Escarbo en los turbulentos abismos de mi existencia y siento que no soy nadie, que nada tengo, me faltan fuerzas y razones para luchar contra lo irrebatible, reconozco que estoy derrotado y no hay más remedio que acostumbrarse al fracaso. Me parece de una crueldad brutal cómo el destino puede aplastar a un hombre, destruirlo, y trato de imaginar qué excusa nueva me inventaré cada mañana para levantarme de la cama y empezar un día sin ánimos para afrontarlo. No podré vivir sin Cristina.

Al llegar a casa, prendo el decimonono cigarrillo de mi desesperación y sigo pensando en ella, en Cristina, en la mujer que se ha convertido en mi obsesión. Si no me hubiera enamorado de esta mujer suave y etérea, de mirada encendida, nunca hubiera estado aniquilado, exultante; si no me hubiera equivocado eligiendo a la mujer de otro, si no hubiera probado de sus labios el fuego dulce en el que he consumido mis ardores, no estaría a punto de volverme loco. Ahora me falta el brillo claro de sus ojos, me falta el halo inmaculado de su rostro de facciones delicadas y puras, me falta su sonrisa segura que derrochaba luz y simpatía. Ahora, reconozco que no tengo salvación.
Apoyo las yemas de los dedos en el frío cristal de la ventana y miro, sin ver, al otro lado del turbio vidrio. Observo la calle, ajetreada, gris; es un buen atardecer para escuchar música, fumar, tomarse un trago, estar con una mujer. Es un buen atardecer para estar vivo, ser feliz y descubrir que el dolor que me atormenta tiene remedio y que tras este feroz zarpazo, recuperaré la ilusión y tendré la vida que anhelo, libre de añoranzas, recordando sólo los buenos recuerdos, los que el intelecto salva y protege para que el pasado no sea un lastre horrible y repulsivo y uno no se vea abocado a arrojarse desde lo alto de un puente.
Decididamente el sol se retira y empieza una noche apacible, buena para cualquier cosa. Me aguardan unas horas de descanso, que dudo mucho consiga, porque la soledad de esta casa es una tranquilidad hostil que me desespera. En la calle, una pareja de jóvenes entra en un portal, la parada del autobús está atestada de gente, un conductor vocifera al motorista que le ha adelantado por la derecha. Busco otro cigarrillo y tarareo melancólico nuestra canción, entre tanto lleno un vaso de licor, decidido a ahogar en ginebra el sufrimiento, los pensamientos fatales, las ideas funestas que acuden a mi cabeza. Tengo deseos de llorar. Este cuarto está desierto y en él se respira el olor profundo de la soledumbre. Enciendo la luz y la aflicción me lastima los ojos.
Presiento que nunca volveré a ser el mismo, aunque lo peor de todo es esta sensación de vacío. El tic-tac del reloj me taladra el cerebro y el vacío me invade igual que una mancha de petróleo se extiende sobre el mar de la consciencia, pero ésta es una mancha sin color, porque es la vacuidad y la nada, es el fin que comenzará, a partir de hoy; un día y otro día, con una implacable capacidad de renovación contra la que no poseo defensas ni argumentos válidos. Los segundos caen y su sonido es lo único tangible en medio del vacío.
Colgado de la nostalgia, miro el inalterable paisaje que se me ofrece desde la ventana de mi habitación. Me gusta este paisaje urbano recortado por el marco de madera, ahora es difuso bajo la penumbra del anochecer, y me permito pensar y, en especial, recordar los momentos felices que he compartido con Cristina. Noto el desgarramiento que me ha vencido y que tal vez no es más que un hábil pretexto de la conciencia para descargar sobre algún puerto lejano una culpa que es exclusivamente mía.

He de olvidarme de Cristina y no consigo dejar de acordarme de ella, por eso la humillo con la indiferencia de mi mente, para vengarme de algún modo de esta mujer demasiado dolorosa en su lejanía como para ser convocada, ya que todavía puedo respirar mentalmente su aroma a fresca primavera, beber su cuerpo en pequeños sorbos sedientos de deseo y trato de no rememorar sus volúmenes insinuantes, porque sé que no triunfaré sobre la acuciante tentación de recorrer nuevamente sus curvas, y es que ella ha sido mi mejor amante.
Me lacera un sobresalto alevoso, ahora mismo, Cristina debe estar besando a su esposo. La mano de su marido acariciará, gozará y redescubrirá el valor de su piel caliente. La amo, no puedo cambiar lo que siento aunque sólo sean ya mentiras y recuerdos. Mi cuerpo y mi cerebro arden y comprendo que no hay más solución a mis males que arrancar a esta mujer de mi corazón, pero me resulta imposible. Mi mente evoca continuamente su perfume y la imaginación recrea una y mil veces su exquisita sensualidad. He de hallar el antídoto capaz de destruir en pedazos este abandono agobiante que me quema célula a célula, sin compasión, sin remedio.

Cuando Cristina me ha confesado su engaño, he percibido el escalofrío de la traición en mi espalda y en la boca, el regusto de la amargura que exudaba mi alma; me he recriminado por haber confundido durante un instante el rostro del amor con la máscara de la pasión, y he esperado su adiós sintiendo cómo se desvanecían mis esperanzas de un futuro con ella, derrotado por la verdad.
Siempre la verdad. Escondida o transfigurada, la cruel realidad. Unas veces detrás de las palabras, otras detrás de actitudes y en ocasiones incluso detrás de toda una vida fingida y rediseñada únicamente para esconder o transformar la verdad.

Fumo e intento contar las lágrimas que se van derramando de mis ojos. No quiero recordar, pero soy un maldito nostálgico y sé que me pasaré el resto de mi vida acordándome de Cristina.