| Un pianista desconcertante | |||||||||||||||||
| Por FEDERICO MONJEAU | |||||||||||||||||
![]() |
Cuando Martha Argerich oyó tocar a Horacio Lavandera le aconsejó que se presentase al Premio Umberto Micheli de Milán, el mayor concurso pianístico de Italia y uno de los más prestigiosos de Europa. Lavandera se presentó en el Micheli en octubre del año pasado, con dieciséis años. Ganó el segundo premio; el primero fue declarado desierto. La dudosa categoría del "ganador moral" podría justificarse en este caso. Es probable que el jurado haya considerado honestamente que Lavandera no es taba en condiciones de llevarse el primer premio, pero suena un poco más probable que el jurado no haya querido premiar a un pianista argentino de 16 años, siendo que la edad límite de ese concurso está muy por encima, 32, y que en la prueba había 17 participantes italianos, varios de ellos del propio Conservatorio Verdi de Milán. Tal vez se llegó a la conclusión que la escuela pianística italiana habría quedado mal parada. Lavandera llegó a la final con dos pianistas locales, uno de 26 y otro de 29. La irrupción de un pianista como Horacio Lavandera desconcierta a los jurados y a los críticos. A un pianista de su edad generalmente se le adjudica un valor potencial; se habla con soltura de su futuro, sin considerar seriamente su presente. La valoración potencial quiere decir que algún buen día el pianista llegará a la ejecución justa, madura de la obra. Pero el concepto de ejecución justa, de un interpretación que, como suele decirse, "capta el espíritu de la obra", no es más que una suposición. |
||||||||||||||||
|
Lo que comúnmente se llama "ajuste" no es otra cosa que una interpretación persuasiva. Nadie podría decir que las interpretaciones mozartianas de Glenn Gould son estilísticamente "justas", pero tampoco nadie negaría que ellas resultan persuasivas, que nos persuaden de su verdad o de su necesidad. En una gran ejecución siempre hay dos verdades en juego: la de la obra y la del intérprete. La figura de Gould sirve también para clarificar el tema de la madurez de la interpretación musical: el pianista canadiense grabó las Variaciones Goldberg de Bach en dos oportunidades, a los 25 años y a los 50. No se puede decir que la segunda versión esté más cerca de la obra o sea más madura que la primera; la segunda no resulta menos fascinante que la primera, pero también más manierista. El valor de Lavandera no es sólo potencial. Sus ejecuciones ya son intensas y persuasivas. En su formidable interpretación de las Imágenes de Debussy tal vez está presente su experiencia con la música de Stockhausen; asume el desafío rímtico de la Sonata Nø 7 de Prokofiev con una gracia insuperable. Convence menos en la Sonata Nø 2 de Chopin; allí a veces parece que el músico estuviera haciendo (magistralmente) los deberes, poniendo todos los pianísimos en su sitio. El no intentará sorprender con las extravagancias de Ivo Pogorelich. Lavandera no compone la imagen del pianista romántico o extemporáneo. Al contrario, es la imagen más perfecta del pianista moderno: no piensa que la música de Brahms sea mejor que la de Stockhausen o Ligeti y no descree del progreso Clarin Domingo 2 de junio de 2002 |
|||||||||||||||||
![]() |
|||||||||||||||||
|
|||||||||||||||||