Sección 3
Otros escritos de este período
El antídoto contra el temor:
la prudencia, la confianza y la fe
Noviembre de 1959
sta Conferencia se abrió recalcando los temas de la prudencia, la confianza y la fe, y éstas han sido las actitudes que han caracterizado todas sus sesiones y debates. En esta reunión, por lo tanto, la confianza ha abundado entre nosotros y nos hemos librado de casi toda inquietud o temor. Para decir verdad, todo se ha desenvuelto con tanta tranquilidad que nos sentimos algo aburridos por la falta de la acostumbrada emoción de los debates acalorados y "los puntos de vista alarmistas de los preocupados por el bien de la Comunidad."
No obstante, hemos conocido la emoción; una emoción más sana, de otro género o especie. Por ejemplo, me sentía muy gratamente emocionado al ver la diligencia, la disciplina y la dedicación con las que esta asamblea, durante largos días, se ha puesto a realizar un montón de trabajos rutinarios, pero muy necesarios. Me alegro muchísimo oírles a ustedes, los delegados, agradecida y repetidamente rendir homenaje a la gente de sus áreas - los centenares de miembros de comité y los millares de representantes de servicios generales, cuyos aunados esfuerzos han sido, y siempre deben ser, la base fundamental sobre la cual descansa seguramente nuestra estructura de servicio mundial, y todos nuestros trabajos. La dirección de los servicios de AA, según ustedes, no es asunto únicamente de los delegados y de los custodios; tiene que ser la responsabilidad de la gran generalidad de los miembros - y ya lo es.
Además, nos han sido gratas las noticias que vienen llegando de todas partes de nuestra Comunidad, que indican que la confianza que tenemos en nuestros servicios mundiales, así como en nuestros servidores, va creciendo; y que los temores de antaño casi han desaparecido. Estos son algunos de los sanos motivos que tenemos para sentirnos emocionados en esta extraordinaria Conferencia de 1959.
Está todavía fresca en mi memoria, la risotada que uno de los delegados produjo al ponerse de pie en una de las sesiones y decirme a mí: "Bill, la noche que llegamos aquí, todos escuchamos tu pequeño sermón convincente acerca de la confianza y la fe. Ahora bien, qué me dirías si te dijera que en nuestro rincón del país, teníamos a un compañero encargado de servir como tesorero de una reunión bastante grande e importante; que en cuanto se habían vendido las entradas y se había ingresado el dinero en nuestra cuenta bancaria, dicho compañero se encontraba con una sed insaciable, retiró todo el dinero del banco y se lanzó en una parranda a campo traviesa - una juerga de mil mi lías de larga." Todos recordamos cómo sonreían los delegados mientras él hablaba, y cómo, cuando terminó, nos tronchamos de risa.
Hubo una época, hace años, en la que ese tesorero sediento desfalcador podría haber minado grandemente nuestra confianza. Qué bien recuerdo la primera vez que sucedió. Recuerdo también el asombro y consternación que me causaba cuando uno de mis amigos más íntimos se puso a atacarme despiadadamente, porque no le gustaba mi manera de actuar. Recuerdo esas primeras rupturas de anonimato ante el público, y todos los temores y violentas controversias que entrañaban. Tales eran las alarmas de los primeros años de AA. Teníamos miedo de no poder mantenernos sobrios; teníamos miedo de que nuestro grupo no pudiera sobrevivir; teníamos miedo de que AA se fuera abajo.
Pero los tiempos han cambiado. Lo que antes nos hacía morirnos de miedo, ahora nos hace morirnos de risa - por ejemplo, la historia del tesorero errante. Creo que en este relato encontramos algunas cosas muy buenas. Consideremos: en nuestra risa no había ni pizca de desprecio o ira. No había la menor idea de imponer castigos; y dudo que se le hubiera ocurrido a nadie de entre nosotros tildarle de ladrón. En esa risa había una comprensión compasiva, un reconocimiento de que cualquiera de entre nosotros sigue siendo capaz de una parecida locura. Por haberlo comprendido tan bien, nos resulta fácil perdonarlo. También, por supuesto, nos dio risa pensar en lo estupefactos que se quedaban nuestros compañeros, organizadores de la convención, al tener las noticias y encontrarse de repente sin un céntimo; pero creo que nuestra risa tenía una significación mucho más profunda.
Estoy seguro de que, en realidad, nos reíamos de nosotros mismos, y de nuestros viejos y exagerados temores. Nos alegrábamos de que hubieran desaparecido. Se había desvanecido el espantoso temor del perjuicio que nos pudieran causar a todos nosotros los errores o el comportamiento de un solo compañero, así como el viejo temor de que las presiones y conflictos del mundo a nuestro alrededor pudieran invadir y destrozar a AA algún día. Creo que nos reíamos porque nos sentíamos liberados de todo temor, y libres. Habíamos dejado de dudar de nuestra seguridad colectiva.
Estas reflexiones me llevan a otra idea, y otro motivo de consolación. Parece ser verdad que, en cuanto a casi todas las naciones y sociedades, el comportamiento colectivo a menudo ha sido peor que el comportamiento individual de sus miembros. Por ejemplo, en el mundo de hoy, muy contados son aquellos que ansían entrar en guerra. No obstante, numerosos países anhelan las conquistas y los conflictos armados. Los países celebrados por la honradez individual de sus ciudadanos falsean sus libros de contabilidad, provocan la inflación de su dinero, cargan a su población con deudas que nunca se pueden pagar, y hacen todo tipo de propaganda fraudulenta. Incluso las grandes religiones, como organizaciones, en total desacuerdo con sus propias enseñanzas, se han comportado con una violencia e intolerancia que la mayoría de sus adherentes no se imaginaría, ni soñando, imitar en sus vidas particulares. La masa hace todo tipo de cosas que los individuos que la componen rara vez harían a solas y por su propio motivo.
Aunque no nos corresponde hacer un inventario moral del mundo con ningún sentimiento de orgullo ni de superioridad, creo que es justo y oportuno hacer notar que los AA, hasta la fecha, hemos manifestado un comportamiento colectivo que es tal vez superior a nuestra conducta individual. En nuestro caso, parece que el todo es algo mejor que la suma de las partes. Somos más bien una pandilla de gente agresiva y sedienta de poder. No obstante, AA como un todo, no ha reñido con nadie. Como individuos, nos gusta el dinero, pero mantenemos pobres las tesorerías de nuestra Comunidad. Nos gusta el prestigio pero, de alguna u otra manera, nos mantenemos anónimos. Como individuos somos propensos a ser agresivos; pero nuestra Sociedad no es agresiva y no se mete en asuntos ajenos.
En pocas palabras, formamos un contraste inusitado con el mundo que nos rodea, y esperamos fervientemente seguir así. En esta época peligrosa, tendremos una constante necesidad de este tipo de prudencia colectiva. Más que nada, esta prudencia garantizará nuestra eficacia, nuestra seguridad y nuestra supervivencia.
Nuestra prudencia colectiva en cuanto al dinero, la fama y la controversia - derivada por supuesto de nuestras Doce Tradiciones - ha seguido ganando una multitud de amistades para AA y, de igual importancia, no nos ha hecho ningún enemigo. Que este proceso benigno, dentro y fuera de nuestra Comunidad, nunca llegue a su fin.
Como esta magnífica Conferencia nos ha enseñado, la ausencia del temor ha dado paso a la sabiduría y a la prudencia; la prudencia nos ha conducido a la fe y a la confianza - confianza en nuestros semejantes, confianza en nosotros mismos, y confianza en el amor de Dios.