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—¿Cuál
es el peor recuerdo que guarda de aquellos días?
—Las esposas. Siento escalofríos de sólo pensarlo.Te puedo asegurar
que es imposible explicar en palabras lo que uno siente cada vez que te
esposan. Y otro recuerdo imborrable son las requisas. La primera la viví
cuando no hacía un mes que estaba en el penal. Suceden en cualquier momento,
nadie te avisa. Las celadoras aparecen inesperadamente en tu pabellón
y te llevan a la cocina. Te encierran con llave mientras revisan tu celular.
Dan vuelta el colchón, sacan tu ropa, leen tus papeles, abren tus cremas
y revisan tus perfumes para ver si tenés algo con alcohol. Una cosa es
que te lo cuente y otra ver todas tus cosas desparramadas por el piso.
Para colmo, antes de ir a la cocina, me sacaban la carterita de jean que
me habían hecho las chicas y que llevaba siempre conmigo para cargar las
tarjetas de teléfono y los cigarrillos. Me hacían sacar los zapatos, levantar
la remera y sacarme el corpiño. Además, tenía que bajarme los pantalones
y la bombacha. Entonces, tenía que hacer flexiones en cuclillas para ver
si no se me caía nada. Me decían que abriera mis gluteos y mis genitales,
supuestamente para ver si no tenía droga. Eso era bastante desagradable,
te lo aseguro. Uno se siente despojado de todo. La soledad del penal es
tremenda. Realmente, me va a costar recuperarme de tanto dolor y tanto
sufrimiento.
—En ese escenario, ¿tenía voluntad para ocuparse
de su estética?
—Un poco. Para conservar el color de mi pelo, le encargaba a Silvio
una tintura que, aunque no era el color exacto que me hago en la peluquería,
me servía. Una de mis compañeras me hacía el color, baños de crema y brushing
cada quince días. Para solucionar el tema de las extensiones tuve la idea
de pedirle a Silvio que me llevara una pistolita para colocar pegamento
que yo cargaba con barras de siliconas. Les enseñé a mis compañeras a
ponerlas como lo hacen los peluqueros. Al principio ellas intentaban arreglármelas
con cinta adhesiva, pero no resultaba. Me ayudaban a ir coleccionando
cada cabello que se me caía y lo conservaban en una cinta adhesiva, pelo
por pelo. Después me las colocaban en la cabeza. Eso sí, durante los seis
meses tuve las mismas extensiones. Me pareció desubicado pedir autorización
para ingresar unas nuevas. Con respecto a las uñas esculpidas, se me fueron
cayendo y me crecieron las mías naturales. Ahora me las voy a dejar así.
—¿Qué fue lo primero que hizo en su casa cuando
recuperó la libertad?
—Abrazar a mi mamá. La abracé mucho, mucho. Hacía seis meses que
no la veía. Porque como esa requisa de las flexiones también se la hacían
a cada persona que iba a visitarme, preferí que ella no me fuera a ver
con tal que no tuviera que pasar por eso. Esa es la razón por la que durante
los primeros siete días que estuve en libertad dormí en la cama con ella.
No me quería separar. Después, quise disfrutar de mi colchón y de mi inodoro.
Parece mentira pero las cosas cotidianas cobran otra dimensión después
de haber estado presa seis meses.
—Ahora que está en libertad, ¿piensa volver
a trabajar?
—Seguramente. Hace seis meses que no tengo ingresos. Vendí mi auto
y algunos anillos que tenía para que mi mamá pudiera seguir viviendo este
tiempo. Además, tengo muchas deudas. Por ejemplo, tengo que devolver los
trescientos mil pesos que se pagaron por mi caución. Por lo pronto ya
la apelamos porque nos parece alta y pensamos cambiarla por propiedades.
Pero de algún modo, voy a tener que devolver ese dinero. Así que en cuanto
pueda voy a volver a trabajar. Recién hace poco más de una semana que
salí y, por ahora, saber que tengo mi libertad me basta. Ahora pienso:
si logré salir adelante en estos seis meses, puedo cualquier cosa. Si
tengo para comer, como; si no, no. La libertad es lo más importante para
mí.
—¿Volvería a atender en su clínica?
—Si fuera por la Justicia yo podría abrirla ya. Pero el tema es
cómo se siente uno. Además, existe una cuestión social. Para tomar esa
determinación necesito un tiempo.
—¿Volvería a hacer lo mismo?
—Con respecto a mi trabajo volvería a hacer todo tal cual lo hice
porque no tengo nada de qué arrepentirme. Sé que la Justicia lo va a demostrar.
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