Pensamientos, citas y frases celebres de
San Josemaría Escrivá de Balaguer
Sacerdote. Fundador del Opus Dei (1902-1975)
MORTIFICACIÓN
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172.- Si no eres mortificado nunca serás alma de oración.
173.- Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior.
174.- No digas: esa persona me carga. -Piensa: esa persona me santifica.
175.- Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. -¡Es tan hermoso ser víctima!
176.- ¡Cuántas veces te propones servir a Dios en algo... y te has de conformar, tan miserable eres, con ofrecerle la rabietilla, el sentimiento de no haber sabido cumplir aquel propósito tan fácil!
177.- No desaproveches la ocasión de rendir tu propio juicio. -Cuesta..., pero ¡qué agradable es a los ojos de Dios!
178.- Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor... y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo..., que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú.
179.- Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás.
180.- Donde no hay mortificación, no hay virtud.
181.- Mortificación interior. -No creo en tu mortificación interior si veo que desprecias, que no practicas, la mortificación de los sentidos.
182.- Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. -¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta..., si luego es cielo para siempre, para siempre..., para siempre?
-Y, sobre todo, -mejor que la razón apuntada, "propter retributionem"-, ¿qué importa padecer, si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?...
183.- ¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. -¡Cuántas experiencias a lo David!... -Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón.
184.- ¿Para qué has de mirar, si "tu mundo" lo llevas dentro de ti?
185.- El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso.
186.- Hay que darse del todo, hay que negarse del todo: es preciso que el sacrificio sea holocausto.
187.- Paradoja: para Vivir hay que morir.
188.- Mira que el corazón es un traidor. -Tenlo cerrado con siete cerrojos.
189.- Todo lo que no te lleve a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos.
190.- Le hacía el Señor decir a un alma, que tenía un superior inmediato iracundo y grosero: Muchas gracias, Dios mío, por este tesoro verdaderamente divino, porque ¿cuándo encontraré otro que a cada amabilidad me corresponda con un par de coces?
191.- Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a hora fija, sin conceder ni un minuto a la pereza.
Si, con la ayuda de Dios, te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.
¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza!
192.- Siempre sales vencido. -Proponte, cada vez, la salvación de un alma determinada, o su santificación, o su vocación al apostolado... -Así estoy seguro de tu victoria.
193.- No me seas flojo, blando. -Ya es hora de que rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo.
194.- Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel...
195.- Tuvo acierto quien dijo que el alma y el cuerpo son dos enemigos que no pueden separarse, y dos amigos que no se pueden ver.
196.- Al cuerpo hay que darle un poco menos de lo justo. Si no, hace traición.
197.- Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo sean de tu penitencia?
198.- Estos son los frutos sabrosos del alma mortificada: comprensión y transigencia para las miserias ajenas; intransigencia para las propias.
199.- Si el grano de trigo no muere queda infecundo. -¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? -¡Que Jesús bendiga tu trigal!
200.- No te vences, no eres mortificado, porque eres soberbio. -¿Que tienes una vida penitente? No olvides que la soberbia es compatible con la penitencia... -Más razones: la pena tuya, después de la caída, después de tus faltas de generosidad, ¿es dolor o es rabieta de verte tan pequeño y sin fuerzas? -¡Qué lejos estás de Jesús, si no eres humilde..., aunque tus disciplinas florezcan cada día rosas nuevas!
201.- ¡Qué sabores de hiel y de vinagre, y de ceniza y de acíbar! ¡Qué paladar tan reseco, pastoso y agrietado! -Parece nada esta impresión fisiológica si la comparamos con los otros sinsabores de tu alma.
-Es que "te piden más" y no sabes darlo. -Humíllate: ¿quedaría esa amarga impresión de desagrado, en tu carne y en tu espíritu, si hicieras todo lo que puedes?
202.- ¿Que vas a imponerte voluntariamente un castigo por tu flaqueza y falta de generosidad? -Bueno: pero que sea una penitencia discreta, como impuesta a un enemigo que a la vez fuera nuestro hermano.
203.- La alegría de los pobrecitos hombres, aunque tenga motivo sobrenatural, siempre deja un regusto de amargura. -¿Qué creías? -Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida.
204.- ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! -Piensa, entonces, qué es lo más heroico.
205.- Leíamos -tú y yo- la vida heroicamente vulgar de aquel hombre de Dios.
-Y le vimos luchar, durante meses y años (¡qué "contabilidad", la de su examen particular!), a la hora del desayuno: hoy vencía, mañana era vencido... Apuntaba: "no tomé mantequilla..., ¡tomé mantequilla!"
Ojalá también vivamos -tú y yo- nuestra..., "tragedia" de la mantequilla.
206.- El minuto heroico. -Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y... ¡arriba! -El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu voluntad y no debilita tu naturaleza.
207.- Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo.
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