| Un
barrio cerrado donde priman el silencio y el bajo perfil
Ayer LA NACION recorrió el lugar, donde no se veía a casi nadie Los socios se reúnen a cenar los fines de semana en el club house y los miércoles juegan al bridge Hay seguridad interna y externa La casa del crimen está herméticamente cerrada Hoy, en el Country Carmel, prima el silencio. En las calles internas del barrio cerrado se ve poca gente caminando. Es cierto también que los vecinos siempre prefirieron la discreción y el bajo perfil, pero como nunca en estos días.
Desde
que se hizo público el asesinato de María Marta García Belsunce, una casa,
la que albergó el crimen, y este country, en el que el misterio se impone
hasta en los rincones, se transformaron en los escenarios centrales del
caso policial más difundido de los últimos meses.
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Ayer,
LA NACION visitó el lugar, situado a la altura del kilómetro 55 de la Panamericana,
en Pilar. Acceder resultó más fácil de lo pensado. Bastó con mostrar un
documento de identidad al personal de la guardia que, armado, controlaba
el ingreso.
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Al
levantarse la barrera, la paz del lugar sólo contrastaba con el canto de
los chimangos. Arboles, arbustos y plantas, a ambos lados del camino, recortaban
la fachada de las residencias, en su mayoría confortables. Cada lote tiene
unos 1250 metros cuadrados y abundan las propiedades con más de uno.
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La
desolación reinaba ayer en Carmel. Contadas personas se veían en las calles
y sólo una vez, en más de dos horas, el cronista se cruzó con un cuatriciclo
de Cazadores, la empresa responsable de la seguridad. El perímetro era patrullado
por una camioneta de doble tracción, al acecho de algún intruso que pretenda
violar el cerco que rodea el predio.
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Bajo
perfil y afinidades
Son
múltiples los servicios que el country, de 89 hectáreas, ofrece a sus
más de 125 socios. Pero los vecinos aseguran que prefieren cultivar el
bajo perfil y limitar su vida social dentro del barrio.
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Quizá
por esta razón ayer a la tarde nadie disfrutaba de las siete canchas de
tenis ni del campo de golf. Tampoco de la pileta cuando salió el sol. Sólo
un grupo de amigas tomaba el té en el club house, donde los fines de semana
amigos y vecinos coinciden para cenar.
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Se
estrechan vínculos, dicen, entre aquellas personas que comparten intereses.
En estos casos, los encuentros suelen estar prefijados.
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El
miércoles, por ejemplo, es el día del bridge: los jugadores se reúnen a
las tres de la tarde y no dejan los naipes hasta las siete. Hasta la muerte
de su mujer, el ex corredor de bolsa Carlos Carrascosa formaba parte del
equipo de aficionados y representaba a Carmel en las competencias contra
equipos de otros clubes cerrados.
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La
casa donde ocurrió el homicidio está situada en uno de los ángulos del country,
junto al cerco perimetral vigilado con sensores que reaccionan hasta con
la caricia de una rama.
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Está
próxima al campo de golf de 9 hoyos y linda con el río Luján.
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La
vivienda tiene dos plantas, techos de pizarra negra del que sobresalen las
chimeneas de los hogares a leña. Uno de ellos está en el dormitorio de la
planta alta, junto al baño donde se cometió el asesinato.
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Carrascosa
y su mujer fueron de los primeros en mudarse a Carmel, hace aproximadamente
veinte años.
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Se
instalaron en la casa edificada a su gusto sobre un terreno de 2500 metros
cuadrados.
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Desde
la calle interna del club esconde más que lo muestra. Una arboleda tupida
cubre el frente de la casa, construida para que las miradas indiscretas
no puedan penetrar en la intimidad del parque y de la pileta.
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La
residencia, ayer, estaba completamente cerrada, aunque el jardín parecía
muy cuidado, al igual que la pileta. Carlos Carrascosa se mudó días después
de que la autopsia determinó que su esposa no había muerto en un accidente
al resbalar en la bañera de hidromasaje, como se pensó en un principio,
sino que fue asesinada de cinco balazos. Ahora, el ex corredor de bolsa
vive con su suegro, Horacio García Belsunce, presidente de la Academia Nacional
de Derecho, en un departamento de Palermo. |
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