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El que violaba la libertad condicional

Hace unos tres meses escasos, "Tu Servidor" volvió a integrarse a la sociedad (el "mundo libre" como lo llaman aquí), para vivir la vida con la que tanto tiempo había soñado - la de un hombre libre, un ciudadano útil. Conmigo llevaba lo de mis ocho años de A.A.; sus enseñanzas y su filosofía, la experiencia de oír contar los éxitos y los fracasos de la demás gente y la firme resolución de no convertirme en uno de los fracasos. Yo no.

No obstante, aquí estoy de nuevo, dentro de los muros ce­nicientos, en casi la misma celda, haciendo el mismo trabajo que me asignaron hace nueve años cuando llegué a esta prisión. ¿Qué pasó? Lo sé, pero es difícil admitirlo. Simplemente, me permití sentirme suficiente, satisfecho con mi programa de A.A. Durante las primeras semanas allí en el "mundo," no había suficientes reuniones a las que yo pudiera asistir. Noche tras noche> me encontraba viajando en coche a reuniones en todas partes del área de Denver. Después, empecé a faltar a algunas de esas reuniones, diciéndome que nadie podría espe­rar que yo asistiera a tantas. Antes asistía a cinco reuniones cada semana; después a una o dos a lo más; empecé a buscar pretextos para no asistir. "Me siento demasiado cansado hoy" o "se me ha presentado algo urgente" o "tengo un día atareado mañana y debo acostarme temprano," etcétera.

Mucha gente me estaba alabando por los progresos que hacía en A.A., lo cual se me subió a mi egoísta cabeza. ¿No era cierto que había empezado con nada y tenía ahora un coche, un camión y, para colmo, una pequeña cuenta bancaria? Pero todo lo que ganaba y por lo que me sentía tan orgulloso fue, de alguna manera, el comienzo de mi viaje de vuelta a la prisión por incumplimiento de las condiciones de la libertad condi­cional y de otros posibles delitos que en el futuro me podrían costar un nuevo "numero" y una condena más larga. Sintién­dome tan presumido y satisfecho de mis progresos en A.A., empezaba a hacer de A.A. algo de segunda importancia en mi nueva vida callejera. No, mi problema no era lo de la "alegre vida nocturna," ni las "guapas" que parece que se encuentran en todos los bares esperando la llegada de tipos como yo, porque ni toqué una gotita de alcohol basta aquella noche funesta cuando perdí el hilo. Me olvidé de que estaba en libertad condicional.

Empezaba a sentirme acosado, apremiado por el montón de responsabilidades que había aceptado sin estar listo todavía para cumplirlas, la multitud de favores que otros querían que les hiciera y que consumían el tiempo que debía haber dedicado a las reuniones. Ahora, cuando la gente me tildaba de gallina por no tomarme un trago, lo encontraba más difícil de soportar y, por fin, en un momento de debilidad, dije "¡Qué diablos!" y así acabé aquí, sentado en esta maldita celda, preguntándome qué pasó. Mi primera y única borrachera en nueve años fue, como dicen los asiduos de los bares, una parranda de campeonato.

La secuela ya es hecho establecido. Volví a la prisión. Tengo muchas deudas que pagar; tengo que volver a ganar la confianza que otros tenían en mi, y tengo que volver a empezar. Ya se han ido todos los amigos que tenía en los bares que frecuentaba y donde bebía. Los "días buenos" ya no son sino recuerdos. Todo lo que queda son los corazones desgarrados y la condena más dura que tengo que cumplir. Me veo enfren­tado ahora con lo más difícil: el volver a empezar.

El Cuarto Paso se está convirtiendo en un factor cada vez más importante de mi programa - y es preciso que no me descuide nunca del importantísimo Primer Paso como lo hice antes. La admisión y el inventario personal - estas son las palabras claves para practicar el programa, y al perder de vista este hecho, poco le vale al alcohólico tratar de practicarlo, por­que está frustrando así la realización de su objetivo - el de superar el alcoholismo - engañando a nadie más que a sí mismo. El miembro sincero, que trabaja en el programa y lo vive, puede reconocer al farsante desde lejos (me pregunto cuántos me reconocerían a mí); pero el sincero no es quién para decírselo al farsante, ni puede esperar este último que el sin­cero practique el programa en su lugar. El programa de A.A. es para aquellos que lo quieren sinceramente, y lo buscan.

Mi locura fue: dejar de buscarlo y creer que A.A. tenía una deuda conmigo. Ahora me he puesto nuevamente a trabajar. Ruego a Dios que esta vez todo salga bien o, mejor dicho, que yo salga bien. Tanto hay en el Libro Grande que antes pasé por alto por estar demasiado ocupado dándomelas de gran tipo y engañándome. La duración de mi estadía aquí depende de aquellos que disponen nuestro futuro; pero puedes estar seguro de que voy a practicarlo y vivirlo a pesar de las risas y comentarios cínicos que tal vez oiga soltar a mis compañeros por estar aquí de nuevo y por haberme integrado en el progra­ma de A.A.; no son ellos, sino yo, quien tiene que vivir mi vida, y, como he oído decir tantas veces recientemente en las reunio­nes de A.A.: tengo que alcanzar la madurez.

Tengo que volver a empezar, con A.A. como mi base, con mis seres queridos que me están animando para que trate de hacerlo otra vez y la mano del compañerismo que me echan los mismos miembros a quienes fallé. Sé que puedo volver a empezar y lo haré. No voy a buscar pretextos, ni a quién echar la culpa; la sincera honestidad ahora me va a dar resultados.

La primera noche después de volver aquí fue la más negra que pasé en prisión. Tumbado en la cama, empezaba a hacer mi "inventarío", preguntándome por qué. Me daba cuenta (aunque no quería admitirlo) que yo era un farsante cuando, al salir de aquí, trataba de imponerme a los diversos grupos de A.A. por puro engaño, por grandiosas y vanas palabras. Como consecuencia, me salió el tiro por la culata. Lo trágico del asun­to está en que no soy yo la única víctima de mis disparates; hay otros que confiaron en mi que también quedaron lastima­dos. Un hogar arruinado, sueños de un matrimonio feliz de­cepcionados, hijos que llegaron a quererme, un patrón que me dio esa "única oportunidad", el encargado de libertad condi­cional que hacía todo lo posible para ayudarme, los buenos y queridos amigos que me alimentaban, me vestían y me aloja­ban mientras estaba tratando de reestablecerme - todos ellos son los verdaderamente lastimados por esto.

Esta vez, tiene que salir bien. Tengo que ponerme a traba­jar y hacer que dé resultados. La vida es demasiado corta y preciosa para entregarla al estado para que sea utilizada en este inservible carrusel de vacío al que se ha puesto el nombre de "castigo."

Volver a empezar - este es mi objetivo. No quiero com­pletar nunca este programa, sino entregarme de lleno al apren­dizaje; porque jamás en este mundo ni en el cielo ningún alcohólico puede "graduarse" en su tarea de superar el alcoho­lismo. La experiencia me ha dejado convencido de que este alcohólico, sin duda, no 4o hará. La admisión, el inventario y el estar dispuesto a ayudarte a ti mismo son las claves del éxito.

S.S., Colo.

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