Hace unos días daba un paseo por esta Capital, Villa y Corte desconocida para la mayor parte de los que se llaman madrileños... O nos llamamos aunque yo sea nacido en San Sebastián y me sienta donostiarra por los cuatro costados pero con una dosis tan grande de madrileñismo -para algo he vivido aquí por lo menos la mitad mi vida- que a veces me pregunto si lo que soy no es un madrileño un tanto renegado que echa de menos la utopía de su pueblo, siente admiración por Cataluña y se considera un reencarnado de alma africana, negra como el carbón.
Paseaba por los alrededores de la Plaza de La Luna detrás de la Gran Vía, por la antigua calle de La Ballesta, decadente dentro de su eterno deterioro desde que la conocí en mis tiempos de estudiante, y otras de aquel barrio. Sigue habiendo prostitutas, pero más viejas y muchos inmigrantes que entonces no había, pero el inri es que, aquí, parecen estar los menos afortunados buscando alguna salida a sus males con miradas que me hacían sentirme un tanto vigilado.
Desemboqué en la Corredera Baja de San Pablo y vi una cola de mendicantes esperando y recogiendo las bolsas de comida que les daban en un centro de beneficencia: Familias enteras con sus hijos pequeños; mujeres y hombres vestidos con sus ropas de paseo para que no pareciera que eran pordioseros pero con tanta hambre que se lanzaban a comer sus raciones sin esperar a llegar a sus casas.
El mundo que llamamos civilizado no es menos duro que el que llamamos subdesarrollado. De vez en cuando pienso que nos hacen ver todo lo que pasa en esas tierras de Dios para que no sepamos lo que ocurre a dos pasos de donde pasamos todos los días...
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