Las emociones surgen como promesas palpitantes en nuestro sentir. Irrumpen con plenitud desbordante y llenan pequeños espacios de nuestras vidas... a menudo se apoderan de nuestra respiración, agitándola y haciéndola más profunda. Mientras ellas permanecen, cierta sonrisa se mantiene, quedamente, en nuestro interior, aflorando, en ocasiones, a la superficie y brindándonos un rasgo de amabilidad, algo exacerbada, que volcamos en los que nos rodean. Casi siempre llegan de la mano de alguien... Si recapitulamos cuando se alejan de nosotros, podemos saborearlas de nuevo y regodearnos en lo acabado de vivir, prolongando su efluvio como sibaritas experimentados... mientras en nuestros labios se dibuja, enigmática, una sonrisa de satisfacción...
¿Qué llena nuestros días, a veces anodinos y otras, las menos, extraños y sorprendentes, sino las emociones? ¿y cuántas de ellas desestimamos por no considerarlas oportunas? ¿tenemos algún poder sobre ellas o son ellas las que nos escogen a nosotros? Frecuentemente y de forma difusa, sentimos que algo se nos escapa, que a nuestra vida le falta intensidad... claro que... cuando nos emocionamos, corremos el riesgo de estrellarnos después contra las pautas de conducta que gobiernan el ambiente de nuestros días... pero, mientras...
UNA DULCE FERIA
Había mucha gente. Todos querían que les atendieran a la vez, enarbolando la bandera de la lucha habitual para pasarse de listo y que no se escapase el hueco por donde poderse colar... yo les miraba divertida. Nunca había estado al otro lado del mostrador, en la zona del vendedor, claro que... ese día tampoco debía estar... Logré, sin apenas esfuerzo, que mi madre llamara a mi trabajo para avisar que estaba indispuesta, algo totalmente incierto; era una excusa para que yo pudiera estar aquel día allí, despachando miel y confitura en plena calle ¡a la vista de todos! Según quién hubiera pasado por allí, podía haberme costado la pérdida de mi puesto de trabajo, lujo que no me podía permitir por lo que corrí un riesgo importante en aras de una emocionante ilusión pero... ¡valió la pena! No sé qué fue lo que me llevó a arriesgarme de esa manera porque aunque era muy joven, una adolescente, tenía completamente asumida la responsabilidad de llevar el sustento a casa a la muerte de mi padre, dada la frágil salud de mi madre; sin embargo, recuerdo, algo sorprendida, debo confesarlo, que no tuve ningún miedo en absoluto y jamás olvidaré la enorme ilusión vivida al ponerme aquel delantal, planchado con sumo esmero, y al atender a los clientes con mi amabilidad y cariño envolviendo los productos que les vendía. Les estaba agradecida por mi felicidad de aquel día y se lo transmitía. Y es que, sin ellos, no había venta y yo no hubiera estado allí...
Cuando el padre de una amiga me dijo: "¡Qué pena que trabajes pasado mañana! Necesito a alguien para atender el puesto en la feria y tu me irías como anillo al dedo" me lo quedé mirando como el que ve una alucinación y, sin pensarlo siquiera, me escuché a mí misma decir: "Pero... sí, puedo... ¡claro que puedo!". No le pregunté cuánto me pagaría. No me importaba en absoluto, a pesar que en mi casa entraba el dinero en "cuentagotas" y hasta la última moneda era bien recibida. Me veo ahora mismo, en mi recuerdo, corriendo... ¡no! ¡"volando"! para pedirle permiso a mi madre, necesitaba su ayuda. ¿Qué reflejaría mi cara, que una persona como ella, con un sentido tan recto de la ética, incluso a menudo, rígido, no pudo negarse ante mi insólita solicitud? No chistó, quedó quieta, con expresión sorprendida, mirándome, por unos largos instantes... y me dijo con un hilo de voz: "¿Quieres que te planche el delantalito rojo de volantes...?"
El día siguiente fue larguísimo, interminable... la decisión tomada, secreta para mis compañeros y jefes del trabajo, me proporcionaba una alegría muy íntima que se mezclaba con la emocionante ilusión con la que esperaba los acontecimientos del día siguiente, vívidos en mi imaginación... Recuerdo que cuando faltaba ya poco para finalizar la jornada laboral, surgió un momento difícil... me dieron unas cartas para mecanografiar y, con un miedo terrible, pregunté: "¿Para cuándo las necesita?" Mi suspiro de alivio al oir la respuesta estuvo a punto de delatarme: "¡Oh, no urgen, basta conque estén listas esta semana!" ¡Libre, me sentí libre! había tiempo... porque ellos no lo sabían, pero yo al día siguiente no iba a pisar aquella oficina... Aquella noche me costó enormemente conciliar el sueño... Y llegó el gran día. Salí de casa muy temprano, sin tan siquiera recordarle a mi madre que tenía que hacer una llamada...
Todos los años, ese mismo día, con mis amigos, recorríamos la calle de la feria de cabo a rabo, disfrutando de la exposición multicolor de los dulces productos (miel, confitura, arrope, hierbas aromáticas, flores), mirándolos con deleite, aspirando el intenso aroma que desprendían... una vez al año, esa calle, ubicada en pleno barrio antiguo de mi ciudad, huele como los ángeles... Aquel año en concreto, ese aroma me acompañó durante todo el día aunque, a diferencia de los anteriores, tan sólo pude contemplar el espacio que abarcaba mi vista desde mi posición en aquel puesto, el más bonito de toda la feria para mí. Desde luego, no me importó en absoluto. Creo recordar que tampoco compré miel ni confitura, ni me pasó por la cabeza. Tampoco importaba... ¡era tan feliz...!
Fue un día extraordinariamente disfrutado y exprimido hasta la última gota de su propia esencia, agotador pero lleno de anécdotas. Fue... como una burbuja en mi vida, como la pompa de jabón del poema de Machado, como un oasis... que me dio fuerza para seguir en ese camino de lucha diaria que la vida, tan precozmente, me había marcado...
Todo salió bien. Al día siguiente fui tan normal al trabajo (algo cansada, eso sí). Tengo que reconocer que entré tímidamente, casi con los ojos cerrados... temiendo oir una frase fatídica o algo así como: "¡Pase a mi despacho!" Poco a poco me fui tranquilizando, aunque cada vez que penetraba alguien a mi sección, sentía de nuevo la necesidad de cerrar los ojos esperando lo peor... pero no pasó nada. Nadie de mi trabajo me vio el día anterior... ¿no es increíble? máxime teniendo en cuenta lo cerquita que estaba ubicado de la calle que el día anterior olía a ángeles...

¡Ah, casi se me olvida...! El padre de mi amiga me obsequió con un tarrito de miel precioso y quedó tan satisfecho con mi trabajo que junto a su felicitación me pagó por tan sólo un día bastante más de lo que yo, entonces, cobraba por un mes entero.
A.Avalon© 28/05/2001





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