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Muchas hipótesis pero pocas pruebas: Crimen pasional. Oscuros manejos
financieros. Venganza. Encubrimiento. Hasta ahora, la única certeza es
que a María Marta le pegaron 5 tiros en la cabeza y mucha gente complotó
para que pareciera “una muerte natural”. Si los peritajes no hablan y
nadie se quiebra, habrá otro caso Perel
30
de diciembre de 2002 - A
dos meses del misterioso homicidio de María Marta García
Belsunce, mucho es lo que se ha escrito y hablado, pero lo cierto es que
no existe una sola prueba que enfoque las sospechas hacia una o más
personas. La posición del fiscal Diego Molina Pico no parece para
nada envidiable: presionado por los medios y por la propia Policía
para que ordene por fin alguna detención, el viernes pasado le
pidió al jefe de la DDI de San Isidro, Aníbal Degastaldi,
que se llame a silencio.
Más allá de que algunos jueguen el rol de Sherlock Holmes,
Molina Pico y la Justicia necesitan de evidencias y no de especulaciones
para colocar a alguien tras las rejas, dictarle la prisión preventiva
y llevarlo a un juicio oral.
En síntesis, para que la investigación avance se requiere
que los expertos de la Policía Científica confirmen si es
posible identificar al dueño de las huellas digitales-tres dedos
y la palma de la mano-sobre la sangre hallada en la casa del country Carmel
de Pilar. Hasta ahora unos diez familiares y amigos de la víctima
aportaron muestras de las suyas para cotejarlas con las colectadas en
la escena del crimen.
Otra información vital para la pesquisa podría ser el resultado
de los peritajes realizados a los seis revólveres calibre 32 secuestrados
la semana pasada entre propietarios del country, y a las armas de la íntima
amiga de María Marta, Carmen Piazza.
La fiscalía también espera a que esta semana se le informe
de qué grupo era la sangre encontrada en un sillón ubicado
justo al lado del dormitorio, donde (increíblemente) en las horas
posteriores al asesinato se sentaron por lo menos seis personas sin que
ninguna advirtiera las inequívocas manchas rojas.
Si las huellas no concuerdan con ninguna de las colectadas en la causa.
Si ninguno de los revólveres es el que se usó para acribillar
a la socióloga. Si la sangre es de la víctima. Y si nadie
se quiebra, lo único que pueden probar los investigadores es que
existía una organización dedicada a truchar
certificados de defunción para ocultar muertes violentas y que
los familiares de la víctima fueron muy ciegos o muy hábiles
para simular un accidente.
Los testimonios de uno de los médicos que acudieron al country
a poco del hallazgo del cuerpo, del camillero de Casa Sierra, y de dos
mucamas de la familia, apuntan en la misma dirección: algunos miembros
del clan García Belsunce quisieron que la muerte apareciera como
natural.
¿Por qué? Las posibilidades son tres: están directamente
implicados; intentan encubrir a alguien; o pretenden esconder la basura
debajo de la alfombra. Es decir, el homicidio pudo destapar
una olla que huele verdaderamente mal, como ocurrió con el crimen
(perfecto) del matrimonio Perel, perpetrado el 4 de febrero de 2001 en
una coqueta cabaña de Cariló.
Igual que el de María Marta, aquel caso ocupó las primeras
planas de todos los diarios y varias horas de televisión a lo largo
de un par de meses, investigación que apenas sirvió para
ventilar la increíble vida de Mariano Perel.
A este verdadero cerebro de las finanzas se lo vinculó con una
compleja trama de lavado de dinero, relatos de extorsiones, triangulaciones
de divisas y hasta espionaje internacional. Lo único que quedó
claro es que a Mariano Perel y a su esposa Rosa Berta Golodnitzky los
ejecutaron de un balazo en la nuca, que se trató de un crimen mafioso,
y que sus autores pueden estar tranquilos: es casi una certeza que sus
nombres no se conocerán nunca y que el caso prescribirá
como impune.
A dos meses de la muerte en el country, a María Marta ya se le
adjudicaron (veladamente) inclinaciones lesbianas, y a su esposo Carlos
Carrascosa se lo investiga por su relación con los hermanos Rohm,
involucrados en una causa de fuga de capitales a través del Banco
General de Negocios.
Estas hipótesis pueden conducir al móvil, y de su mano,
al homicida. Pero como sugería el genial Conan Doyle, las evidencias
colectadas en la escena del crimen hablan por sí mismas. Lamentablemente,
los peritajes llegaron después de varias semanas y algunos litros
de agua con detergente.
Dos métodos distintos El
fiscal que investiga el caso García Belsunce optó por la
cautela. Absorbió las presiones policiales para producir detenciones
y las condicionó a los resultados de las pericias.
"Se
puede detener a varios sospechosos e interrogarlos por el homicidio, porque
hay elementos suficientes. Y después se analiza cada caso",
le reprochó en voz baja una fuente policial.
Ese
criterio se emparienta más con el utilizado por el juez porteño
Julio Lucini, que investiga las irregularidades derivadas de la confección
del certificado de defunción de García Belsunce.
Lucini
ordenó rápidamente un serie de detenciones y pasó
a los interrogatorios. Por esa causa quedaron presas tres personas: el
médico que firmó el certificado sin ver el cadáver
y dos empleados de la empresa funeraria.
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