|
Todavía lleva en su cuerpo las marcas
de un pasado reciente. Los moretones de sus muñecas, causados por las
esposas que tantas veces le pusieron mientras estuvo en la cárcel, algunas
picaduras de pulgas en su rostro y una piel que se volvió pálida en la
sombra de una celda, son sólo algunas de las secuelas que dejaron los
ciento setenta y un días que pasó en la unidad 31 de Ezeiza. Allí cumplió
prisión preventiva después que la Justicia la procesara por 24 casos de
estafas y ejercicio ilegal de la medicina. Vivió encerrada en una celda
de dos metros por dos, fue sometida a distintas humillaciones y, sobre
todo, tuvo tiempo para reflexionar. Hoy, diez días después de haber recuperado
la libertad, Giselle Rímolo (38) vuelve a aparecer idéntica a sí misma.
“No me arrepiento de nada de lo que hice”, dice. “Sé
que la Justicia lo va a demostrar”.
Sentada en el living de la casa de su novio, Silvio Soldán, relata los
días vividos en la cárcel con sorprendente serenidad. Entonces, Giselle
cuenta que todos los días se levantaba a las siete de la mañana, hacía
la limpieza de su celda, se duchaba y se disponía a esperar la llamada
telefónica que, a las nueve de la mañana, le hacía su pareja. En los pasillos
había teléfonos públicos. Me paraba detrás de las rejas del pabellón para
que la celadora me viera y me pasara la comunicación lo antes posible.
Hablaba con Silvio un máximo de diez minutos y así cumplía con uno de
los dos llamados que me permitían recibir. Después, volvía al pabellón,
me reunía con las cinco compañeras que integraban mi grupo y me largaba
a llorar. Lloraba, lloraba, lloraba”, dice.
“En general tanto a la mañana
como a la tarde nos juntábamos en el celular —así llama Giselle
a las celdas— de una chica de Rosario, tomábamos mate y mirábamos
la tele. Cada once días me tocaba limpiar todo el pabellón. Higienizaba
los baños, los inodoros, la cocina, los piletones del lavadero. Y cada
22 días tenía la fajina del pasillo durante la cual limpiaba los sectores
que compartíamos con el otro pabellón. Esa era la rutina que todas cumplíamos.
Sin excepción”. Después, venía el horario del almuerzo que Giselle
prefería evitar. Recién comía a la noche.
“Jamás aceptaba lo que me ofrecían
en el penal. No me gustaba. Se lo ofrecía a alguna compañera que quisiera
doble ración o se lo daba a Manolito y Heidi, dos perritos que solían
asomarse por una ventana muy pequeñita que había en mi celular. Por las
noches comía lo que me traían durante las visitas. Yo le pedía a Silvio,
a mi hermano, Fabián, o a Mauricio, un amigo, que me trajeran algunas
cosas. Pollo, carne, pescado, arroz. Esa era mi comida”.
—¿Y a sus compañeras no les molestaba esa
diferencia?
—No, porque no comía sola. Hacía llevar para ellas también. Lo mismo
pasaba con los efectos personales que me llevaba Silvio: champú para cabellos
secos y frágiles, enjuague, crema hidratante para el cuerpo, tarjetas
de teléfono.
—¿Compartía todo porque tenía miedo de la reacción de sus compañeras?
—No. Lo hacía porque el día que yo llegué al penal no tenía nada.
Ni desodorante ni ropa ni calzado. Y ellas me facilitaron todo. Entonces,
quise compartir mis cosas con ellas.
—¿Nunca la miraron con prejuicio?
—Jamás. Porque en el penal yo me sentía una más y así me mostraba
ante ellas. Mis compañeras siempre me pusieron el hombro cuando lo necesité
y me consolaban cuando yo no podía parar de llorar.
Inmersa en una profunda tristeza que por momentos se volvía depresión,
Giselle encontró en las manualidades la manera de ocupar su tiempo libre.
“Mis compañeras me enseñaron a hacer tarjetas españolas, a tejer
al crochet y a cocinar tortas y tartas en la cocina del penal. Ahí había
una mesada, un anafe y una mesa con sillas. Todo estaba empotrado para
que nadie pudiera revolear una silla durante alguna discusión. Sin embargo,
quiero aaclarar que yo jamás presencié una escena de agresión. Nunca vi
a dos chicas agarrarse de los pelos. Yo estaba en un penal de buena conducta
y para todas nosotras era importante hacer las cosas bien: la calificación
de conducta es un dato que la Justicia tiene muy en cuenta a la hora de
tomar decisiones”, dice.
—¿Tampoco le propusioeron mantener una relación
sexual? Ellas deberían saber que usted y Silvio jamás cumplieron
con una visita sanitaria.
—Nunca me hicieron una propuesta de ese tipo. Sé que entre ellas
se habían formado algunas parejas, pero a mí nunca me pasó.
—¿Estuvo de acuerdo en evitar los encuentros
íntimos con su pareja?
—Cuando Silvio me lo propuso me pareció bien. En el estado en el
que yo estaba sentía necesidades físicas, pero no tenía ganas.
—¿Y qué pasó cuando finalmente estuvieron
a solas?
—Fue la noche del sábado. Sucedió algo maravilloso. Porque si bien
para Silvio y para mí el sexo es importante, esa noche entre nosotros
hubo mucho amor. Después, nos dormimos juntos.
—¿La relación que los une no se resintió en
estos seis meses?
—Todo lo contrario. Al principio yo estaba un poco preocupada por
lo que pudiera pasar, pero en seguida, él me fue demostrando que me daba
todo su apoyo. Puso en evidencia todo el amor que siente por mí. Ni siquiera
se me cruzó por la cabeza que pudiera serme infiel. No tuve esa preocupación.
Sabía que él estaba sufriendo conmigo. Agradezco a Dios haber conocido
a un hombre como Silvio. Estoy más enamorada que nunca.
En el penal de Ezeiza, Giselle Rímolo cenaba a las seis de la tarde. Después,
volvía a ver televisión y a reunirse con sus compañeras a conversar. Cerca
de las ocho de la noche, decidía irse a dormir. “A las dos o tres
de la mañana las celadoras pasaban a buscar a las chicas que iban de comparendo,
es decir, a declarar a Tribunales. Todas nos despertábamos. Luego, intentaba
volver a dormir. Rezaba, rezaba, rezaba. Siempre me dormía rezando el
rosario”, cuenta.
Viviana
Andón M.Dubini, revista Caras, Edición
del 7 de mayo de 2002
|