
Rutas por el valle
del Alberche
Al este de la provincia de Ávila, lindando con la de Madrid, el valle del Alberche y la tierra de Pinares configuran una zona en la que una naturaleza especialmente atractiva, la riqueza monumental propia de toda Castilla y el carácter de sus gentes se aúnan para ofrecer al visitante mil agradables posibilidades. Entre las sierras de Paramera, Cuerda de los Polvisos y Malagón, por el norte, y las estribaciones finales de la sierra de Gredos, por el sur, se extienden en un valle hondo y estrecho por el que corre el Alberche y una zona -la más cercana a Madrid- que recibe el aclaratorio nombre de subcomarca de Pinares. Desde Ávila o desde Madrid son múltiples las posibilidades de llegar hasta ella por carretera, e incluso hacia la zona de Pinares se puede llegar por ferrocarril. Son puntos de obligada visita el Alberche, con embalses magníficos, como el del Burguillo; centros históricos de la importancia de los Toros de Guisando, o enclaves naturales, como el Pinar de Hoyocasero; referencias arquitectónicas, como Cebreros o Burgohondo, y tradicionales núcleos de verano, como Las Navas del Marqués. Pero no se trata únicamente de llegar hasta esas metas propuestas y recorrerlas, otros deben ser los objetivos del visitante. Importa aquí tanto el camino como la meta final. Quien así lo entienda podrá disfrutar de una naturaleza acogedora, una buena mesa, sorprendentes encuentros con la arquitectura popular y del contacto con la hospitalaria gente de la zona. Mención especial debe hacerse de los ricos y recios caldos de la zona de Cebreros (también de El Tiemblo y El Barraco). Vinos de mucho cuerpo y alta graduación, que adquieren todo su valor cuando acompañan a las carnes y asados característicos de Avila. Y ya que de gastronomía tratamos, obligado es dar algunas pistas. Son justamente famosas por su magistral sencillez las patatas revolconas, puede encontrarse buena caza y bien guisada (conejo y perdiz), el capítulo de asados basa su prestigio en la alta calidad de los corderos y cabritos que produce los pastos de estas tierras, y los embutidos de Pinares son de reconocido prestigio. No olviden que las carnes son de Avila y atrévanse con chuletones, solomillos, filetes y lo que sea preciso. Especialmente en las ventas que jalonan el curso alto del Alberche deben buscarse en temporada las truchas de río, que son a las de piscifactoría como el pollo de granja es a los pollos industriales. Como final se puede optar por una confitería popular, en la que destacan las roscas del Barraco, retorcías y sequillos, o por la rica fruta de la zona de la baja vega (Burgohondo, Navaluenga, Navalmoral y Navarredondilla), y especialmente los melocotones de Burgohondo. Para que tanta comida no nos pese durante el recorrido, las muchas fiestas que los pueblos conocen son ejercicio recomendable. Entre ellas y las de otras épocas del año destacan por sabor las siguientes:
§ Romería al Valladal, en la Semana Grande de Las Navas del Marqués (13 al 20 de agosto), con carrozas y caballerías engalanadas.
§ Luminarias de San Bartolomé de Pinares. El 17 de enero y en honor de San Antón, el pueblo se ilumina con hogueras, sobre las que saltan los jinetes y en las que se asan las chuletas y sardinas de las fiestas.
§ Carnavales de Cebreros. Pervivieron durante años como «Fiestas de Invierno», manteniendo viva una tradición en la que se mezclan hoy los encierros, carrozas, las comparsas y el rondón, y el famoso vino de la tierra.
§ La vaquilla de San Sebastián en Burgohondo (20 de enero). Son los quintos quienes, persiguiendo a los vecinos con una cabeza de toro de madera, mantienen viva dicha tradición.
ZONA DE PINARES
En ferrocarril, con paradas en
Las Navas, Navalperal y la Cañada, o en automóvil, por la
carretera de Ávila-Madrid, por El Escorial, puede llegarse
fácilmente a esta zona, caracterizada -¡quién lo diría!- por
la profusión de pinares. Desviarse hacia Peguerinos y admirar su
increíble paisaje es muy recomendable. Las Navas del Marqués,
que desde el pasado siglo y gracias al tren es enclave turístico
de importaricia, tiene en su caserío las magníficas residencias
que durante años levantó el turismo estable que aquí se
asentó y que hoy son un conjunto de chalets de agradable vista,
estando entre ellos algunos de los mejores ejemplos que la
arquitectura de la primera mitad del siglo dejó en Ávila.
Además, la gran arquitectura monumental tiene en su término
-entre otros- un castillo y un convento sumamente interesantes. A
Pedro Dávila y Zúñiga, el primer marqués de las Navas, debe
el pueblo el cambio de su nombre (anteriormente era Las Navas de
Pinares) y la construcción del castillo de Magalia. Este nombre
se debe a la lápida con la inscripción «MAGALIA QUONDAM»
(«mercado en otro tiempo») que aparece bajo un balcón del
palacio. De planta cuadrada y muy reformado hacia 1950, cuando se
instaló aquí un albergue, tiene torres en los ángulos -una
avanzada-, un inmenso torreón circular y un patio de muy
elegante traza. Allí fundó en 1547 el convento de domínicos de
San Pablo, que a lo largo de los últimos ciento cincuenta años
ha conocido la misma historia de abandono y ruina que miles de
monumentos españoles. Hoy sólo quedan en pie los muros de caja
de la iglesia y las bóvedas de su cabecera, pero este resto es
colosal ejemplar de nuestra historia arquitectónica. Tiene,
además, Las Navas una Iglesia parroquial del XVI y una ermita
del Cristo, pero -dejándoles a un lado- más interesante es
acercarse hasta la Ciudad Ducal, una urbanización de lujo
construida por la Unión Resinera en un gran pinar, en la que nos
sorprenderá una torre atalaya de hierro fundido construida por
Eiffel. Desde Las Navas, la carretera nos lleva hacia San
Bartolomé de Pinares, por Navalperal y la Cañada (en el primero
se puede entrar, ver una iglesia con buena cabecera gótica y
hacer un alto en algún bar en busca de los famosos embutidos de
la zona). Cerca está el Herradón, con buena iglesia y buen
retablo, y ya en San Bartolomé, la iglesia tiene una bella
cabecera y una portada aislada, orlada de bolas, semejante a la
que veremos en la iglesia vieja de Cebreros. Desde allí se puede
seguir por tierra de Pinares hacia El Hoyo o saltar directamente
hacia Cebreros y toda la zona del Alberche.
EL VALLE DEL ALBERCHE: EL TIEMBLO, CEBREROS, EL BARRACO
Desde
Pinares, como ya se ha dicho, desde Ávila por el Barraco, desde
Gredos o desde Madrid puede y debe el viajero acercarse hasta la
zona. Si ascendemos por el curso del río Alberche, nada más
entrar en la provincia nos encontraremos con el conjunto de los
Toros de Guisando. Allí fue donde, en 1468, Enrique de
Trastámara aceptó como reina de Castilla a Isabel la Católica.
Y allí están los famosos toros y el monasterio de Jerónimos.
En un cercado, al pie del cerro, tres grandes toros de granito y
uno más roto y caído son de los mejores exponentes de este tipo
de esculturas zoomorfas, tan abundantes en Ávila. El monasterio
de Jerónimos, que a media altura del cerro cercano se levantó
en 1375, es hoy, tras abandonos e incendios, una ruina romántica
y venerable. Un buen pórtico, tres lados de un claustro y otro
claustro más, reconstruido rodeando un estanque y una
impresionante iglesia, son los magníficos restos que el siglo
XVI dejó en estas tierras. Está el Cerro de Guisando en el
término de El Tiemblo, pueblo en el que debe verse la parroquia
del XVI y la ermita de San Antonio, que es del XVIII, como el
Ayuntamiento. Desde el Tiemblo, o incluso tomando antes un
desvío por Valsordo, puede llegarse hasta Cebreros. Si se opta
por el camino de Valsordo podremos ver una ermita que es centro
de las devociones de la comarca y un valioso puente en el que una
extensa inscripción habla de las fiscalidades de otras épocas y
quedan -cerca- restos de una calzada medieval. Ya en Cebreros, y
sin olvidar que estamos en tierras de buen vino, y si la hora es
adecuada comprobarlo, deben visitarse sus dos iglesias y pasear
sus calles buscando la picota y admirando la fina cerámica del
lugar. En lo alto del pueblo, arruinada, la vieja iglesia -de
recio gótico- muestra la cabecera poligonal, los muros de caja
en los que se abre una puerta similar a la de San Bartolomé de
Pinares y una torre con bóvedas interesantes. Este templo, del
XIV y del XV, quedó muy a trasmano a los habitantes de Cebreros,
y por ello los canónigos abulenses consintieron que en la
segunda mitad del XVI, con trazas de Covarrubias, si es que no
son posteriores, se levantase la iglesia parroquial en la que J.
Leonardo pintó un buen retablo. No es, pues, el templo de
Herrera, como se ha dicho y escrito, pero esto poco importa, ya
que por su diseño y ejecución es de lo mejor que veremos. Cerca
de Cebreros, junto al Centro de Seguimiento Espacial, el Quexigal
es una gran granja y casa de campo que fue de los Jerónimos y
abasteció a El Escorial, y que espera un noble destino.
Deshaciendo el camino en parte se llega hasta el Barraco, villa
en la que los trabajos del cuero, las muy buenas chuletillas
regadas con buen vino y una gran iglesia son atractivos a tener
en cuenta. El templo, construido hacia 1500, tiene un buen
retablo, en el que trabajaron Salamanca, Giraldo y Villoldo. En
el camino, entre El Tiemblo y El Barraco, habremos dejado, y
siempre podremos volver a él, el pantano de El Burguillo, lugar
para el descanso y/o para los deportes náuticos.
HACIA BURGOHONDO
Desde El Barraco se puede marchar hacia el Alberche, hacia su curso alto, y allí, desde Hoyocasero, comenzar una excursión bajando paralelamente al río y recorriendo alternativamente el río o los frutales, deteniéndose en parajes tranquilos y deliciosos, visitando pequeños pueblos en los que el granito levanta una sencillísima y muy valiosa arquitectura popular o buscando el bullicio de las fiestas en los núcleos mayores. En el camino dejaremos lugares como Navalmoral, con su iglesia del XVI, o San Juan del Molinillo y Navarrevisca y Serranillos, que bien merecen desvío y parada, y mesa y vino. Cerca de Hoyocasero, camino de Gredos, una serie de antiguas y nobles ventas de bellos y populares nombres ofrecen también mesa apropiada para reponer fuerzas. En Hoyocasero, donde encontraremos un templo del XV y XVI, de pequeñas dimensiones -como todos los que dependieron de la abadía de Burgohondo-, más que el templo interesa el pinar, auténtico museo visitado por botánicos y naturalistas de allende nuestras fronteras, que allí admiran pinos de más de quinientos años que no se renuevan y especies que no encuentran en otros puntos del Sistema Central. Por Navalosa y Navatalgordo se llega hasta Burgohondo. Su valle y toda la comarca dependieron de la colegiata abadía de la Orden de San Agustín, que fue suprimida en 1795 y de la que sólo queda el templo, convertido en parroquia. Esta iglesia, que se alza junto a los restos de un claustro del XVI y tiene fuerte torre, es fechable hacia el 1200 y bien sorprendente. En el redondo ábside de su capilla mayor aparecen verdugadas de ladrillo, en sus armaduras se aprecian signos de un claro mudejarismo y en las pinturas que tras el retablo mayor han aparecido está también presente el mudéjar. Desde Burgohondo, cabecera de la comarca, hasta Navaluenga, que acoge las segundas residencias de muchísimos visitantes, el Alberche, algunas pequeñas gargantas, puentecillos y siempre unas magníficas vistas nos irán recordando la lección recibida en nuestro recorrido. Al final, y si tiempo queda, el valle de Iruelas, al sur del Burguillo, puede ser la última ocasión para sentirse solo en una naturaleza acogedora y tomar fuerzas para volver cada cual a sus afanes (valga una última recomendación: Las Cruceras, un poblado de resineros, es hoy una atractiva y remozada oferta de turismo rural).
____________________________________________________________