Diego Garrido está en la línea de los grandes maestros, pero que esto sea dicho con todas las de la ley, es decir, proclamando que tanto el dominio de los elementos, como el de las líneas básicas del Arte, así como eso otro más difícil que es saber conjugar la imaginación y el ímpetu creador, hasta dar con la obra, siempre maestra, de lo que es el Arte por encima de todas las cosas.

Diego Garrido es un artista sin trampa ni cartón, creador con todas las hechuras sin que en ningún momento fe asistan concesiones a lo fácil. Al contrario: se muestra a pecho descubierto por todo el largo repertorio de las dificultades y sale airoso, tremendamente airoso, con todas las evidencias de que nos hallamos ante un maestro de lo real, dentro de ese todavía menos equívoco que es la forma del realismo.

Diario de Burgos A. S.

Esta es una escultura que no podría ser otra cosa. No sé si me explico. En las artes hay un contagio frecuente que le hace ser literaria a la pintura o le hace ser a la escultura musical. Pocas veces un arte, y este es el caso, se supedita a sus propias leyes específicas, se ensimisma como si bucease para ir en busca de su profundidad y no de su expansión. Diego Garrido es un escultor sin vuelta de hoja, es decir, sin contagios. Sus figuras de insobornable realismo buscan su belleza en el aplomo, en la gracia sólida de ocupar su lugar en el espacio, en el fiel modelado del volumen, siempre un desnudo de mujer, que Garrido resuelve en curvas, sin aristas, para que la forma se deje acariciar convidándonos a pasarle la mano por encima. Para eso sus temas son amables, torsos femeninos y escorzos infantiles. Si a veces una forma quiere desperezarse de su aplomo para ir en busca de la espiral, el escultor la detiene para que viva dentro de la ley de las «armonías sólidas» que es una de las leyes válidas para el fundamento de la escultura.
De toda su labor, muy a las claras siempre y muy sujeta al canon de la belleza robusta, cabe destacar el singular encanto de unas figuras infantiles que evocan la gracia italianizante de Salzillo, el imaginero murciano que supo hallar en lo divino la más humana imagen de la" belleza. Diego Garrido es un escultor de contextura y no de aventura, un escultor que no delira ni desdeña las reglas del oficio para darle armonías felices a la densidad de la materia.

Pueblo M. GARCIA VIÑOLA

Si -como en los casos de García-Ochoa y Grau Sala- es una fruición corroborar toda suerte de admiraciones hay otros casos en que la fruición consiste en descubrir, como en éste de Diego Garrido (Almendralejo, 1941), indudable escultor de entronque clásico (Clará puede rastrearse en muchas de sus obras) y de un familiar naturalismo que se estiliza de acuerdo con la expresión. Un modelado muy sensible alza estos desnudos y los instala en su espacio.

ABC – A. M. Campoy

Diego Garrido crea una escultura muda; no son nada elocuentes sus personajes, arrollan a las personas sus densas emanaciones de silencio; no sólo a las personas, sino a la estancia en que moran efímeramente y también a la eterna luz y al sempiterno aire. Es más: al mismo Diego, que cuando no está con sus amantes de piedra, bronce, madera, poliéster o alabastro, es un inagotable conversador. A veces podemos pensar que esa escultura que presenciamos como de Diego Garrido no es del Diego Garrido que es hoy, sino del que fue hace mil años o millones, si es que admitimos la teoría de la reencarnación: esto podría ser una explicación del aura de madurez, de tiempo bien aprovechado que nos da cuenta la obra del joven escultor.

Amador Palacios


Nació en 1941 en Almendralejo (Badajoz), es, por tanto, un hombre joven, pero ya, de eso no cabe la menor duda, un buen artista escultor. Y no precisamente porque desde 1957 hasta 1974 haya obtenido muchos premios nacionales; si, en razón de que haya merecido el figurar en el Anuario del Arte Español 1973, de uno de los mejores glosadores y críticos de arte en nuestro país, el de José Castro Arines; pero, sobre todo, y desde luego, porque ahí está su obra -actualmente parte de ella expuesta en una galería madrileña del señero barrio de Salamanca-, obra consistente, con continente y contenido, obra de valor y con la garra de ser arte destinado a ser fundamentalmente eso, precisamente arte.
Los bronces, 17, se ocupan del cuerpo humano, sus movimientos, la expresión de sus conscientes sentimientos y el testimonio de aquéllas que son, y según los estados de ánimo, las subconscientes actitudes. Todo es artísticamente expresado; realizado materialmente en cada obra, con rigor de técnica, con soltura en la composición de forma/volumen y con afán de encuentro con un bien definido ideal de belleza.

Gaceta del Arte


Sus desnudos femeninos guardan esa exacta simetría de la mujer extremeña, que se estiliza como los trigos sin perder nunca la soberbia hechura. Sus niños, arcángeles del sol, sobre la piedra, tienen un aire de sueños vagos, de pequeñas soledades. Sus cabezas poseen la fuerza de Extremadura (...).
Diego Garrido ha trazado el poema de la sensibilidad, la gracia de la familia extremeña ensalzando la magnitud de las tierras germinadoras (...).
Diego Garrido, descubierto entre admiraciones por A. M. Campoy, se encuentra ya ardiendo en esa zarza de los triunfos. Aunque él no le de importancia. Aunque él diga que sigue perteneciendo a la generación de la lucha. Extremadura ha rescatado a un escultor y éste ha vuelto sus ojos de niño, gozosamente, otra vez, como entonces, hacia Extremadura. Valía la pena.

ABC - Santiago Castelo

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