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Nuestra adopción

 

 

 

 

           

 

La historia de nuestra adopción comienza durante el verano de 1999. En aquel momento, aunque ya alguna vez habíamos hablado acerca de la posibilidad de la adopción, fue cuando de verdad nos planteamos el tema seriamente.

 

Estuvimos recabando información, tanto de la Junta de Castilla y León (comunidad autónoma en la que residimos), como de las ECAI (Entidades Colaboradoras para Adopción Internacional) acreditadas por la Junta en nuestra comunidad. Así mismo, estuvimos analizando los diferentes países en los que se podía realizar una adopción internacional desde aquí.

 

En septiembre,  y ya tomada la decisión de realizar nuestra adopción en Rumania, vamos a la Junta de Castilla y León a presentar la solicitud. Cuál es nuestra sorpresa, cuando el funcionario que nos atendió, nos dice que en Rumania ni se nos ocurra intentarlo, que está habiendo muchísimos problemas, que sólo asignan niños a los países que inviertan grandes sumas en la economía de su país, y que desde aquí eso se considera como vender a los niños, etc. (Por favor, si estás en proceso de adopción en Rumania o te lo estas planteando, pincha aquí)

 

Pues bien, esto nos dejó tan descolocados que paralizamos el tema. Estuvimos sopesando la posibilidad de ir a La India, ya que en ese medio tiempo conocimos a dos parejas que tenían niñas indias adoptadas, también empezamos a barajar la posibilidad de ir a China. Nos lo volvimos a pensar, repensar y requetepensar, y no acabábamos de decidirnos.

 

Así hasta que, un día, buscando por Internet me encontré con la página Web de AFAC. En ella estuvimos viendo datos acerca de la adopción en China, fotos de los niños / as, etc. Así mismo, desde allí tuvimos la posibilidad de ponernos en contacto con ANDENI Castilla y León y con su presidente, Ángel. Pero a todo esto, se nos había pasado todo el otoño, el invierno y la primavera. Estábamos en julio de 2000.

 

Estuvimos un domingo en Salamanca para ver a Ángel, comentar el tema, conocer gente que hubiera adoptado en China antes que nosotros, en resumen, para acabar de decidirnos por completo.

 

Por fin, el 24 de julio de 2000 presentamos en la Junta de Castilla y León la solicitud de adopción internacional para China.

 

 

Poco después, el día 31, nos llamaron del colegio de asistentes sociales en Valladolid, para concertar las fechas de las entrevistas con psicólogo y asistente social. Éstas se desarrollaron entre el día 11 y el 14 de agosto. Al finalizar las mismas, y dado que ya nos habían informado de que la valoración iba a ser positiva, comenzamos con la tramitación de toda la documentación necesaria.

 

Por fin, y después de mucho ajetreo (pide papel, legalízalo en un sitio, en otro ...) el día 11 de diciembre de 2000, recibimos la comunicación de nuestra IDONEIDAD. Ese mismo día, sin esperar a más, corrimos a la Junta de Castilla y León a presentar el expediente. Nos lo recogieron y nos indicaron que ellos mismos lo enviaban a Valladolid (creo que he olvidado comentar que nosotros vivimos en León). Desde allí, lo enviaron al Ministerio de Asuntos Sociales en Madrid. Éste a su vez, y una vez legalizado el informe psico-social y el certificado de idoneidad, lo envió, vía valija diplomática, a la embajada española en Pekín el día 17 de enero.

 

 El 19 lo recibió la embajada y lo presentó en el CCAA (China Centre for Adoption Affairs), el órgano de la administración china encargado de las adopciones, el 22 de enero de 2001. Al día siguiente, el 23, llamamos a la embajada para que nos confirmaran la fecha de entrada y el número de expediente. Los nervios estaban en tensión: al fin íbamos a conocer ese número mágico que nos permitiría ir siguiendo la evolución de las asignaciones y ver cómo, poquito a poco, pasito  a paso, se acercaba el momento de reunirnos con ....

 

 

 

 

Y ese mágico número es el

1170

 

 

Por fin y tras casi 14 largos meses de espera, el día 8 de marzo de 2002, recibimos la tan esperada llamada telefónica de la Junta de Castilla y León. El mensaje en el contestador era escueto pero abarcaba en muy pocas palabras muchos sentimientos e ilusiones. “Les llamamos para comunicarles que ya tienen la pre-asignación de la niña china”.  ¡Qué corto! ¡Pero qué intenso! ¡Cuanta ilusión en menos de quince palabras! Ese día era viernes. Tuvimos que esperar todo un larguísimo fin de semana (os aseguro que ese fin de semana tuvo bastantes más de 48 horas) para conocer los datos de nuestra hija.

 

El lunes, día 11 de marzo, a las ocho en punto de la mañana comenzaron las llamadas a la Junta de Castilla y León para tratar de saber algo más. ¿De dónde era? ¿Qué edad tenía? ¿Cómo estaba de salud? A las ocho y veinte conseguimos hablar con la persona apropiada. Nuestra hija se llamaba Lian Shui Ping, había nacido en la provincia de Guangdong el día 12 de enero de 2001. Su estado de salud era bueno. Nos indicaron que en un plazo aproximado de diez días, estarían en Valladolid los originales de la asignación para que pasáramos a firmarlos aceptándola.

 

Pocas horas después el BLAS (Brigde of Love Adoption Services, una entidad existente en China que se encarga de servicios adicionales a la adopción) nos enviaría un correo electrónico con los datos de la asignación. Era el momento de conocer, por fin, el rostro de nuestra hija. Y al fin, podemos presentaros a nuestra querida hija Lian Shui Ping que llevará el nombre español de Marta Shui.

 

 

 

 

También nos enviaban un informe médico, y nos indicaban que recabarían más datos de la niña y en unos días nos los comunicarían. Muy graciosa es una frase que figuraba en el documento, que decía literalmente: “¡Felicidades!, la niña es muy bonita y sana”.

 

Esa misma mañana la Junta de Castilla y León nos remitió por fax una copia del original de resolución del Centro Chino de adopciones por la que se nos asignaba a Marta.

           

A partir de aquí comienza el nerviosismo de la preparación del viaje, la solicitud de los visados, los contactos con BLAS y la Agencia de la Mujer (otro organismo que también presta servicios a los adoptantes) para buscar hoteles, desplazamientos internos a la provincia de Guangdong, las compras de ropa y otros enseres para la niña tanto para el viaje como para cuando al fin esté en casa.

 

Tras un larguísimo mes (os aseguro que tuvo más de treinta días y cada día más de veinticuatro horas), y después de que algunos compañeros del grupo (quiero aprovechar este momento para daros las GRACIAS a todos los que tan bien os encargasteis de la organización del viaje) se encargaran de los billetes de avión y de contratar los servicios de la Agencia de la Mujer, el jueves 11 de abril partimos hacia Madrid. Hicimos noche allí y, al día siguiente, nos encaminábamos al aeropuerto de Barajas. Nos encontramos allí a parte de los que serían nuestros compañeros de viaje: Julia, Itu y Ana, Ángel y Ruth y Dioni y Yolanda. El resto del grupo se uniría a nosotros en Frankfurt, ya que venían de diferentes aeropuertos: Joan y Montse, Goyo y Emi, Asier e Irene, Nacho y Gabri, Nacho y Cristina. Únicamente nos faltaba Arantxa, que se incorporaría al día siguiente. Pocas horas después, volábamos rumbo a Pekín.

 

El vuelo Frankfurt – Pekín parecía eterno. Es difícil explicar lo que suponen ocho horas y media de avión a quién desearía poder llegar a destino en décimas de segundo. Por fin, tomamos tierra en el aeropuerto de Pekín. Presentamos toda nuestra documentación para entrar en el país y poco después conocíamos a quien sería nuestro guía: Oscar Dai. Tras recoger nuestros equipajes y tomar un rápido refrigerio para recuperar un poquito las fuerzas, nuevamente facturamos nuestros equipajes en dirección a Guangzhou (antes Cantón) donde al fin podríamos reunirnos con nuestras “peques”. Llegamos tres horas más tarde a la capital de la provincia. Nos fuimos al hotel, a descansar y recuperar fuerzas, ya que era sábado por la tarde, y hasta el lunes no podríamos recoger a las niñas. El domingo lo dedicamos a reponernos del viaje y a conocer un templo de Cantón y un poco los alrededores del hotel, aunque la sensación generalizada era de nerviosismo por lo que nos esperaba al día siguiente.

 

Por fin, el lunes (15 de abril de 2002) por la mañana llegó el gran día. Nos levantamos pronto, ya que a las nueve de la mañana teníamos que estar en el Registro, donde al fin podríamos abrazar a nuestra querida Marta. Los nervios estaban alteradísimos. Tras casi dos años desde que presentamos la solicitud, tras casi quince meses desde que nuestro expediente llegara al CCAA, tras casi mes y medio de la asignación y de conocer su carita, ¡al fin había llegado el gran día!. ¡Por fin podríamos ver de cerca y estrechar entre nuestros brazos a esa “pequeñaja” que desde hacía tanto tiempo sólo podíamos estrechar en nuestra mente y nuestro corazón!

 

Llegamos al Registro y al entrar vimos a una chica con una niña en brazos. ¿Será alguna de ellas? Nos hicieron pasar a una sala en  la que empezaron a repartirnos los originales de la invitación para viajar (la había recogido la Agencia de la Mujer). En ese momento, sucedió algo que me puso al borde de un infarto. De las 11 familias que habíamos viajado no había más que nueve invitaciones. Una de las que faltaba era la nuestra. La otra la de Joan y Montse. ¿Qué ocurre? Hablamos con Oscar. Se fue a investigar que ocurría. Mis nervios estaban en tal situación que no soy capaz de recordar ni tan siquiera lo que pasaba a mi alrededor ni por mi cabeza. Unos eternos minutos después, apareció Oscar por la puerta. Joan y yo nos abalanzamos sobre él. ¿Qué ocurre? ¿Están nuestras invitaciones? Oscar nos las enseñó: aquí están. Al parecer, las aceptaciones habían llegado un poquito más tarde que las demás y pensaban que no íbamos a viajar con el resto del grupo. ¡Qué susto!

 

A partir de este punto, nos mandaron separarnos. Nos dijeron que en aquella sala nos quedáramos únicamente un miembro de cada familia para rellenar una serie de papeles. A los otros les mandaron esperar en otra sala. Por nuestra parte, me quedé yo (Juan Carlos) a rellenar los papeles, mientras María José salía a la otra sala. Los que nos quedamos comenzamos a rellenar los documentos necesarios para formalizar la adopción en el registro. Oscar (y aquí quiero aprovechar para darle a él también mis más sinceras gracias y felicitaciones) se quedó con nosotros para ayudarnos a completarlos y he de decir que se revisó uno por uno cada uno de los documentos de cada una de las once familias (¡bien! por tu profesionalidad, Oscar).

 

Los que se quedaron esperando en la otra sala, comenzaron a oír ruido de niños. ¡Qué nervios! ¿Serían las nuestras? Se asomaron a otra sala y ¡SÍ! allí estaban. Cada una de las niñas estaba con una cuidadora. Estaban tan cambiadas (las fotos que recibimos eran de noviembre y estábamos en abril) y era tal el nerviosismo, que se hacía difícil identificar quién era quién. ¿Cuál de ellas era Marta? Por fin llegó el momento de que nos las entregaran.

 

Y aquí, quisiera desmitificar esa imagen, un tanto romántica, que todos tenemos del encuentro con nuestras hijas. La niña estaba asustada. “¿Quién son estos dos extraños, con esa cara tan rara, esa nariz tan grande, que hablan tan raro y que me cogen en brazos, me achuchan de esta manera y me separan de mi cuidadora? ¿adónde me llevan? ¿por qué se marcha mi cuidadora? ¿por qué me deja sola con ellos?” Algo similar a esto supongo que pasaba por la cabecita de Marta en el momento de la entrega. El llanto era inconsolable. La niña le tendía los brazos a la cuidadora. No quería ni mirarnos a la cara. Hacía un calor horroroso en aquel registro, y no había forma de que bebiera agua. No quería nada de nosotros. Lo más que conseguimos fue tenerla en brazos con la cabeza apoyada en el hombro y mirando hacia atrás. En cuanto intentábamos cambiarla de posición, los gritos eran tales que inmediatamente la devolvíamos a la postura original.

 

Aún nos quedaban cosas por hacer en el Registro. Entrevista con el notario, fotos para la inscripción de la adopción, firma de los papeles, entrega del donativo al director del orfanato. Nos entregaron una serie de fotos del orfanato y de la niña con las cuidadoras, y le regalaron un Buda para que la acompañara y le diera buena suerte en su nueva vida.

 

Por fin, tras casi toda la mañana allí, abandonamos el registro con las niñas. Marta continuaba inconsolable. Tenía miedo a lo que se le venía encima. No nos miraba, no quiso comer, no quiso beber. Por la tarde, tuvimos que ir a hacerle fotos para el pasaporte. ¡Os podéis hacer una idea de lo que fue aquello! No quería colocarse, no paraba de llorar. Al fin  logramos hacérselas, aunque quedó con el rostro totalmente lloroso, los ojos irritados, o sea, un poema. Fuimos a la comisaría a solicitar su pasaporte, y allí sucedió algo que nos encogió el alma. Marta lloraba en silencio. Sin ruido le caían unas enormes lágrimas por su carita.

 

Cuando terminó todo, nos fuimos al hotel a descansar, ya que el día había sido agotador. Por la noche, conseguimos que Marta cenara un poco y se quedó dormida, creo que del agotamiento.

Al día siguiente (teníamos que esperar cuatro días para que estuvieran listos los papeles de la adopción y los pasaportes de las “peques”) nos llevaron a hacer algo de turismo. Marta continuaba muy seria, pero al menos ya no lloraba. Nos miraba con una mezcla de curiosidad, miedo y rencor. En el autobús empezamos a notar que golpeaba con su manita en el cristal. Comenzamos a seguirle el juego. En un principio se quedó quieta. Volvió a golpear, y nosotros también. Nos miró con curiosidad y continuó con el juego. Parecía que poco a poco nos iba perdiendo el miedo. Ya por la noche, en el hotel, conseguimos arrancarle su primera carcajada. La cosa comenzó porque al tenerla en brazos la levantamos hacia arriba, y esto le hizo gracia. Se sonrió. La volvimos a bajar y nuevamente a subir, sonrió más abiertamente. Continuamos con el juego, hasta que en una de esas, soltó una enorme carcajada, que a nosotros nos entró hasta lo más profundo del alma. Después de lo que habíamos pasado el día anterior, parecía increíble aquel cambio en tan sólo veinticuatro horas.

 

A partir de ese momento, y hasta que nos marchamos a Beijing (Pekín) a la semana siguiente, Marta fue poco a poco acostumbrándose a nosotros. Ya comía sin problemas, dormía bien, y empezaba a conocernos,  a jugar y a sentirse tranquila. Es más, ahora no permitía que la cogiera o tocara nadie más. Ya jugaba con nosotros, e incluso se permitía algún que otro juego con las otras niñas. Aún así, los momentos en que más tranquila y segura se la veía era cuando estábamos los tres sólos en la habitación del hotel. Parecía que no se acabara de fiar de que se iba a quedar definitivamente con aquellos dos “narizotas” con los que tan a gusto estaba. Lo que aún no habíamos conseguido es que arrancara a andar. En el informe que nos habían enviado, decía que sabía andar. Es más, aunque en un principio dudamos que supiera, después dedujimos que sí. Cuando la tenías en brazos y, si que ella se diera cuenta le apoyabas los pies, se quedaba de pie, pero tan pronto se daba cuenta, echaba el culo al suelo como si no supiera mantenerse. Esto nos hizo sospechar que sabía andar, aunque no quería soltarse por miedo.

 

Hicimos abundante turismo por Guangzhou, hasta que el sábado siguiente nos marchamos rumbo a Pekín. Allí nos esperaba la parte española de la tramitación: inscripción en el Registro Civil Consular de la embajada, solicitud de visado de entrada en España.

 

Volamos hacia Pekín el sábado hacia el mediodía. En el avión Marta ya era ella misma. Me tocó viajar entre María José e Irene con ella en brazos. Cuando llegó el momento de la comida, yo no pedí nada porque ya suponía que me iba a resultar imposible comer con ella allí. Lo que no podía suponer era que iba a tratar de echar mano simultáneamente a los platos que había a ambos lados. Era como si tuviera cuatro brazos en lugar de dos.

 

 

(Continuará .........)

 

 

 

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