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La libertad

En el número de marzo (1959) del Grapevine aparece un artículo ("Una Queja Justa") escrito por un recluso de la Prisión Estatal de Massachusetts, quien nos plantea la pregunta a menudo considerada: ¿Por qué tener A.A. disponible en las instituciones donde, por lo general, el alcohol y las drogas no están a mano?

Aunque estoy de acuerdo con Raimundo en que se pueden conseguir drogas - y a veces bebida- detrás de los muros, me pregunto si, desde el punto de vista del alcohólico, esto no es un peligro de menor importancia. Buscaba en vano en el artículo alguna mención del peligro que me parece ser de mucha más envergadura; es decir, la borrachera mental o emocional, que se puede sufrir a toda hora en cualquier lugar. En cualquier caso, esa ha sido mi experiencia, y quisiera saber si hay otros...

En 1953 y 1954, cumplía una sentencia de 16 meses en una pequeña prisión del oeste donde no había programa de A.A. - ni ningún programa de tratamiento de ningún tipo... m siquiera suficientes trabajos para mantener ocupada a más del 25% de la población carcelaria. Durante ese encierro, tomé la actitud de que solucionaría todos mis problemas el mismo día en que fuera puesto en libertad, y me puse a crear castillos en el aire.

No había nada que pudiera interferir en esos gratos ensue­ños que siempre giraban alrededor de mí. El resultado fue diecisiete meses de estancamiento. Diecisiete meses encarce­lado sin un trago - pero me emborrachaba diariamente con la bebida embriagadora de mis fantasías y mis emociones.

Después de ser puesto en libertad, las condiciones reales del mundo libre resistían toda comparación con las bellas imá­genes que mi ego engreído solía crear en la prisión. Volví a beber casi inmediatamente - sólo para suavizar lo más ás­pero de la realidad - y después de pasar unos escasos cuatro meses con mi esposa y mis dos hijos, me encontré de nuevo ante el juez - otra vez, falsificación de documentos. Otra vez, la fantasía.

Pero ese juez sabía que bebía y sabía de A.A. y, a pesar de mis antecedentes, me puso en libertad vigilada con una exhortación a asistir a unas cuantas reuniones por lo menos. Lo que siguió fue un apasionado noviazgo con A.A. que duró como un año. Me mantenía sobrio durante ese período, debi­do principalmente (todavía lo creo> a la sólida camaradería que se encuentra en los grupos de A.A. Yo no tenía necesidad de practicar los Pasos - eran para los débiles - pero me cuidaba de expresar tal opinión porque algunos de mis com­pañeros los consideraban de gran utilidad.

Parecía que la realidad y yo estábamos condenados a no coincidir nunca. Cuando me fui de ese primer grupo (consi­derándome como "graduado," por supuesto) me emborraché una sola vez. Pero la borrachera duró seis meses. Durante las últimas semanas de esa loca carrera, hacía un recorrido por el norte del país en un plan de "viajar ahora, pagarlo más tarde," de mi propia invención. El "pagarlo más tarde" me costó catorce meses en la Prisión de Wisconsin. Y actualmente estoy haciendo un pago parcial en una cárcel municipal del sur de Minnesota. Y todavía no se ve el fin; aún hay otras acusaciones pendientes. No obstante, cuando llegué a la Pri­sión de Wisconsin, algunas nuevas y extrañas dudas se habían metido en mis pensamientos. Empezaba a tener serias sospe­chas de que mi vida no estaba desarrollándose según un plan. No es que tuviera necesariamente ningún plan; pero la prisión no parecía encajar en ningún diseño racional.

Entonces vinieron 54 semanas de sicoterapia y la revela­ción de que había muy poco en mi vida que fuera racional. Al mismo tiempo, nuestras reuniones de A.A. de los domingos por la tarde empezaban a cobrar algún nuevo sentido. La combinación potente de A.A. y sicoterapia estaba facilitando mi regreso a la realidad.

Pero no era fácil la recuperación; a cada paso la resistía, retorciéndome y esquivándome, siempre buscando aquel aco­modo. Pero, con el tiempo, llegué a enfrentarme a mi mismo - y qué desastre fue lo que vi. De súbito me era difícil siquiera vivir conmigo. Todo lo podrido y los engaños del pasado iban pasando en desfile por mi mente, y tener que admitir, por fin, que yo era quien había fabricado todos los dolores y tristezas del ayer, empezaba a agotarme. La acumu­lación constante de ese sentimiento de culpabilidad era lo que finalmente me derrotó. Una noche de soledad, los agudos remordimientos me trastornaban y, desesperado, recurrí a Dios, entregándole el desastre total, impotente, penitente, quizás por primera vez en mi vida.

Según recuerdo, no le pedí más que fortaleza, misericordia y perdón. Y aquella noche Dios hizo su gran milagro. Me concedió ese perdón y me hizo renacer con nuevas fuerzas que nunca sabía que existieran. Esa noche me acosté maravillado y caí en un sueño profundo.

Eso me sucedió hace quince meses y, desde entonces, no he pasado ni un día malo. Todavía estoy pagando las conse­cuencias del pasado: estoy todavía encarcelado. Pero se me ha quitado el castigo; y he vuelto a ponerme en contacto con mi Poder Superior. De esa experiencia, surgió una nueva y rara tranquilidad que no me ha dejado nunca. Ha desapare­cido ese dolor extraño que sentía en el pecho, así como tam­bién la inquietud y el descontento.

Es absurdo creerse en libertad dentro de la cárcel o de la prisión, pero eso es precisamente lo que tengo. He conocido más libertad - me he sentido más liberado, o sea, he sentido la liberación - durante los pasados quince meses que en todos mis 32 años. Ya no hay temores ni dudas atormentado­ras en mi vida y he encontrado la clave de la realización en los consejos que puedo dar y en los pequeños servicios que puedo prestar a mi compañero. Lo veo mucho más como un hermano desde que salí de mi cáscara y lo encontré luchando con los mismos problemas que me habían vencido a mi.

Esta, tal vez, sería una historia más completa si pudiera decirte que había recuperado también mi libertad física; pero me contento con dejarlo en manos de Dios. (Este mero hecho constituye para mí un milagro de paciencia.) He tenido ade­más mis pequeños consuelos. Hay gente que se da cuenta de mi transformación y tengo nuevos amigos que están buscando remedios para que se abandonen las acusaciones pendientes. Mi sentencia aquí es sólo la décima parte de lo que debía haber sido. Y, finalmente, por primera vez en más de un año, tuve noticias de mi esposa y, por un milagro de fe, ella y mis hijos me están esperando. Ya sé lo que sentía el Salmista cuando escribía: "Mi copa llena..."

Habría sido, tal vez, una mejor historia de A.A., si no hubiera tenido necesidad de la ayuda de tanta gente ajena a A.A. No obstante, la sicoterapia, el asesoramiento espiritual y el ánimo que me han dado muchas personas muy aprecia­das de la Prisión Estatal de Wisconsin - todos desempeña­ron un papel en la transición de borracho a sobrio. Todavía me maravilla poder reflexionar sobre mis experiencias en pri­sión y tener recuerdos agradables de mi estadía allí, debido a la gente que se interesaba en mi.

Por medio de la terapia, descubrí muchas nuevas verdades, empecé a hacer mi inventarío y me encontré felizmente como principiante en el programa de A.A. Aunque me habría mo­lestado si alguien me lo hubiera dicho en aquel entonces, era verdad que me uní a nuestro grupo carcelario de A.A. con la esperanza de causarle una buena impresión a la junta de libertad condicional. Ya no me puedo engañar más - y el ansia de causar buena impresión a otra gente se va desva­neciendo.

Siempre hay peligro de una borrachera emocional, pero ahora las veo tales como son: son el preludio de una auténtica borrachera. Me queda una sola herramienta que me puede proteger contra la una y la otra, un solo método que aborda el problema desde tantas perspectivas como aspectos tiene la personalidad humana - Alcohólicos Anónimos. Y me uno a Raimundo, y a otros miles como nosotros, que reconocen con gratitud la gran importancia de A.A. en prisión.

La terapia contribuyó a corregir un grave trastorno de la personalidad, pero queda una debilidad inherente de carácter; mientras las facultades mentales se van sanando, la parte básica es todavía un borracho en potencia.

Los esfuerzos que he hecho para difundir las buenas nue­vas acerca de A.A. aquí en la cárcel municipal han dado un nuevo significado a la condena que cumplo. Y otro consuelo más; se ha promulgado una orden judicial que me permite asistir a una sesión intergrupal que tendrá lugar en esta ciu­dad, y voy a hablar ante este grupo. Y si algo se oirá contar, será la historia de cómo la mano quieta de Dios intervino en mi vida y cómo Le entregué mi vida cuando Su verdad me liberó. Esto es Dios - como yo Lo concibo.

Merv K., New UIm, Minnesota

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