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El
chacal argentino El Angel de la Muerte, el Colorado. Los “alias” se repiten.
Pasó más años de su vida en la cárcel que en libertad. Aquel jovencito
de ojos azules cumplió 50 años y 30 de encierro. Lo condenaron por 11
homicidios, dos violaciones y varios robos a mano armada. Hoy es un preso
“inofensivo”
No
quiere morir en prisión y piensa en tener un hijo Los especialistas dicen
que esos dos deseos mantienen a Robledo Puch “inquebrantable e incólume
en su vida de detención”. Fue analizado en una unidad psiquiátrica de
La Plata. Acaban de cumplirse los 30 años de su condena. Pero una junta
médica desautorizó la libertad. Seguirá preso en Sierra Chica. Informes
y entrevistas con peritos en los días de encierro. La fuga de la Unidad
9 de nuestra ciudad. Sanciones por armar sogas o besar a la “visita”.
El reencuentro con su padre

Lo detuvieron cuando acababa de cumplir 20 años. Hoy tiene 50 y
queda poco de aquel joven con cara de ángel. Tres décadas
convirtieron a un delincuente experto y sanguinario en un preso que profesa
el Evangelio y niega todos sus crimenes. Carlos Eduardo Robledo Puch Habendak
fue detenido el 4 de febrero de 1972. Los términos de la condena
se vencieron en febrero de este año. Pero los médicos penitenciarios
desaconsejaron la libertad.
Es que a fines de 2001 Robledo comenzó a sufrir frecuentes brotes
psicóticos. El último fue en diciembre, cuando se despertó
creyéndose Batman y quemó un taller del penal de Sierra
Chica. Los especialistas recomendaron la internación en una unidad
psiquiátrica. El Angel de La Muerte estuvo tres meses
en una cárcel ubicada a 15 minutos del centro de La Plata: La Unidad
34 de Melchor Romero. De las entrevistas con profesionales surgieron manifestaciones
inesperadas. Cuando Robledo Puch se refirió a su vida afectiva
mencionó que nunca mantuvo una relación amorosa con
una mujer, pero, a pesar de ello, expresó su deseo de tener
un hijo.
La psicóloga del Servicio Penitenciario Andrea Anacleto consideró
que hay dos causas que lo mantienen inquebrantable e incólume
en su vida de detención que son, además de una eventual
paternidad, el deseo de no morir en prisión.
La causa que motivó su detención fue uno de los aspectos
inabordables de las entrevistas realizadas por los médicos de distintas
especialidades.
Habló de su historia de crianza. Dijo que fue formado a la
espartana, como un guerrero, de lo cual se siente satisfecho.
Describió el vínculo con sus padres como perfecto
y lamentó no haber tenido un hermano. Su madre falleció
en el hospital de Melchor Romero, estando él detenido. Cuando lo
mencionó ante la psicóloga, mostró una combinación
de angustia y agresión contra los medios a los que
responsabilizó por la muerte de su progenitora. También
habló del estrecho vínculo que lo unía a sus abuelos
maternos -alemanes- y la tierra de sus ancestros. Durante la estadía
en la unidad 34, el Servicio Penitenciario gestionó una visita
con su padre, el ex inspector de la General Motors Víctor Elías
Robledo Puch luego de 7 años de desencuentros. Ambos charlaron
a solas durante horas en el comedor del penal.
La psicóloga concluyó que Robledo posee una estructuración
psicopática de la personalidad, con rasgos de
perversión y cierta ideación delirante. No existe culpa.
Y se observó cierto grado de agresividad contenida.
El informe aconsejó el traslado a la unidad de origen por tratarse
de un interno lúcido no apto para convivir con enfermos
mentales. Los estudios fueron corroborados, entre otros, por la psiquiatra
Silvia Menegaz, la asistente social Liliana Zuluaga y el Jefe de Vigilancia
y Traslados Jorge Vallejos, quien posibilitó el ingreso de este
medio al penal.
A fines de marzo, Robledo Puch fue realojado en Sierra Chica. El Jefe
de esa unidad Mario César Uzarralde suscribió un informe
en el que describió a Robledo como un interno que en sus
comienzos fue sumamente negativo. Fue derivado de la Unidad 9 de
La Plata de donde se fugó en 7 de julio de 1973 y fue recapturado
a los cuatro días. Durante los 70 se le secuestró
dos veces elementos cortantes (facas), fue advertido por burlarse de los
guardias y promover desordenes, por ensuciar paredes de las celdas y dormir
en horas no autorizadas. En los 80, fue sancionado por trepar la
ventana de su celda, por insultar al personal o por besarse con su visita.
En Los 90, lo descubrieron con pertenencias de otro
interno y hasta con una soga armada con sábanas trenzadas.
Luego Robledo se fue adaptando al sistema. Ahora habita el pabellón
10 de homosexuales, realiza tareas de carpintería, profesa el Evangelio
y mantiene buena convivencia con los otros internos. Llegó a tener
conducta ejemplar 10 y concepto bueno. Pero los
peritos advierten la construcción de un delirio megalómano
y lo definen como un psicópata con emociones intensas: Un
asesino en potencia. Los expertos concluyeron que Robledo no tiene
remordimientos y citaron una de sus frases exculpatorias más contundentes:
Yo ni siquiera usé jamás un arma para robar, jamás
violé, maté ni amenacé nunca a nadie con un arma,
mi modus operandi fue únicamente el escruche, todo lo demás
me lo inventaron.
Si no confesás, te pego un tiro
El
17 de julio de 1973, Carlos Eduardo Robledo Puch amplió su declaración
indagatoria ante el juzgado en lo penal n´ 4 de La Plata. Aquel
día no sólo negó su participación en la mayoría
de los crímenes, sino que denunció a la policía por
haberle arrancado la confesión a picana.
El declarante fue detenido y llevado a la comisaría 1´
de Tigre, donde apenas llegado lo suben al dormitorio de la ropa. Allí
lo hacen desnudar, traen una escalera de madera y la apoyan en el piso...
los peldaños de la misma eran filosos y fue estaqueado, atado con
sogas mojadas, pedazos de goma de cámaras de neumáticos,
también mojados, alrededor de los pies y las muñecas. Después
se paró un agente de policía en cada punta de la misma,
a efectos de que la misma no se moviese. Seguidamente trajeron una pequeña
valija donde había un aparato, que después supo era una
picana eléctrica (...) le aplicaron la electricidad en la lengua,
brazos, testículos, palmas de las manos, y plantas de los pies.
Esa gente decía que confesase los delitos que había cometido.
Según Robledo, aquella noche los policías lo interrogaban
sobre el asesinato del sereno en la ferretería Masseiro Hnos. El
método se repetiría unas horas más tarde: lo
hacen desvestir de vuelta. Sigue vendado y lo estaquean de vuelta (...)
le dicen que tenía en su cargo (sic) la muerte de un matrimonio.
Como se negaba, lo seguían picaneando y no le quedó más
remedio que darle la razón a todo lo que decían los policías...
Robledo adjudicó la mayoría de los hechos a Jorge Ibañez.
Y explicó que estaba aterrorizado por las amenazas del subcomisario
Adamo quien le había dicho que si no confesaba le iba a pegar
un tiro
Robledo asegura que es inocente de casi todos los cargos. Y que si alguna
vez confesó, lo hizo bajo los efectos de la picana.
La costumbre de esconder la basura
Los
años en que Robledo robó y mató eran años
de plomo. Lanusse ejercía la dictadura. ERP y Montoneros secuestraban
y asesinaban. 16 detenidos pertenecientes a organizaciones guerrillera
fueron masacrados por un oficial de Marina en la Base Almirante Zar de
Trelew. Y el gobierno pretendía que el país retornara a
la institucionalización. Perón volvió para quedarse
20 días. Poco después anunció la fórmula para
el FREJULI: Héctor Cámpora - Vicente Solano Lima.
La U.C.R. realizó elecciones internas y Balbín obtuvo la
candidatura presidencial. Raúl Alfonsín, su adversario,
logró el 42 por ciento de los votos radicales. El público
moría por Palito Ortega y Rolando Rivas taxista.
En medio de ese caos, Robledo, con sus bucles colorados y sus ojos transparentes.
Fue el caso policial que más conmovió a la sociedad argentina,
que cambió el asombro por el odio en cuestión de días.
Tanto se escribió y tanto se dijo, que nadie sabía a ciencia
cierta a cuántas personas había aniquilado el pibe. De todas
formas, en cada traslado la policía debía reforzar la custodia
porque no faltaban los que intentaban lincharlo.
Se lo condenó por 11 homicidios, pero él sólo admite
haber ejecutado tres. La imputación por las dos violaciones las
rechazó desde un primer momento. Y se desconoce qué destino
tuvieron las denuncias por torturas.
La tentación de esconder la basura abajo de la alfombra es bastante
recurrente en todas partes del mundo, pero en nuestro país parece
una adicción.
Más allá de las pruebas y los informes psicológicos
que demuestran la tendencia homicida del acusado, los agujeros negros
en la investigación son innegables. Y lo peor de esconder la basura
en una causa penal es que la única que pierde es la justicia.

Tarde de perros en la U 34
Es
una tarde de perros. Es sábado. Es febrero. Y la lluvia explica
lo de perros. Se sabe, entre las paredes de un penal el cielo es más
gris, no hay sábado que valga, y la lluvia moja más. Estos
cronistas van a la unidad 34 con la esperanza de entrevistar a Robledo.
Los internos están en el salón de visitas. Esperan a su
familia, pero más esperan al grupo de cumbia que les hará
un poquito más corta esa tarde de perros. Robledo no baja. Y los
cronistas aprovechan para hablar con ese guitarrista que ahora es un preso,
pero antes tocaba con los que ahora están esperando. No llegan
porque los agarró un piquete a la altura de Avellaneda, explican
en el penal. Robledo no baja. Los cronistas recorren las instalaciones
que guardan vidas y una humedad empecinada. Charlan con un hombre grandote
y canoso que armó él solito la digna biblioteca del penal.
Acaricia los lomos de los libros como si fueran gatos y él quisiera
un ronroneo de regalo. Es un tipo agradable. Nadie dice por qué
está ahí. Tampoco importa. Afuera sigue lloviendo, los del
grupo de cumbia no llegan, y Robledo no baja.
Pasan tres horas. Los cronistas también conocieron los talleres.
De repente entra un guardia y anuncia el arribo de los músicos.
Robledo está en el pabellón 3. Bajan todos, menos él.
No le interesa.
Por fin, alguien lo convence de salir al patio. A los cronistas no se
les permite acercarse. No quiere notas, explica un jefe. Igual,
su imagen llega desde lejos. Flaca, enjuta, canosa. Y esos mismos ojos,
que ven , pero no.
Diario
Hoy, La Plata, 9 de julio de 200
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