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Opinión Por
Luis Alberto Quevedo La fórmula es fascinante: asesinan a una mujer prestigiosa en su propia casa y la arrojan a su bañera para fingir un accidente; la escena del crimen es prolijamente preparada; la víctima pertenece a una familia de renombre de la que se sospecha, al menos, encubrimiento. Todo ocurre como en “Crimen en el Expreso de Oriente”: en un espacio cerrado (un exclusivo country) y con una lista de sospechosos muy estrecha. Se desconoce el móvil, pero las hipótesis son múltiples y variadas. El arma no aparece, pero se sabe todo sobre ella. El asesino podría ser una mujer y podría vivir allí, pudo también estar en el velatorio, ofrecer sus condolencias y reforzar la idea del accidente fatal. Una escena perfecta para Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Sin embargo, la investigación está en manos de la policía de la provincia de Buenos Aires, a la que se le pidió, el día del crimen, que no interviniera en el asunto para preservar el honor de los García Belsunce. Sólo un hermano y un fiscal desconfiaron de la versión familiar y exigieron una investigación. Pasaron dos meses y sólo se sabe que fue un crimen, pero resulta imposible encontrar pistas sobre el asesino, ni móviles claros, ni los seguros de vida que podrían conducir a los que se benefician con la muerte. No hay detenidos y sólo se sospecha de una mujer vestida de mucama (¿otra vez el mayordomo?) a la que algunos aseguran haber visto en el lugar el día del crimen. Los que hablan (sobre todo su conocido hermano Horacio) transitan los medios explicando que ellos no son encubridores sino que fueron ingenuos. Y la opinión pública se resiste a una versión que coloque a los Carrascosa (banqueros) y a los García Belsunce (abogados) en la categoría de ingenuos. Nada cierra, nada concuerda con los datos que día tras día arroja la investigación. ¿No están acaso todos los ingredientes para que la ciudad se detenga y sólo se hable del crimen más fascinante de los últimos tiempos? Los argentinos, agobiados por las internas peronistas, por la guerra de los medios y por las amenazas de George Bush a Irak, sin fútbol ni leonas que compitan por el oro y con el dólar estable, se inclinaron por desgranar minuciosamente los detalles de esta novela. Se la ha llamado folletín, pero es una policial que concentra casi todas las reglas de la novela inglesa (en el centro hay un crimen perfecto que no revela el enigma de sus motivos), combinada con un toque de policial negra americana (se está siguiendo la “ruta del dinero” y la hipótesis del crimen por encargo) y con ingredientes de la mafia italiana (la familia guarda silencio y quiere preservar, ante todo, el honor). La contundencia de los hechos contrasta con la escasez de los datos. Esta ausencia de certezas que revela la investigación multiplica el espacio de la especulación, de las hipótesis ad hoc, de la imaginería popular, de la fascinación por el caso: puede ser un crimen por pasión, puede ser por dinero, pudo ser una muerte por encargo (pero de alguien que no es profesional) y tal vez el asesino pertenezca al círculo íntimo de la víctima. También hay política y militares (el abuelo de María Marta fue ministro de Hacienda de Onganía) y relaciones con los medios (el hermano Horacio es un conocido periodista). ¿Qué más se le puede pedir a una historia policial? Lo único que resta es que la justicia bonaerense (no Holmes ni Poirot) descifren este enigma y un día veamos por televisión cómo es arrestado un hombre (o una mujer) que confiesa su horrendo crimen y de quien nadie sospechó, de hablar pausado, conducta intachable y finos modales. Como la mayoría de los que habitan en el Country Carmel y el revólver calibre 32. El autor es sociólogo y secretario académico de Flacso
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