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Sábado
26 de Octubre de 2002
Editorial
I, La Nacion
La detención del padre Grassi
Ante
las acusaciones que pesan sobre el padre Julio César Grassi, que desde
anteayer está detenido por denuncias que lo hacen responsable de actos
de corrupción de menores, es fundamental tener en cuenta que existen sobradas
razones para que el periodismo -y la sociedad toda- maneje este tema con
extremada prudencia.
No
puede desconocerse que el hombre acusado de tales hechos es el mismo que
ha llevado adelante, con un enorme esfuerzo personal, una obra de loable
inspiración social: la Fundación Felices los Niños, en la que actualmente
viven o reciben educación y alimentos 6300 niños, así como un alto número
de madres adolescentes que encuentran albergue en compañía de sus hijos
recién nacidos.
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Es
imposible ignorar, entonces, que hay varios miles de niños afectados por
la información que se está difundiendo con alguna ligereza y que el futuro
de la fundación que los alberga está ahora gravemente amenazado. Esa sola
razón debería bastar para que el asunto sea tratado con la máxima cautela
y para que se evite cualquier prejuzgamiento sobre conductas que, en definitiva,
la Justicia deberá evaluar en su debido momento. El daño causado a una obra
que brinda amparo a tantos niños y adolescentes podría llegar a ser irreparable.
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Es
lamentable que algunos medios informativos insistan en la torpe tendencia
de vincular los casos de homosexualidad o de corrupción de menores que afectan
o rozan a la Iglesia con el mantenimiento de la institución del celibato,
que no guarda relación alguna con esas situaciones. Las estadísticas del
mundo entero revelan que tales desviaciones se registran con muchísima más
frecuencia en personas que tienen una relación conyugal estable -y hasta
una familia a su cargo- que en personas célibes.
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No
se puede pasar por alto una desafortunada actitud del magistrado que interviene
en el caso del padre Grassi. Nos referimos a su participación -desde todo
punto de vista imprudente- en un programa de televisión tendencioso y cargado
de hostilidad contra el sacerdote. Su intervención en esa producción televisiva
constituyó un acto de prejuzgamiento incompatible con la responsabilidad
que pesa sobre sus hombros. La Justicia debería analizar este delicado caso
con total asepsia y con el máximo rigor, sin dejar que ninguna clase de
condicionamientos influyan sobre su criterio en un sentido o en otro.
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Es
cierto que los propios antecedentes del padre Grassi remiten a una realidad
fuertemente conectada con lo mediático, ya que él mismo ha frecuentado largamente
los canales de TV. Pero eso no debe servir de pretexto para que los medios
de comunicación sobreactúen el papel que les corresponde en la difusión
de un caso que, en rigor, debe ser abordado con especial cuidado, justamente
porque trata sobre cuestiones que atañen a la minoridad.
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Como
hemos dicho otras veces desde esta columna editorial, la investigación periodística
tiene límites estrictos que es indispensable observar. De lo contrario,
se corre el riesgo de que la función de los profesionales de la prensa se
confunda con la que es propia de los fiscales o los jueces de instrucción.
Los medios de prensa no deben caer en la tentación de ocupar espacios que
están reservados a los poderes del Estado. Tampoco es admisible que dos
canales de televisión libren una guerra despiadada por el rating, como ocurrió
en estos días, con total olvido del respeto que debe inspirar, en toda ocasión,
el honor de las personas.
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Es
necesario advertir que el tratamiento irresponsable y escandaloso de estos
temas puede llegar a poner en peligro la situación de todos los hogares
de niños y adolescentes que sostienen las instituciones religiosas, en la
medida en que tiende a sembrar la semilla de la desconfianza respecto de
toda acción solidaria que involucre a menores. Esa sola reflexión basta
para que se advierta la magnitud de la responsabilidad que los medios periodísticos
tienen ante esta clase de situaciones.
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