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Mi nombre es Elena

Mi nombre es Elena, y soy alcohólica. Al igual que la ma­yoría de nosotros, llegué a A.A. por el camino duro. Sabia que tenía un grave problema con la bebida un año antes de tener que hacer algo al respecto. Un hombre había muerto y yo me encontraba acusada de homicidio involuntario.

Al principio me decía: "Es demasiado tarde ahora. ¿Por qué no morir bebiendo?" Ya había intentado morir varias veces - ¿por qué no hacerlo ahora? Por la gracia de Dios, estoy viva hoy. Debe de haber sido Su voluntad, porque yo no tenía la voluntad de vivir.

La única razón por la que quena ser puesta en libertad bajo fianza era para poder comprarme una botella de sedantes y otra botella de whisky - y esa vez tendría el buen sentido de no llamar a nadie para pedir socorro.

Mi abogado se dio cuenta de mi lamentable estado de ánimo y llamó a mis hermanas para advertirles, y cuando fui liberada bajo fianza, una hermana mía estaba allí espe­rándome para evitar que me hiciera daño. Fui a la ciudad de Nueva York para alojarme con ella hasta que mi aboga­do decidiera lo que hubiera que hacer. Ella tiene el mismo problema con el alcohol que yo, y, en ese entonces, ninguna de las dos queríamos admitirlo. Empezamos a tener viciosas peleas familiares. Muy pronto me vi más dispuesta a pasar el tiempo de espera en la cárcel, que pasarlo con ella.

En vez de esto, encontré un apartamento para mi sola. El tiempo que pasé en soledad fue una bendición. Bebía todavía, pero sin las presiones extraordinarias, bebía mucho menos. Los siguientes meses los pasaba reflexionando sobre mi mis­ma, preguntándome por qué estaba donde estaba. Siempre había participado enérgicamente en las actividades de mi comunidad y la gente me había tenido mucho respeto hasta que conocí a un hombre, muy bebedor, y empecé a desbo­carme bebiendo. Echaba la culpa de todo a esa aventura desgraciada.

En julio volví a Florida para colaborar con mi abogado en la preparación de mi defensa. El hombre con quien había tenido relaciones estaba muerto, y yo me encontraba metida en un buen lío. Mi abogado me envió a un siquiatra. La pri­mera vez que lo vi, me dijo que era alcohólica. Volví a casa y brindé por su perspicacia. En otra ocasión, me dijo que nadie podría haberme hecho tales cosas a mi - que yo le había permitido hacérmelas. Dondequiera que recurriera, estaba perdiendo mis excusas. Tenía que hacer frente al hecho de que yo era la única responsable. Era difícil hacerlo. Cerré cada sesión con un trago.

¿Por qué dejar de beber? Sin duda tendría que dejar la bebida cuando estuviera en prisión, ¿por qué resistirla ahora? Cada vez que me emborrachaba, quería tomarme una botella de sedantes. Pero recordaba ver a mi hijo deshaciéndose en lágrimas la última vez que me tomé una sobredosis. Y cómo mi hija se fue a vivir con su padre por estar harta de la miseria en casa.

Mi siquíatra era paciente y estaba siempre a mi disposi­ción. Creo que por fin decidí dejar la bebida para complacerle a él. Lo hice tres meses antes del penoso proceso, y me di cuenta de que sobria podía enfrentarme mejor con la pesadi­lla. Era todavía horrible, pero, por lo menos, podía controlar el impulso de suicidarme.

Entonces, empezaba a preguntarme si sería posible en­frentarme con la vida (una vida normal) sin beber. ¿Qué haría en una fiesta? Todos mis amigos bebían. O casi todos. Tenía algunos amigos que eran alcohólicos que no bebían (miembros de A.A., por supuesto). En aquel entonces, vivía cerca de la playa y toda la gente playera era muy fiestera. Empecé a tomar tónica con limón, sin alcohol. ¡A nadie le importaba en absoluto! Todavía me podía divertir. Todavía tenía amigos. Se desvaneció otro temor.

Tenía apoyo tanto de mis amigos que bebían como de los que no bebían. Todos se preocupaban por mi. Por primera vez en mi vida, tenía suficiente confianza en mis amigos como para apoyarme en ellos. Y nadie me volvió la espalda. Empe­zaba a tener largas conversaciones con mis amigos de A.A., quienes estaban a mi disposición las 24 horas del día. Por fin, dejé que una amiga me convenciera para asistir a una reunión. Lo hice para quitármela de encima. Una vez más, me sorpren­dió la compasión y calor que allí encontraba - y algunos incluso sabían que yo iba a ser juzgada por asesinato.

Me di cuenta que era yo la que había rechazado a la gente durante toda mi vida. Empezaba a ver que realmente yo les gustaba a otras personas y que no estaban tratando de apro­vecharse de mí. Ahora, no tenía más que darles sino a mi misma.

Fui procesada y declarada culpable de homicidio involun­tario. Ahora estoy en prisión, y he pasado por los períodos previsibles de tensión emocional - el temor, los remordi­mientos, la desesperación. Luego me uní al grupo de A.A. de la prisión. Allí recibí un tremendo apoyo moral de los oradores visitantes de afuera. Pero todavía me sonreía cínicamente cuando les oía decir que las cosas mejorarían si entregara mis problemas a Dios. ¿Cómo me podía ayudar Dios donde yo estaba? No iba a liberarme de la prisión. No iba a hacer callar a estas 80 mujeres del dormitorio para que yo conciliara el sueño - ni evitar que robaran o pelearan o insultaran. Dios puede estar en todas partes, pero yo no Lo veía aquí adentro.

Entonces empezaba a resignarme a mis circunstancias es­pantosas. Seguía asistiendo a las reuniones y a los servicios religiosos, esperando algo - sin saber precisamente qué. Era escéptica, pero las palabras me sonaban bien. Y en realidad empezaba a sentirme un poco mejor, y a sonreírme de vez en cuando. Incluso empezaba a tener sentimientos más bonda­dosos para con estos animales aquí. Y entonces, descubrí que dichos "animales" tenían nombres y emociones y temores - al igual que yo. Empezaba a consolarías a algunos y a preo­cuparme por ellas y a ofrecerles consejo. Y me olvidaba de mi misma por un rato. El consolarías me consolaba.

Un día, tenía que escribir una carta y mencioné que me quedaba muy poco papel. De repente, tenía una cantidad suficiente como para escribir un libro. Dos o tres reclusas vinieron y me dieron papel de su propia ración. No estaba esperándolo - ni siquiera veía a una amiga acercarse a mi. Allí habían estado, llamando a la puerta. Y yo tenía miedo de contestar. Abrí la puerta.

Ahora las cosas están mejorando. Mis amigas aquí me consuelan, y mis amigos de afuera hacen lo que pueden. Voy aprendiendo a vivir como A.A. lo sugiere en los Doce Pasos, y esto hace la vida mejor para mí y para aquellos que viven conmigo.

Voy desarrollándome en aspectos de mi vida en que tenía que desarrollarme, y cuando salga de aquí, tendré la fortaleza suficiente como para sobrevivir. Gracias a Dios, a A.A., a la iglesia, a una hermosa familia y muchos amigos maravillosos, voy a lograrlo ahora - un día a la vez.

H.P., Florida

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