De repente. el programa cobró vida
Ya hace nueve años que conozco A.A. No recuerdo las circunstancias de mí primera reunión pero sé que tenía un problema con la bebida.
A la edad de 15 años, la bebida significaba tanto para mí que cuando mi novia tiró mí botella por la ventana del coche, me tiré del coche para salvarla sin siquiera pensar en que estábamos en la autopista viajando a unas 50 millas por hora. Por esa pequeña botella pagué con una pierna rota, una conmoción cerebral y una convalecencia de seis meses. En aquel entonces, no veía ninguna relación entre la bebida y lo que estaba sucediendo en mi vida. Ahora, puedo ver que mis problemas, así como mi forma de beber, estaban empeorando.
Tenía sólo 13 años cuando empecé a beber. A la edad de 15 años, físicamente, la bebida ya me estaba infligiendo perdidas graves. A 16 años, me estaba metiendo en problemas con la policía. La gente me consideraba un muchacho bueno; pero cuando bebía era conocido como un muchacho con problemas, por no decir más.
Raramente me quedaba en casa. Estaba todos los días en los bares, y en lugares extraños a horas extrañas. Por ejemplo, si tenía ganas de comerme una sopa ebina a las dos de la mañana, pronto me encontraba en la cocina del restaurante chino del barrio, cocinando. La mayoría de las veces, la policía también me encontraba echando sangre por las heridas que tenía por haber entrado por la vitrina del restaurante. Esto la policía 10 llama allanamiento de morada. Otra costumbre que tenía, si tenía necesidad de un trago y los bares estaban cerrados, era romper la vitrina de alguna tienda de licores y llevarme un par de botellas. La policía lo llamaba robo con fractura.
Después de haber sido arrestado unas seis veces, fue el parecer de los tribunales que era hora propicia de que yo cumpliera una condena. Me sentenciaron a tres años. Cuando llegué a la institución, al norte del estado de Nueva York, vi a mucha gente con quien me había asociado en mi barrio. No me había dado cuenta de que tenía un circulo de amistades tan limitado.
Mientras estaba en prisión, hacía lo mío y bebía diariamente. Tenía un buen trabajo, que me deparaba la oportunidad de fabricar la suficiente cantidad de aguardiente casero para que me durara durante mi estancia. Cumplí dos años de mi sentencia y salí no más sabio que cuando entré.
De alguna forma, me enteré de A.A. y decidí probarlo. La gente que conocí en las reuniones era muy simpática. Me gustaba lo que tenían que decir y cómo lo decían. No obstante, no estaba listo para rendirme. Creía tener algunas fiestas más que celebrar. Durante unos cuantos años, entraba y salía de A.A. como un péndulo. Cuando me sentía herido, solía recurrir a A.A. para dejar de beber un rato y aprovechar de los aspectos del programa que me gustaban. Cuando las cosas se ponían mejor, abandonaba a mis amigos del programa, olvidaba todo lo que pudiera haber aprendido y salía para buscar más heridas. Después volvía arrastrándome a A.A., pidiendo ayuda.
Siempre había gente de A.A. dispuesta para ayudarme. Pero no quería ayudarme a mí mismo. Aceptaba una parte del programa, el resto lo hacía como más me conviniera. Pasé tiempo en un buen número de hospitales y algunas cortas estancias en la cárcel durante ese período de vaivén. Me matriculé en la escuela y conseguí un buen trabajo en el campo de la medicina. Pero no me gustaba quedarme mucho tiempo en un empleo, porque no quería que la gente alrededor mío se enterara de mis costumbres de beber.
Durante esas rachas de "sequía," me metía en mi trabajo y participaba en las actividades de mi comunidad. Desempeñaba una función importante para un partido político y era delegado de un sindicato. Pero cuando llegaba la hora, 10 estropeaba todo bebiendo. No me sentía digno del prestigio o del honor que acompañaban los puestos que tenía. No me conocía muy bien a mí mismo, y no me gustaba lo que veía de mí mismo, así que volvía a la botella.
Ahora sufría lagunas mentales con más frecuencia. Me desperté en la playa de Miami Beach con resaca e insolación, sin siquiera recordar haberme ido de Nueva York.
Llegué a la conclusión de que estaba loco, y que esta era la razón por la que A.A. no tenía efecto en mí. La gente del programa era muy simpática y yo quería ser uno de ellos, pero me di cuenta de que no podía ser honrado. Así pasé ocho años; con una docena de arrestos, media docena de extremaunciones, la pérdida de algunos coches y trabajos y un matrimonio que duró tres semanas. Ocho años después de ser puesto en libertad, me desperté ante un juez que me mandó a Sing Sing y por la noche en mi celda solía quedarme tumbado en la cama tratando de explicarme dónde me equivoqué de camino. Pasadas un par de semanas, me trasladaron a un lugar conocido por el nombre de "pequeña Siberia," la prisión más lejos de la ciudad de Nueva York y de mi casa.
Allí llegaba a saber acerca de la sobriedad. Disponía de mucho tiempo para conocerme a mí mismo. Me parecía que, en realidad, no era yo un tipo desagradable; de hecho, cuando no bebía era un tipo bastante amable.
Asistí a la reunión de A.A. allí y me sentí desanimado. Vi a unos diez hombres contando chistes y divirtiéndose mucho. Hablé con el coordinador del grupo y le pregunté qué estaba pasando. Me dijo que esos hombres simplemente no se sentían parte de A.A. Estaban en prisión y, aun queriéndolo, no podían conseguir un trago. Le pregunté si podía compartir con el grupo.
Aquella noche, cuando hablé, A.A. cobró para mi un nuevo significado. De repente, todo el programa tenía sentido. Era como si otra persona estuviera hablando dentro de mí. Y lo que me salió de la boca, me sorprendió incluso a mí mismo. Además, parecía que a los hombres les gustaba lo que tenía que decir porque, en la siguiente reunión, me eligieron coordinador. Debido a que yo estaba metido en el programa, algunos de mis amigos decidieron probarlo. Cada vez empezaban a participar más presos. Establecimos una tesorería. Elegimos a un coordinador de programación, un R.S.G. (representante de servicios generales) y un secretario. Cuanta más gente tomaba una parte activa en el programa, más crecíamos. Algunos amigos de A.A. canadienses empezaron a visitar la prisión para ayudarnos en las reuniones.
El grupo iba creciendo - de 10 personas que se reunían una vez a la semana a 70 que se reunían dos veces a la semana. Iniciamos reuniones de Pasos y nos pusimos a estudiar las Tradiciones. Había muchos A.A. de afuera que nos ayudaban a conseguir literatura y que nos daban apoyo moral. Nuestros miembros, quizás por primera vez en su vida, sabían lo que era sentirse como parte integrante de algo - y de algo bueno y hermoso.
El mes de febrero pasado, celebramos nuestro primer aniversario de grupo con una asistencia de unas 200 personas. Los hombres del grupo dedicaron mucho tiempo a los preparativos para el evento. Yo también cumplí mi primer año en A.A. ese día. Sentí algo que nunca había sentido antes. Algo que no puedo explicar; sólo puedo decir que era eléctrico. En aquel entonces, llevaba un año sobrio. Sinceramente podía decir que me gustaba lo que veía dentro de mí. Por primera vez en mi vida, estaba agradecido por estar vivo, con la posibilidad de pensar y planear, con un Conocimiento de lo que trataba la vida, con la capacidad para amar y ser amado. No quiero olvidar nunca el compartimiento manifestado por todos los presentes en esa reunión. Cuando las cosas se pongan tristes, podré avivar los recuerdos de aquel día y sacar nuevas fuerzas de lo que se sentía en todas partes de la sala.
Salí de la prisión el mes pasado, integrado a un programa de trabajo-en-libertad. Voy a mi trabajo cinco días a la semana y por la noche asisto a reuniones de A.A. Los fines de semana voy a casa para quedarme con mis seres queridos. Puedo apreciar hoy día a los que quiero. Me levanto por la mañana y doy gracias a mi Poder Superior. Tengo ahora una línea abierta de comunicaciones con El y puedo llamarle no sólo para pedir ayuda, sino también para expresar mi gratitud.
Me gusta la sobriedad. Me gusta ser una parte de A.A. Estoy agradecido por haber tenido otra oportunidad de aceptar lo que A.A. tiene que ofrecer. Sé lo que significa estar agradecido. Siempre me consideraré como una parte de ese grupo de A.A. de esa prisión del norte. Para enseñármelo, era necesario el compartimiento generoso de una pandilla de convictos. Y estoy agradecido por esto también. Espero volver allí algún día para compartir con otros que pueden ser menos afortunados. Me doy cuenta de que, para mantenerme sobrio, tengo que compartirlo. No me puedo imaginar una forma mejor de hacerlo que la de devolvérselo a los encarcelados en nuestras prisiones, porque ellos desempeñaban una parte importante en mi vida.
Les doy gracias a A.A., a Dios y a todos los A.A. en nuestras prisiones
R.M., Fast Meadow, N.Y.