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La niebla 
Me gusta ver la niebla,
el paisaje inconcreto de las formas.
Me encanta, me seduce,
que me ofrezcan las nubes ensoñadora alfombra.
Tras la niebla está el sol,
su aureola
me incita a recrear la faz del universo
escondida en las sombras.
La vibración de esencia
es vaho penitente, es trágico holocausto
del agua iluminada por la luna,
expiación efímera del rayo.
Canta el tiempo
sagradas profecías de zarzas y magnolias.
El árbol está triste
por los salmos dormidos en sus hojas.
Hoy la niebla aletea
como un extraño aliento de mi boca
y reviste el contorno de armónicas imágenes
pobladas de palomas.
Veo el halo intangible, luminoso,
el fantasma del cosmos primitivo,
gigantesco holograma
de divina energía, de arcano laberinto.
Esta niebla
estimula en mi piel antiguas sensaciones,
me libera el cerebro
de ancestrales angustias y dolores.
Cuando llegue el relente,
la serena humedad de amor y noche,
gozaré la materia,
desvelaré a la vida la luz de nuevos soles.
Soy hidra rescatada, con múltiples destinos,
salamandra inmortal, cicatrizada herida,
tallo verde nacido tras la poda,
Ave Fénix de arcilla.
Si al mediodía el Sol me revela el misterio
con el mensaje blanco de su rostro,
en mi ser integral, trino y uno a la vez,
donde llevo escondido el mapa del tesoro,
encontraré la ruta hacia la gloria,
viviré en coherencia con el Todo.
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