Historia de Mortera

Las noticias más antiguas que tenemos de Mortera están distribuídas abundantemente por el monte Picota, en forma de yacimientos de sílex sobre los que, a lo largo de milenios, personas que vivieron aquí hace muchas decenas de miles de años seleccionaban y preparaban las lascas que utilizarían luego como herramientas. Ya entonces, ésta era, sin duda, una buena zona: estaba protegida de las durezas del clima y a la vez cercana a la costa y a la ría del Pas, inmejorables fuentes de alimento.

Más tarde, en la Edad de Bronce, parece que algunas cuevas fueron usadas como lugar de enterramiento, según las costumbres de aquella época.

Pero aún hay más pasado en Mortera. Ante el movimiento de tierras para la construcción de viviendas cerca del cementerio, la asociación Mortera Verde remitió este otoño a la Consejería de Cultura un informe que avisaba de la existencia de un antiguo monasterio en aquel lugar. La prueba principal la constituía un documento del año 816 en que el Conde Gundesindo donaba una cantidad de dinero al citado monasterio.

Tiempos oscuros, aquellos, difíciles de imaginar. Se sabe que entonces Cantabria se resistía a la cristianización, y estos establecimientos de monjes hacían de focos de cultura y asentamiento de poblaciones en un entorno ya densamente poblado, como lo demuestran las cerámicas pintadas altomedievales aparecidas en la Picota junto a una hermosa hacha de combate de hierro, datada en el siglo VI.

Podemos viajar más adelante en el tiempo. En la baja Edad Media, los gallardetes de la casa de la Vega ondeaban desde el castillo de Velasco, situado en algún lugar del monte Picota para proteger la costa y el curso bajo del Pas, seguramente navegable.

Y nos remontamos a la época de Napoleón, hasta aquellos días en que sus generales multaban a los campesinos de Mortera y Liencres por negligencia a sus deberes de vigilancia de la costa desde las garitas situadas en el monte. El siguiente hito en la historia de Mortera es el nacimieto, en el siglo pasado, de un pobre tejero que acuciado por la miseria emigró a América para convertirse en uno de los personajes más importantes de la España de entonces, recompensado por su colaboración en la Guerra de Cuba con el título de Conde de Mortera.

De los condes, que emparentaron con la más rancia nobleza y tuvieron residencia en Mortera a lo largo de varias generaciones, sólo quedan buenos recuerdos. Y además obras como La Casona, el cementerio, la iglesia y las antiguas escuelas, casi las únicas señas de identidad de este pueblo.

Y entramos en nuestro siglo. De la guerra civil queda una formidable estructura de bunkers y trincheras que nunca llegó a utilizarse. ¿Y desde entonces? Tal vez el suceso más trascendente sea la llegada masiva, en los últimos años, de una verdadera invasión de vecinos y construcciones, una atropellada sucesión de cambios que está amenazando con destruir la tranquilidad y la belleza de este lugar que, como hemos visto, ha sido habitado ininterrumpidamente desde un tiempo al que la memoria no llega. Por algo habrá sido así. Y es nuestra responsabilidad evitar que esta tradición de cien mil años se rompa ahora. De nosotros depende.