Dejé la conversación con mi amigo sonriendo para mis adentros. Curiosamente, sin embargo, me veía allí, en el lugar del que habíamos hablado, sin saber realmente cómo era, pero yo “estaba” allí. La sensación que me embargaba era de apertura, del tipo que aflora brevemente como un destello; son esos instantes en que nos parece que todo, todo es posible, cuando, al respirar, inhalamos un aire extraño de libertad y tenemos la certeza clara del amplio campo de posibilidades que se podrían abrir ante nosotros, pero ¡que son tan fugaces!... el tiempo que dura un chispazo.
Anduve el trecho de calle que me separaba del metro, soñando. Ni tan siquiera vi aquella pequeña que iba saltando, juguetona, por delante y alrededor de su madre (supongo) y con la que choqué. Si, debía ser su madre, porque me echó una mirada... fulminante. Me disculpé, acariciando su pelito suave y rubio y ella, con esa generosidad que caracteriza a los niños, me sonrió. Eso me devolvió a la realidad. Tenía que coger el metro y cruzar la ciudad. Sentía hambre, mi insana costumbre de no desayunar se estaba cobrando su diezmo. Miré la hora, todavía era temprano. Intenté recordar dónde había una pastelería, ¡ay! pero en mi ensoñación, la había dejado atrás. Desanduve el camino y entré en el establecimiento. El olor inconfundible de la bollería recién horneada azuzó mi apetito. Distraída, me senté en una mesa y mientras comía con fruición el exquisito croissant, dejé rienda suelta a mis pensamientos.
Mi interior se jactaba de mi, me decía a gritos lo ilusa que era. Pero mi otro yo se resistía a dejar de soñar, impulsando una leve excitación que, por momentos, me iba poseyendo. Me imaginaba sorprendiendo a mis conocidos, a todos aquellos que sabían cuál era mi situación real si les decía: me voy. Mi lugar de destino, en caso de aceptar aquella descabellada oferta, estaba al alcance de cualquier bolsillo, pero, por supuesto, no del mío. De ahí, mi necesidad de soñar con ello, quizá... De nuevo, estaba sonriendo sin darme cuenta, paladeaba en mi imaginación sus caras de sorpresa y lo que me dirían... junto al último bocado del croissant. Cogí un cigarrillo y, al encenderlo y aspirar la primera bocanada, mi realidad me abofeteó en plena cara, encontrándome de bruces en mi ciudad, con toda la dura jornada laboral por delante y sin ninguna posibilidad de realizar aquel viaje.
Me levanté desganada de la coqueta mesita y salí a la calle, esta vez desanimada. Ahora fueron las caritas de mis dos preciosas hijas las que asomaron a mi mente, llenándome de ternura y amor, animándome, ¡cuán afortunada era por tenerlas! Aunque sólo fuese por ellas, para que vivieran un lindo verano... me paré en seco, una idea había brotado con fuerza, dejándome en evidencia ante mí misma: la idea de mi desarraigo, sólo las tenía a ellas, verdaderamente. Ellas y yo eran lo único que contábamos para coordinar nuestras vidas. Pero... a pesar de todo, el viaje era imposible, imposible.

Cuando llegué a la escuela a las 17 h. a buscar a mis niñas, estaba realmente agotada, los pies me dolían enormemente y el día no había sido bueno, sólo había logrado vender una caja de herramientas, pero las ganas y la alegría de ver de nuevo a mis dos chiquitinas, renovó mis fuerzas. La mayorcita estaba muy contenta, ese día le habían preguntado algo en clase que supo contestar y estaba muy orgullosa de ello. Les pregunté qué habían almorzado y la pequeña con cara de asco respondió “paguetis!”, miré a la mayor que ya estaba haciendo un guiño cómplice ¡ella se había comido los suyos y los de su hermana! Tenía dos hijas, una era el sol, la otra, la luna. Una era el día, la otra, la noche. Así de distintas eran, también en las comidas. A la pequeña le encantaban las patatas y la mayor no podía verlas ni en pintura, y con los spaghetti pasaba todo lo contrario. Pensé que la merienda de la pequeña debía ser un poco más copiosa de lo habitual pues habría comido poco... si, la estaba disfrutando sin rechistar. Llegamos al jardín infantil y mientras hacíamos cola para que se montaran en el columpio, se la terminó...

¡Qué lindas son! No hay escena que despierte más ternura que ver a una criatura durmiendo, y yo la estaba disfrutando por partida doble. De pronto, me acordé de todo lo que había estado barruntando por la mañana y, curiosamente, de nuevo, sonreí para mis adentros... y lo olvidé deliberadamente, era algo totalmente imposible, fuera de mi alcance. Guardé las piezas ya terminadas y a punto, para entregar al día siguiente, del trabajo manual que realizaba en casa, a diario, después de recoger las niñas en la escuela y me enfrasqué en la película que estaban emitiendo por televisión, aunque ya llevaba rato empezada... me desperté sobresaltada, ¿qué hora sería? Me había quedado dormida en el sofá...

-¿Si? ¿diga?... ¡Arturo, amigo! ¿cómo estás...? -¿Qué? Pero... si ya lo había olvidado, ¿una postal? Si... si, la recibí, desde luego, es preciosa... ese puerto ¡es como un sueño! ¡tiene forma de corazón! -Ja,ja,ja -¿Si? ¿mejora al natural? ¡qué envidia me das! -Si, claro que la he leído! -No, ¿cómo iba a olvidar la última frase?: “hace más el que quiere que el que puede” pero amigo, yo, verdaderamente, no puedo. Me he quedado sin trabajo hasta septiembre y sólo estamos a primeros de junio... –No, no puedo, de verdad. No me queda dinero, tengo que buscar urgentemente un empleo... -¿Qué? ¿pero que no ves que es una locura? -No, no me pases con la dueña del hostal, no........... –Hola, buenos días, si... bueno, él dice eso pero yo no puedo venir, lo siento mucho, ¡ya me gustaría, ya! -Si, si, veo que es un precio razonable, pero... –Si, muchas gracias................. –Arturo, pero... ¿qué quieres que se me ocurra? No hay solución, no puedo hacerlo, no puedo venir. –Bueno, llama dentro de una semana... aunque no hay nada que hacer. –No, si yo lo entiendo, sé que ahí probablemente encontraría trabajo, pero las niñas son muy pequeñas... –Vale, la repito: “hace más el que quiere que el que puede”.... -¿Otra vez?... “hace más el que quiere que el que puede”. Gracias, amigo, me has emocionado por acordarte de mí. –Si, hasta pronto...

Recordaba esa conversación reclinada en la butaca del barco que me llevaba a mi nuevo destino; curiosamente... volvía a sonreír. -¡Mamá, qué bonito es el barco! ¡qué bonito...! Las risas y el jolgorio de mis pequeñas contrastaban con mi estado de ánimo. Me había invadido cierta desazón, una mezcolanza extraña de sentimientos, a caballo entre intensa turbación y cierto estupor ante mi decisión, la que me había llevado a vivir esos momentos... ¿qué iba a suceder? ¿encontraría trabajo allí? ¿qué haría si no? El recuerdo de la cálida sonrisa de mi buena y querida amiga Amanda vino a socorrerme: “No sé si volverás –me había dicho con tristeza- pero si lo necesitas, si precisas volver porque las cosas no te fueran bien, llámame. Aquí haremos una recolecta y te enviaremos el dinero para tu regreso, ¡prométeme que lo harás!”. Un escalofrío de emoción me había recorrido al escucharla y ahora, de nuevo, me volvía a suceder. Ella sabía todos los detalles de mi vida, al menos de los acontecimientos más recientes. Sabía de mi intensa lucha, de mi tenaz búsqueda de soluciones, de mi terquedad en no pedir ayuda a nadie. Sabía lo que me había costado el solicitar a un pariente cercano un pequeño préstamo, con el que había pagado los pasajes del barco y también que si no me iban bien las cosas, no tenía ningún dinero para volver...
¡Y pensar que, en el fondo, lo que me estaba sucediendo se debía a aquella frase que mi amigo consiguió inculcarme: “hace más el que quiere que el que puede”! una frase muy sabia y que encierra una gran verdad, yo era la prueba viviente de ello, porque no había nadie en el mundo que “pudiera” menos que yo, sin embargo, por lo visto “quise” hacerlo y... allí estaba con mi equipaje: una bolsa de mano, el dinero justo para pagar 3 días de hostal al inmejorable precio que me había ofrecido aquella buena señora; mis dos pequeñas, mis tesoros, a mi lado; un amplio horizonte al frente y la esperanza en el corazón.

...Después del tiempo transcurrido, viajo a aquellos días con el pensamiento y todavía sigo maravillada de cómo la fuerza y el empuje de una simple frase me brindó el potencial para cambiar mi vida. Claro que... se necesitó a alguien que me la sugiriera y que yo creyese en ella.
A.Avalon© 15/05/2001