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"Tumberos"
TELEVISIÓN
: EL FINAL DE TUMBEROS
Lo
sublime y lo prosaico
La
miniserie de Adrián Caetano fue uno de los acontecimientos televisivos
del año. El director tuvo la destreza para poner la imagen al
servicio de una idea. Pero contó una historia que se mostró,
por momentos, errática. (Por Luis Maria Hermida, especial para
Clarin)
El principio del capítulo final de Tumberos, que fue emitido
el lunes a las 22 por América, mostró las secuelas del sangriento motín
del lunes anterior que, bajo la marketinera consigna de "la batalla
final", había mostrado una vez más —por si hacía falta—
la destreza de Adrián Caetano para poner la imagen televisiva al servicio
de una idea, ese bien tan preciado como escaso en la ficción de la pantalla
chica.
La feroz matanza en que derivó el motín encabezado por "El seco" (Alejandro
Urdapilleta) y su mano derecha, el ex abogado Ulises Parodi transformado
en "Belgrano" (Germán Palacios) regó el penal —y la pantalla—
de cadáveres, sangre y desolación. Tan sólo cuatro sobrevivientes, del
lado de los amotinados, habrían de pelear entre las sombras y la desesperación
en este último capítulo por ganar la calle. Tres lo habrían de lograr,
aunque el negro "Chuenga" (Diego Alonso), mortalmente herido, no sobrevivió
para disfrutarlo. "Belgrano" y "Cabeza", por separado, fueron los únicos
que, finalmente, pudieron sobrevivir a la tumba.
El capítulo final mostró la misma ecuación que atravesó toda la miniserie:
la exuberancia visual, por un lado, y las "situaciones-guiño" rayando
con lo genial, por otro, superando largamente a la historia por contar.
Una historia que, en definitiva y a lo largo de los once capítulos,
se mostró, por momentos, errática, para terminar haciendo gala de una
escasa consistencia.
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AMOTINADO
GERMAN PALACIOS, EN LA PIEL DEL ABOGADO QUE LOGRA ESCAPAR DE
LA TUMBA. ¿CUANTOS PROGRAMAS DE TELEVISION SON CAPACES DE GENERAR
UN DEBATE DE IDEAS DE LA RIQUEZA DE TUMBEROS? (Foto: Raúl Romero)
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Cuando se agotó el personaje "cárcel", con toda la riqueza que encerraba
el ámbito y del que tan buen partido sacó Caetano en los primeros cuatro
o cinco capítulos, la miniserie crujió y si no se "partió" fue porque
puede que Caetano no tuviera una historia fuerte —en términos
de estructura dramática— entre manos, pero lo que sí tenía era
una idea. Una idea de televisión que encerraba una idea de imagen, una
idea de estética, una idea de riesgo. Se podrá acordar o no con esa
idea. Discutirla, analizarla, objetarla, ensalzarla o criticarla (¿cuántos
programas de televisión son capaces de generar un debate de ideas de
la riqueza de Tumberos?), lo único que no se podrá hacer es ignorarla,
porque el programa, más allá de apologistas y detractores, resultó uno
de los hechos televisivos del año.
En este último episodio, como ocurrió a lo largo de toda la miniserie,
también convivieron lo sublime con lo prosaico. La secuencia en la que
el sargento Galtieri (Roly Serrano) y un grupo de hombres, mandados
por el coronel a cargo de la represión a encontrar sí o sí a Parodi,
rastrillan el penal con música de... ¡Los Chalchaleros! ha de estar,
sin ningún lugar a duda, entre los dos o tres mejores momentos del año
televisivo. La "fuga" final de Parodi, transformándose en solo una escena
de Bruce Willis al final de cualquier Duro de matar, en un pelado tan
prolijo como inofensivo que gana la calle caminando como Pedro por su
casa, no pareció ser una idea a la altura de las circunstancias y de
la miniserie.
TELEVISION:
COMO SE FILMO EL MOTIN DE TUMBEROS
Los
colores del encierro
Estuvimos
durante la filmación del anteúltimo capítulo,
Caballos Salvajes, que se emite hoy. El motín, pensado como
una gesta libertaria, tuvo su toque tierno. Adrián Caetano,
el director, se ausentó una hora y media del rodaje: su hija
tenía el acto del colegio.
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LISTO
PARA LA GUERRA .GERMAN PALACIOS, ALIAS ULISES PARODI, LANZA
EN MANO, PREPARADO PARA RODAR EN LA TERRAZA DE CASEROS. A LA
DERECHA, UNA FOTO DE GRACIELA ALFANO QUE DEJO UN PRESO EN LA
PARED DE UN PABELLON.
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Cualquiera que haya pasado el jueves 5 a las tres de la tarde
por Pichincha al 2000 se habrá encontrado con la siguiente escena:
un grupo de presos sentado en una larga mesa en la vereda, afuera
del bar El refugio, enfrente de la ex cárcel de Caseros. Todos con
sus cabezas rapadas, algunos con pañuelos o vendas ensangrentadas,
comen choripanes, gritan, hacen bromas y toman gaseosas o cerveza.
Adentro, el bar está lleno de uniformados de distintos colores: guardiacárceles
de celeste, grupos comando de negro, militares de verde.
Al grupo se une un hombre, el torso desnudo, el pantalón desgarrado,
un muñeco de peluche sucio colgado del cinto, lleno de cicatrices,
con un tatuaje en la espalda que dice Belgrano, un caballo
sobre el pecho, un ancla en un brazo. Tiene un corte mohicano, pero
sutil. Es Germán Palacios, alias Ulises Parodi después de la transformación,
desde el abogado yuppie que cae en la cárcel por un crimen que no
se sabe si cometió, pasando por el pichi al que le tiran
un muerto, hasta ganarse el título de tumbero. Tiene un look que recuerda
vagamente a Robert De Niro hacia el final de Taxi Driver o
a Martin Sheen en Apocalipse Now.
"Es un corte de pelo guerrero piojoso", dice Palacios a Clarín.
"La cárcel lo ha limado a Parodi. Cuando la serie empezó con Adrián
se habló de contar la transformación del personaje, alguien que no
valora lo familiar y en la cárcel su hija se convierte en su obsesión.
Ahora aparece el guerrero: Parodi pasó a ser Belgrano"
Con la entrada de Palacios en escena queda claro que se trata de un
descanso en el rodaje de Tumberos. Que los presos sentados
ahí son extras a punto de participar de un motín de ficción. Que los
tatuajes de Palacios son de gena sintética. Que todos están rapados
porque en la ficción hubo una epidemia de piojos. Y que los supuestos
policías tampoco están pensando en reprimir. Clarín estuvo
allí durante la filmación del anteúltimo capítulo de Tumberos,
"Caballos salvajes", que se emite hoy. Pasaron dos años y El Seco,
secundado por Parodi, lidera el motín, pensado por él como una gesta
libertaria.
Muchos de los extras son del Grupo de Teatro Vocacional de la Villa
21 de Barracas, que dirige Julio Arrieta y aportó cerca de 40 personas,
incluidos chicos. Como Ramón Piedrabuena, "el pintor del pabellón,
que hizo el retrato de Willy". Martín Linares, que explica la diferencia
entre un tatuaje tumbero, el "escracho", y el tatuaje artístico. Y
lo ilustra con el cuerpo de su compañero Ramón, que tiene de los dos.
O Raúl Verón, que dice: "sabemos que somos portadores de cara".
De pronto entra en escena el director de la tira que termina el lunes
23, Adrián Caetano, da algunas indicaciones y se va. Avisa que en
una hora y media vuelve: es el acto de fin de año del colegio de su
hija.
Por eso, minutos más tarde la filmación arranca sin él en la terraza
de la Unidad 16 del Servicio Penitenciario Federal, "Caseros Vieja".
Esa terraza que fue testigo de violentos motines, ahora es escenario
de una sublevación ficticia, donde los presos han tomado una fosa.
Adentro está Walter (Daniel Valenzuela) con otros. Sobre una mesa
hay facas. "Son réplicas en madera con pátinas tomadas de los modelos
del Museo de Penitenciaría", explica Marcelo Piñeiro, uno de los productores,
junto con Bettina Brewda. El será quien haga la "visita guiada" a
Clarín por la cárcel.
El asistente de Caetano, Nicolás Parodi —que le "prestó" su
apellido al protagonista—, toma la posta. Da letra a los actores:
"Walter quiere tomar la terraza. Vos, Germán, decís que El Seco quiere
que todos nos reunamos en el 9".
La maquilladora pinta los dientes y rocía con sudor falso a Palacios,
que con su lanza entra a la celda, junto con Mayonesa, el Panadero
(Fernando Sureda), y el Negro Martínez (Marcos Martínez). "Nos juntamos
en el 9 en 15 minutos". Llega el director. Se filma.
La próxima escena será adentro. Diego Alonso y Rolly Serrano están
de visita. Más tarde llegará Alejandro Urdapilleta. "A veces sentís
mucho el encierro", dice El Seco, "además se te empieza a pegar el
lenguaje tumbero. Entonces hablo con la maquilladora y ella también
está hablando de fierita" (risas).
En los pasillos de paredes descascaradas se amontonan colchones, almohadas,
muebles viejos, toallas ensangrentadas, una heladera... Un joven baldea
el piso donde se colocaron baños químicos. En los pabellones vacíos
conviven fotos de Graciela Alfano, Gabriela Sabatini y Fangio. Zulemita
Menem con Scioli adorna la pared de una ducha, estampas de la Virgen
y rostros de Cristo cubren un armario de metal. La producción agregó
un motociclista y un par de boxeadores para el rincón de un preso
gay. Hay graffitis que dicen "Libertad para el pabellón 6", "Dios
vive", "Me quiero ir". Un estudiante de Derecho usó la pared de pizarrón.
En el Pabellón 9, tres cámaras siguen a Parodi, que arenga a sus tropas
de convictos desde arriba de una jaula de rejas. Antes, Caetano se
ha subido a ese mismo lugar para explicar: "La situación es así: hace
un mes que venimos peleando. Perdimos contacto con los del sótano.
Hay un grupo de gente que dice ''loco, basta de pelear, negociemos''.
Hay rumores de que el Seco murió. Los jefes de rancho nos controlan
para que no nos vayamos a la concha de la lora. Pero estamos así,
con bronca, con los cuchillos en alto".
Hace calor ahí adentro. Y la sensación de encierro aumenta. Caetano
pide botellas de agua. Y "cigarrillos para la gente. A rolete". Hay
extras parados sobre las patas de un catre, con remeras en la cabeza,
otros sentados en colchones. Una bandera negra y roja con la inscripción
Agustín Tosco Propaganda cubre una ventana.
Al grito de "acción", comienza el rumor entre los extras, que va in
crescendo, hasta que Parodi se impone: "Muchachos, la situación
es así. El sótano, perdimos contacto, la planta es nuestra, el objetivo
es ganar el patio". Caetano pide corte. Le da indicaciones a Palacios:
"Lo que tenés que decir es lo del Seco"
Después, se dirige a todos: "Cuando habla un compañero quiero que
escuchemos". La escena termina con todos los presos saliendo desenfrenados
del pabellón, lanzas en alto.
"Este capítulo lo pensé como una película de guerra. Los presos parecen
indios, y tiene también algo de género de aventura. No se ve mucha
sangre", dice Caetano con un pedazo de pizza en la mano en el camarín,
mientras los extras hacen fila por un sandwich y una gaseosa en el
patio del penal, más parecido a un circo romano que a un lugar de
recreo.
Según dijo a Clarín el productor ejecutivo, Pablo Culell, el
capítulo 10 demandó seis jornadas de doce horas (24 horas más que
los demás capítulos) y costó 70 mil pesos (20 mil más que los otros).
Será una revolución a dos puntas. Habrá enfrentamientos cuerpo a cuerpo.
Habrá armas blancas y disparos. Habrá fuego. Estará la televisión
en la calle, transmitiendo en estudios, mostrando imágenes (las reales
serán de archivo, las ficticias, del motín). Habrá humor para descomprimir
el horror. Habrá críticas a las instituciones. Será, sin duda, un
capítulo polémico. Habrá que verlo.
Gabriela Saidon,
Clarin, 16 de diciembre de 2002
Más
y menos Sebastián
Ortega es productor general de Tumberos y gerente artístico de
Ideas del Sur. Está impactadísimo con el motín: "Nunca
había hecho en TV un despliegue tan impresionante, con 200 extras.
Para Caetano fue como comandar un ejército... o dos (policías
y presos). Creo que es lo mejor de la serie, lejos."
"¿Los
exteriores? No me pareció que estuvieran a la altura de la cárcel,
pero todos asumimos muchísimos riesgos, algo que trae cosas brillantes
y algunas debilidades de relato. Tumberos se animó a ir a un extremo
en cuanto al relato, actuaciones, ambientación, lenguaje. Nos sirvió
para romper las estructuras televisivas. Fue trabajar con muchísima
libertad al lado de un genio, que es Caetano".
Elogio de la cárcel El
motín devolvió Tumberos a la cárcel, el lugar de donde
tal vez la serie no debió alejarse tanto. En la idea original de
Sebastián Ortega, afuera solo iba a materializarse lo que los presos
imaginaban durante las visitas. Adrián Caetano prefirió ir
(al) más allá. El mismo dice que la cárcel se le agotó
en el capítulo cuatro, que necesitaba contar otras cosas, que los
sueños eran el complemento necesario. Pero además hay un motivo
extra-guión: el encierro. La sensación de opresión
que provoca Caseros hizo que el realizador pensara formas de sacar a los
equipos a la calle, a hacer exteriores, o en todo caso, interiores más
agradables. Es decir, aquello que los presos reales solo pueden soñar,
la ficción pudo resolver. Y eso es interesante.
Pero el
producto afuera no fue tan bueno como el de adentro. Tal vez porque los
ritos macumberos provocan otra clase de encierro en el espectador, que
hubiera preferido más luz fuera de la cárcel. O porque los
experimentos con distintos géneros no siempre resultaron parejos.
O porque por momentos la historia pareció encerrarse en sí
misma, volverse a veces críptica. Por eso, paradojalmente, la vuelta
a la cárcel es un respiro.
Lo
que hay que saber
¿Cuáles
son las intenciones del diputado Durán?
Poder. Está en un nivel en que la lógica, la justicia y
otros valores se pierden. Funciona como los jefes de logias secretas o
de sectas extrañas.
¿Por
qué se ensaña con su sobrino, Parodi?
Porque Ulises no acata las reglas del grupo. No acepta sacrificar a su
hija, condición para entrar (la bruja que es Mirta Busnelli ha
matado a su propia hija). Recibió beneficios pero no dio nada a
cambio.
¿Por
qué Lorena (Belén Blanco) entra en la secta?
Por ingenua. Le lavaron la cabeza. En realidad quiere salvar a Parodi,
y termina pagando con su vida.
¿Quién
es David (Gastón Pauls), además de la pareja de El Seco?
Está enamorado de un idealista con un pasado revolucionario y arma
afuera un grupo anacrónico de universitarios para organizar una
revolución paralela a la liberación que pretende el Seco
de los presos.
¿Cuál
es el negocio entre El Seco y Astrada, el guardiacárcel?
El que hay entre los jefes en las cárceles. Así, El Seco
consigue el dinero para financiar la revolución afuera.
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