
como franceses” repite con énfasis y a grandes voces
ante la mirada crispada de Guti, que es medio gabacho, asegura que aquí
ha concluido su camino, que no está dispuesto a soportar semejante atraco y que
el santo puede esperar, imposible convencerlo de que continue.
Mientras,
pese a que son las cinco de la tarde, nos han servido un magnífico caldo
gallego, a base de patatas y una verdura que se parece a las acelgas, y una
buena fuente de pollo al ajillo con patatas.
Pese
a que la guía indica que no hay lugar donde guarecerse hasta dentro de unos
trece o catorce kilómetros decidimos arriesgarnos, la mujer del bar nos ha
ofrecido su cochera, pero no reúne condición alguna, incluso el suelo es de
tierra. Seguimos tres kilómetros entre barro y por terreno llano para acabar en
Fontfria. Ya conocemos a bastantes peregrinos, nos los encontramos en las
distintas etapas y nos preguntamos por la respectiva salud. Volvemos a toparnos
con las mallorquinas, se han separado
del "bigotón", no dan demasiadas explicaciones aunque imaginamos que
el buen hombre se ha hartado de su paso cansino.
Al
fin nos han acogido en un pajar, dormimos bastantes peregrinos, algunos de
bici, también las mallorquinas. Nosotros
seis nos hemos acoplado en el remolque de un tractor como auténticos piojos en
costura. Antes de ir al único bar del pueblo colocamos cuerdas para tender la
ropa, hemos repetido esta operación varias veces a lo largo de los días pero
la humedad es tal que nada se seca. Seguimos adelantando kilómetros con
respecto a lo previsto.
En
Fontfria también hay vacas y ermita con espadaña. El camino huele a húmedo, a
árbol, a tierra mojada y a excrementos de vacas.
QUINTA JORNADA: FONTFRIA-TRIACASTELA.
Esta
mañana desayunamos en casa de la mujer que nos acogió ayer; leche de vaca
recién ordeñada, mantequilla casera y tostadas de pan de pueblo. Su marido, un
tipo de aspecto dinámico y nada lugareño, nos cuenta indignado que la
política es una mierda, que a un paisano le han quitado la farola de la puerta
de su casa simplemente por no ser del P.S.O.E, resulta curioso que en estos
paisajes tan ancestrales se charle de política.
Me
preocupan un poco los piques que parecen existir entre las dos parejas, espero que se queden solo en eso.
Hemos andado por caminos anchos, paralelos a la carretera, hay musgo,
florecillas, helechos, cerezos, alisos y robles, paredes por las que se filtra
el agua para formar pequeños regatos que cruzan a nuestro paso.
Por
fin ha salido el sol, a ratitos, aunque amaneció con niebla, como siempre en
estas latitudes. Según el marido de nuestra asiladora ya no va a llover más,
esperemos que así sea. Todos los pueblitos que cruzamos tienen su iglesia
pequeña, con cementerio incorporado, soportal y espadaña. "Tendemos"
como se puede la ropa mojada por fuera de la mochila para que el sol la vaya
secando.
Ahora
mismo estoy en un bar de Triacastela (a tan sólo 9 km de Fontfria) esperando
que regresen del centro de salud los Antonios y Azucena que han ido a acompañar
a Guti, tiene fastidiado el tendón de Aquiles, acaban de regresar, le han
diagnosticado una tendinitis leve y aunque puede seguir andando, a decir de los
médicos, vamos a tener jornada de descanso, menos mal que es una simple
tendinitis, yo creía que iba a ser algo más serio, puesto que Guti es de los
que no se quejan sin razones.
Un
viejo y eufórico peregrino, que ha hecho el camino cinco años seguidos, me
aconseja que me embadurne los pies con "Vicks Vaporub" al llegar y al
comenzar a caminar, a la vez que lanza su zapatilla al aire para mostrarme el
buen resultado que da semejante remedio en
sus propios pies.
Hemos
cogido sitio en la base de acampada, tiendas militares sin suelo y con forma de
tienda de los indios, además de nosotros duermen tres ciclistas.
Aprovechamos
el parón para lavar la ropa que llevamos puesta, ver si se seca la otra, y
ducharnos, nunca se sabe cuando tendremos otra oportunidad de sentirnos aseados.
Por
la tarde damos una vuelta por el pueblo, después de comernos un menú del
peregrino (caldo gallego, churrasco, postre, pan y vino). El pueblo es un poco
más grande de lo habitual pero apenas está alterado por construcciones
modernas. Visitamos la iglesia medieval con cementerio de lápidas modernas que
genera un curioso contraste de épocas, de hecho la lápida más antigua es del
veintitantos, entre ellas se bambolea erráticamente una rata gorda que causa el
pavor entre peregrinos y turistas.
¡Menos
mal que llevábamos kilómetros de adelanto!.
Alguien
nos ha dicho que anoche hubo bronca en no sé qué albergue, porque hay algunos
caraduras que van en coche, lo aparcan a pocos metros del pueblo y haciéndose
pasar por peregrinos, cogen todas
las camas porque quiénes llegan los primeros las ocupan, al parecer han
conseguido echarlos. La prioridad, a la hora de alojarse, dice que primero los
de a caballo (cosa que no alcanzo a comprender), luego los de a pie y por
último los ciclistas. También ha habido palabras con unos hippies que, no
contentos con aprovecharse de la infraestructura que hay montada para dormir, se
dedicaban a reírse a media noche de los peregrinos y sus cuitas.
SEXTA JORNADA: TRIACASTELA-MELIDE.
Antes
de comenzar a andar hacemos el rito cotidiano de curarnos los pies, unos nos
colocamos tobilleras, otros rodilleras, tiritas, pomadas etc.
El
día, como todos los días gallegos, ha amanecido nublado. Salimos de
Triacastela a eso de las ocho menos diez de la mañana, a poco de cruzar el
pueblo nos internamos en un sendero por el que ascendemos, hay sobre todo
castaños, el color predominante es el verde salpicado por las distintas
tonalidades de las flores.
Me
ha impresionado un corredor de robles, el camino está excavado en la tierra un
par de metros, arriba las ramas de los robles se unen formando un pasaje
encantado, efecto que se reforzaba con la niebla entre las ramas que generaba
distintas tonalidades de plata.
Otra
imagen para el recuerdo es la de la entrada en Pintín, al fondo de un corredor
similar al anterior aparece de pronto el perfil de una casa, se avanza para
desembocar en una pequeña plaza rodeada de casas de piedra con sus tejados de
pizarra, del cuadrante de una puerta entran y salen aviones revoloteando en
círculo sobre mi cabeza. No hay nadie en este pueblo, solo la niebla, los
aviones y yo, es un pueblo fantasma y vacío. El camino, que hoy ando sola en
buena parte, sirve de reflexión, para encontrarme conmigo misma, con mi pasado
y presente, para analizar mis acciones, buenas o malas, con objetividad, con
simpleza, las cosas son como son y yo soy como soy.
El
eclipse de sol nos coge, cuando ya he alcanzado a los compañeros, entrando en
Sarria, se puede mirar directamente porque el sol, cubierto parcialmente por la
sombra de la tierra, es blanco al estar entre nubes. Entramos en la localidad y
comemos en el bar O’camiño unos espagueti vomitivos y una especie de lenguado
de excelente sabor.
A
eso de las siete reanudamos la marcha no sin antes visitar la iglesia de Santa
María, del XIX y el claustro de un monasterio gótico, suelo de empedrado
irregular y pozo en el centro todo lleno de flores. El sol aprieta. Volvemos a
cruzar un bosque de castaños y en plena cuesta nos sorprende uno muy, muy
viejo, hacemos una foto subidos en su tronco. Durante esta parte del camino el
suelo es de piedras grandes e irregulares, arroyos pasan por los lados y a un
bosque sucede otro.
No
he podido apreciar el último tramo de la etapa porque lo hemos hecho casi de
noche y en condiciones precarias. Guti, Antonio y Azucena han impuesto una
marcha rápida que les ha separado del resto, no ha habido manera de contactar
con ellos para detenernos. María del Mar anda toda coja, a mí me duelen los
pies, el carro tropieza en todas las piedras y resulta torturante el llevarlo...
me siento atrapada, no puedo pararme, para
quedarme aquí a dormir, porque no hay forma de avisar a los de delante,
y tampoco puedo caminar más aprisa para alcanzarlos y decirles de descansar.
Azucena y Antonio un día están magníficos y el otro llenos de lesiones,
rodillas, tobillos, pies, espalda... todo,
pero después de dormir unas horas se les acaba el dolor. No entra dentro
de mi lógica, los dolores y así me lo dice la experiencia, no desaparecen por
arte de magia salvo que sean ficticios o se trate simplemente de cansancio no
reconocido.
En
este último y penoso tramo, que a la luz del día debe ser hermoso, entre las
sombras del crepúsculo se oyen un montón de pájaros y se divisan siluetas de
árboles enormes. Se nos ha unido
Teresa, una leonesa de entre treinta y cuareta años que camina a la aventura,
sin saco de dormir y con una bolsa de plástico, llena de sepa Dios qué, en
cada mano. Durante un rato ha caminado detrás de mí cantando no sé qué con
una voz profunda y una cadencia tribal, me ha gustado.
Cuando
por fin alcanzamos a esta gente mi cabreo es tal que ni me detengo a saludar, me
queda un kilómetros y medio para llegar al refugio y después de los penosos
dos - tres últimos, no estoy dispuesta a parar, me da igual que no se vea casi
nada y no tener luz, me da igual ir dando resbalones y perdiendo el equilibrio
constantemente, ni siquiera me fijo
en que me duelen los pies del enfado que tengo, casi he corrido en este último
trecho de pura impotencia y rabia.
Ahora,
a las once y media, estoy escribiendo con mi vela, el viento mueve la llama y
amenaza con apagarla, bajo un improvisado tenderete entre dos tiendas, Teresa
duerme a mi lado con un saco que alguien le ha prestado, es una extraña mujer.
Rememoro los resbalones por aquellas pendientes de piedra medio a oscuras y
siento ganas de llorar, me duelen los pies y
todo el cuerpo y me siento impotente de
pensar que mañana no podré
levantarme...
Los
gaditanos, a los que vimos por primera vez en la subida a O’Cebreiro se
acercan a pedirnos pan y comida, son graciosos aunque yo no esté para bromas,
ni conversaciones.
SÉPTIMA
JORNADA: FERREIROS-AIREXE
Esta
mañana hemos salido muy tarde, a las diez. Teresa se cambió a una cama del
refugio de Ferreiros a las cinco y a las siete vino a despertarme y darme la
bendición de Dios, apenas he dormido un rato en toda la noche.
La
primera parte del camino, hasta Portomarín es más o menos aceptable, el
terreno resulta un tanto más árido que el de días anteriores, el camino
desciende suavemente hasta desembocar en el pueblo, la vegetación arbórea es
la misma que en jornadas anteriores, pero se ven más terrenos de labranza y
menos verdor y agua. El pueblo, casi ciudad, tiene una entrada agradable, a
través de un largo puente sobre un
embalse, subiendo se llega a una plaza asoportalada, dominada por una
iglesia-castillo hospitalaria; una fortaleza de techos altos, austera, en su
pórtico aparecen los doce apóstoles.
Hemos
perdido un montón de tiempo, hasta las dos, no hemos empezado a caminar porque
María de Mar seguía con fuertes dolores de tobillo, de hecho le han dicho que
es muy probable que tenga rotura fibrilar en la rodilla y una posible fractura
en el hueso flotante del pie (¡qué dura que es, prácticamente no se ha
quejado!).
Durante
todo la jornada de vez en cuando se oye "¡bici, bici!" y todos los
peregrinos se apartan a un lado con sus mochilas para dejar paso a los grupos de
ciclistas, ellos dan las gracias, dicen lo de buen camino y se pierden de vista
rápidamente.
El
resto del trayecto ha resultado
bastante penoso, caminando, en las
horas del mediodía, bajo un sol fuerte, sin un sólo bar, ni prácticamente
agua y con todos doloridos en mayor o menor grado, yo sigo con los pies hechos
polvo, con grietas y con el aspecto de los garbanzos cocidos, la cáscara por un
lado y la carne por otro. Las imprudencias se pagan y estamos recibiendo la
factura de la pasada que nos dimos ayer. Si a esto añadimos que
paisajisticamente es de las etapas más feas, es lógico que se nos haga tan
duro. Todo aquí es mucho más seco y despejado. Casi todo el tiempo hemos
caminado o por carretera o muy cerca de ella. Nuestro consuelo del día han sido
los mojones que nos indican que Santiago está, cada metro que pasa,
mas cerca.
Seguimos
encontrando las mismas caras, los gaditanos pidones con su foxterrier, la
madre con sus hijos que encontramos por primera en O’ Cebreiro. Vemos también
como surgen y se deshacen grupos, así el correcaminos (apodado así porque el
día que lo conocimos se había hecho cuarenta Kilómetros del tirón)
ya no va en solitario sino que se acompaña de dos canarias.
Llegamos
al albergue de Airexe, en el que por supuesto no hay camas libres, para coger
una hay que empezar a andar a las cinco de la madrugada y así estar en el lugar
de destino sobre las doce. Mari Paz, quien lo lleva es simpatiquísima y
regordeta, nos ha mandado a la casa de al lado donde por poco dinero se puede
comer y dormir (quinientas pesetas, la
noche), por su parte tiene preparada una sopa para recibir al peregrino, un
tanto aguada pero rica.
Nuestro
dormitorio es un sótano con los ladrillos vivos y medio en obras con un montón de camas, pero nos ha parecido
un hotel de cinco estrellas. En este momento me encuentro en el salón de la
casa esperando cenar, es una mesa larga con mantel de hule y dibujo de flores,
las paredes están pintadas de azul y a mis espaldas hay un mueble provenzal
lleno de horteradas. Por supuesto, como en cualquier hogar que se precie,
la tele está encendida para nadie.
Acaban
de entrar los gaditanos a saludar y de paso han picado un poco de la ensalada,
que está sobre la mesa.
Por
fin me libro de un par de huevos que llevo en la mochila desde cuarenta
kilómetros atrás, Mari Paz me dice que no me preocupe, que ya se los comerá
alguien.
OCTAVA
JORNADA: AIREXE-MELIDE
Se
duerme bien en una cama después de tantos días sin hacerlo.
Anoche
le llevé a los gaditanos lo que me sobró de los espagueti con roquefort, ellos
me invitaron a un cuatro rosas, dicen que a partir de ahora caminarán más
lentos; cuanto antes lleguen antes se les acaban las vacaciones, andan mal de
dinero, y por eso prefieren pedir comida y comprar güisqui (al revés no
funcionaría).
Esta
mañana hemos desayunado, junto a otros peregrinos, unas tostadas con café. María del Mar (mi "Nancy peregrina" -se ríe cuando se lo digo-,
aprovecha cualquier parada para pintarse y alifarse) ha tirado en coche, está
bastante chunga, Antonio ha salido
a todo correr para llegar cuanto antes. Por mi parte he mandado la mochila en el
mismo coche. Aunque el camino es un poco más boscoso sigue sin ser el de
jornadas anteriores. Azucena, "María lamentos" y Antonio,"
Rambito", andan bastante mal hasta tal punto que yo, medio coja, ando más
deprisa. Ahora mismo estoy esperándolos, tomando un cortado, en el restaurante
"Fonteroxan" en Palas de
Rei, llevo aquí más de cinco minutos. Es un pueblo grande y moderno, no me ha
parecido nada del otro mundo, tan sólo un pueblo grande, aunque parece ser que
tiene un castillo bastante espectacular.
Definitivamente
esta es otra etapa de transición, un poco más bonita que la de ayer aunque de
características similares. Hoy hemos entrado en la provincia de La Coruña, hay
bastantes zonas de pinos y eucaliptos, de repoblación, plantados al lado del
camino que se ha construido junto a la carretera, supongo que para evitar
accidentes, pero hasta que no se hagan grandes el sol seguirá dando fuerte,
sobre todo durante el último tramo de la etapa.
De
los pueblos cruzados me ha gustado Leboreilo,
además de por sus casas por la calzada romana y el puentecito, alomado,
que hay a su salida.
La
entrada a Furelos es también impresionante, se hace a través de un puente,
también alomado, con cinco ojos desiguales, que va a dar a una pequeña plaza
en la que hay una ermita.
Me
ha llamado mucho la atención el cementerio "al revés" que hay a los
pocos kilómetros de Eirexe, por al revés quiero decir que los nichos miran al
exterior, directamente a la carretera.
Taxonomizamos
a los peregrinos según su grado de falsedad, en ese sentido están los muy
falsos, tanto que van en coche, los falsos; llevan sus mochilas en coches de
apoyo, y los auténticos que van a caballo, en bici o andando, estos últimos
son los más auténticos.
Poco
después de entrar en la provincia de la Coruña, y mientras caminaba a la par
que dos falsos peregrinos (van sin mochila permanentemente), entre castaños ha
llegado a nuestros oídos un ruido ensordecedor de sapos, mirando a la izquierda
vemos una charca, a la que el sol arranca múltiples destellos,
en la que estos anuros están celebrando una orgía.
Paisajisticamente es el único tramo de la jornada que vale la pena;
con el camino de barro asentado y transitando entre robles y castaños y
con la luz solar incidiendo en la charca.
He
hecho los últimos cinco kilómetros en solitario, casi corriendo, porque el
soletón de macetilla me estaba cociendo el cráneo, con la ayuda de los mojones
me he planteado andar un kilómetro cada diez
minutos , al final he entrado en Melide a las dos y cuarto.
Después
de caminar en silencio o acompañada
del trino de pájaros o de ranas, la ciudad me resulta tremendamente ruidosa.
Antonio, Guti y Azucena han llegado una media hora más tarde, ahora mismo
estamos en el refugio; dos camas para seis personas (habrá que organizarse),
ya hemos comido y estamos esperando a que Antonio y Azucena se acaben de
lavar para irnos a visitar una iglesia del XII. Pese a que nos vamos a acercar
en taxi han preferido quedarse durmiendo, el resto, tras apearnos del taxi,
nos hemos remojado los pies en un río, mañana pasaremos de nuevo por
aquí, el remanso está entre eucaliptos gigantescos, castaños y robles.
De
vuelta a Melide, ahora andando, pasamos
por delante de la ermita, lástima que esté cerrada porque tiene muy buen
aspecto y como todas en esta zona, su cementerio alrededor. compramos algo de
fruta y nos vamos a visitar la plaza del pueblo, y en ella una iglesia de planta
románica con altar barroco y otra más modesta con el emblema de la orden de
malta en el escudo de armas que hay sobre el dintel.
Hoy
nos hemos reencontrado con el del bigotón, el que se peleó con las
mallorquinas, parece que a pesar de sus mosqueos tampoco ha adelantado tanto.
El
chaval que acompañaba al peregrino del Vicks Vaporoub y a una pareja,
se ha desvanecido al llegar al albergue, el experto caminante sabe que estas
etapas no dan demasiado de sí y ha optado por el coche como medio de
transporte, así yo también hago el camino...
NOVENA JORNADA: MELIDE-SANTA IRENE.
Le
pregunto a Antonio que cómo es que el día de Ponferrada fue el primero en
levantarse y el resto de días ha sido tan reacio a madrugar, me cuenta (medio
indignado medio de guasa) que aquello se debió a que la persona que dormía a
su lado no le dejó pegan ojo entre los ronquidos y los pedos a “quemarropa”
que le tiraba y que estaba deseando dejar su compañía.
Por
fin hemos logrado salir a las siete, a punto de acabar el camino se han
convencido de que lo mejor es madrugar un poco.
Los
primeros kilómetros de la etapa son bastante espectaculares, discurren, más
allá de la iglesia románica, entre eucaliptos enormes, pinos y robles,
constantemente cruzamos regatos de aguas límpidas por puentes de losas grandes
e irregulares. El perfil de la
jornada de hoy es irregular, con subidas y bajadas frecuentes que machacan las
piernas. Ahora los árboles predominantes son los eucaliptos y pinos aunque en
el paisaje predomina el verde no
alcanza la exuberancia de las anteriores jornadas. En cuanto a las aldeas están
peor conservadas, destacando un puente
medieval.
En
Arzúa, a mitad de la etapa, María del Mar y yo mandamos las mochilas en taxi
hasta un bar de Salceda, (me estoy
transformando en una auténtica falsa peregrina), el Esquipa, donde vamos a
comer. Optamos por un menú de pulpo
a la gallega de primero, carne con
patatas ,de segundo y de
postre, uno de la casa. El
precio resulta un tanto caro para estas tierras (milseiscientas), pero
cualquiera se pone a buscar otro sitio con este calor y a esta hora, además la
calidad resulta magnífica y lo compensa.
He
llegado con los pies ardiendo, nada más sentarme en el restaurante me he
quitado las botas y al poner los pies en el suelo frío,
el dolor ha sido muy intenso, empiezo a pensar
que la idea del Vicks Vaporub es descabellada,
y que su puesta en práctica
me ha recocido los pies como si de garbanzos en agua se tratase.
Deberíamos
continuar andando hasta Santa Irene pero no sé si los pies me van a responder,
aunque los dueños del bar nos permiten acampar en las inmediaciones, esto está demasiado cerca de la carretera, el sol pega
fuerte y no hay agua para beber o lavarse. Nos encontramos con peregrinos a
caballo, andan pensativos porque no saben si les van a dejar entrar con sus
monturas en Santiago. Sentimos no poder resolver sus dudas.
Al
final hemos optado por seguir.
Detrás
de nosotros caminan dos peregrinos que se ríen compulsivamente, creo que el sol
y el cansancio se está ensañando con su salud mental.
Da
mal fario ver las lápidas de
peregrinos muertos en el camino,
tres en esta etapa. En un hueco encontramos unas zapatillas esculpidas en bronce
con una inscripción dedicada a Guillermo Watt, la gente va depositando flores,
casi todas están secas, y estampitas de santos.
Nuevamente
nos montamos en los treinta kilómetros para llegar al refugio de Santa Irene
que es recogido y está bastante bien acondicionado.
Hoy también siguen predominando los
eucaliptos, aunque hemos atravesado un bosque de robles retorcidos por los años
con el suelo verde de helechos y musgo salpicado de florecillas silvestres que
aportan su nota multicolor. Hay menos agua.
Desayunamos en Lavacolla, desde hace un par de jornadas es imposible
encontrar tostadas, parece una tontería... ¡ pero donde se ponga un trozo de
pan tostado con aceite!.
Buena
parte del camino transcurre junto a la autovía hasta el bar en que
ahora nos encontramos, por cierto, ha
habido un accidente, yo, por suerte, no lo he visto porque caminaba un poco por
delante, pero Guti y Antonio, el legionario, han sido los primeros en llegar,
parece ser que el hombre, joven, no tenía ni fuerza para hablar, María del Mar
lloraba y preguntaba si estaba vivo, no se ha atrevido a acercarse.
A partir de Lavacolla la carretera se empina para desembocar en una recta
infinita, se hace interminable, ya no hay "manolitos" de piedra, que
nos indiquen la distancia, han sido sustituidos por otros de igual forma,
pintados de blanco y con su correspondiente viera.
Me he decorado el pelo con florecillas para celebrar la entrada en Santiago.
Llegamos al monte del Gozo a la una y media, cuatro kilómetros nos separan de
Santiago, que ya se ve desde aquí arriba.
Ayer oí hablar del síndrome del peregrino, parece que la gente que viene desde
muy lejos cuando llega a estas etapas finales decelera, para retrasar la entrada
en Santiago y que el camino no termine.
Por la tarde bajamos a Santiago, es un paseo. En la oficina del peregrino, a
espaldas de la Plaza de Obradoiro, sellamos las credenciales y tras cerciorarse
de que no hemos hecho trampa nos dan la Compostela, no sin antes asegurarse de
que nuestro móvil es espiritual o religioso, a quien dice que es cultural le
dan la bienvenida a la ciudad, nada de compostela.
Les tomo el pelo a Azucena y Antonio diciéndoles que es una pena que hayan
hecho los últimos kilómetros sin mochila, que no vale la pena hacerse falso
peregrino para tan poco trayecto, a ellos no les hace gracia, se pican.
Por la noche subimos en taxi, es raro subir a un automóvil después de tantos
días, este emprende una carrera loca que un poco más y da con nuestros huesos
en un hospital; triste forma de acabar la peregrinación.
DÉCIMA
JORNADA: SANTIAGO-SANTIAGO
A
las doce acudimos a la misa de peregrino, bajando en autobús desde el monte del
Gozo, y a intentar abrazar al apóstol, cruzando la puerta Santa, y el pórtico
de la Gloria. No hemos podido hacer ninguna de las dos cosas por la gran
masificación, colas de hasta cuatro horas.
Santiago
sigue siendo la ciudad monumental que me impresionó años atrás; ya entonces
me encandilaron sus callejas con sopórtales y
sus casas de piedra con ventanas blancas, la inmensidad de la Plaza de
Obradoiro y lo recargado de las plazas adyacentes, los rincones, que al doblar
cualquier esquina te encuentras, las iglesias suntuosas diseminadas por la
ciudad y su gente sencilla y acogedora.
No
obstante me ha decepcionado el
cómo aquí se pierde el espíritu del
camino, y no por los peregrinos, que nos reconocemos y saludamos mutuamente,
sino por lo que de España de pandereta tienen las tradiciones en torno al
apóstol, por la irreverencia y
falta de respeto de la gente, de los turistas nacionales. Durante la misa todo
el mundo habla, comenta en voz alta, se empuja o discute con el vecino por el
espacio, están pendientes de las fotos o máquinas de vídeo. Varios monitores
de televisión (tecnología punta), emiten la misa a la vez. Los chorizos
aprovechan la aglomeración para mangar carteras, la policía hace ronda cono si
estuviesen en mitad de la calle, incluso se avisa por megafonía del peligro...
el colmo de la ordinariez se alcanza cuando arranca el botafumeiro, la multitud lanzan “oes” e incluso
aplaude entusiastamente cuando este alcanza su máxima altura, ¡esto es
espectáculo!. Una vez frena la gente abandona el templo sin la más mínima
consideración hacia quienes comulgan dirigiéndose a los paraguas que enarbolan
monaguillos en las distintas esquinas de la catedral, los de la calle chillan
que qué hacen esos “paragüones”, el tumulto es tal que los oficiantes
llaman la atención de los fieles, los conminan a que guarden silencio hasta el
final.
Ya
no hay peregrinos avanzando solidariamente por caminos verdes,
están orillados, asistiendo atónitos
a un espectáculo que en poco se diferencia del circo. ¡Por fin llegamos
a Santiago para esto!.
Al
final ni he conseguido entrar por la puerta Santa para abrazar al apóstol, ni
subir los cientoventiuno escalones que conducen al Pórtico de la Gloria, para
unir mi cabeza a la de la efigie de Mateo, a ver si me inviste de sabiduría...
tal era la longitud de la cola y tan poco el sentimiento de los que esperaban.
Todo el mundo compra bordones, vieras o calabazas sin ton ni son, sin significado ni sentido , por la plaza d’Obradoiro pululan hombres disfrazados de peregrinos, que se hacen fotos con los turistas... estamos ante el mercadeo y la España negra, mi España cañí.
ONCEABA
JORNADA: EL REGRESO.
Volvemos
a Ponferrada en el autobús de las nueve y media. Pensábamos dormir en el
Pabellón pero lo encontramos cerrado. Continuamos viaje y paramos en un hostal
de carretera. Antonio, María del mar y yo nos quedamos en una habitación,
nos despedimos allí de nuestros compañeros de viaje, ya que tenemos
pensado hacer escala en León y porque
me van a acercar a Granada (pasan a veinte kilómetros antes de desviarse para
Almería) para ahorrarme los trescientos kilómetros de más que tuve que
hacerme a la ida. El resto prefiere el coche para dormir.
Entramos
en León, al día siguiente, la
catedral es impresionante, por lo alto de sus techos pero sobre todo por las
vidrieras, filtran la luz exterior con mil colores. Caminamos por ella con la
boca abierta y la mirada en el techo.
Después nos paseamos por las callejas del barrio húmedo y comemos en un restaurante empiezo a sentir que esto ha llegado a su fin. Me gustaría volver el año que viene o tal vez algún año de estos.