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Una
pizza de muzzarella antes del disparo final
Era
la tercera vez en dos meses que Walter Olmos se hospedaba en el hotel
San Cristóbal Inn. Se comportó como siempre: cordial, amable, correcto.
Llegó a las 8.30 y subió a la habitación 22, en el primer piso, con cama
matrimonial, 50 pesos para el pasajero ocasional, algo menos para él y
los suyos. Comió pizza de muzzarella (en el hotel la cobran cuatro pesos
la grande) y se encerró en su habitación. Tres horas y media después se
escuchó el disparo.
En ese hotel nunca habían tenido incidentes. "Acá viene seguido la Banda
21, desde hace más de 3 años, y otras —dijo el ingeniero Luciano,
dueño del lugar—, y jamás hubo problemas de ningún tipo".
El grupo de Walter Olmos elegía ese hotel como el lugar para "concentrar"
antes de los shows. En el primer piso alquilaban cuatro o cinco habitaciones
dobles, a las que solían regresar por la mañana, cerca de las 7, una vez
terminado el trabajo de la noche. En el comedor del hotel, pequeño, desayunaban.
Antes, el hotel trabajaba mucho con pacientes de hospitales —está
a media cuadra del Francés—, pero se ha convertido en un lugar de
descanso de bandas bailanteras. Ayer, por ejemplo, en la puerta de Estados
Unidos 2937 estaban estacionadas dos combis del grupo Trinidad. Todos
buenos muchachos, dicen en el hotel, sobre los bailanteros. "Droga nunca
vimos y Walter lo único que nos pedía eran bebidas sin alcohol".
El chico no tenía como costumbre sentarse en el pulcro lobby del hotel
—alfombra roja, paredes pastel, réplicas de cuadros como "Iris"
de Vincent Van Gogh—. Pero sí accedía muy fácilmente a los pedidos
de sus fans. Si alguna chica quería sacarse una foto con él, bajaba las
escaleras y posaba. También charlaba con los vecinos. "Un buen pibe",
resumían en el San Cristóbal Inn, donde también se hacían una pregunta
sin respuesta: ¿Por qué andaba con un arma?.
Leonardo
Torresi, Clarin, Lunes
9 de setiembre de 2002
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