Con la ayuda de A.A.
mi vida cambió de rumbo
Soy sin duda alguna alcohólico. Me pasé quince años bebiendo antes de lograr la sobriedad. Empecé a la edad de catorce años y, desde el mismo principio, cada vez que bebía lo hacía para emborracharme, y cada vez que me emborrachaba, me metía en problemas con la policía.
He dedicado mucho tiempo al asunte de mantenerme sobrio aquí en prisión. Los últimos seis años he logrado hacerlo, todo el tiempo encarcelado. No me ha sido fácil. De hecho, hubo ocasiones en las que por poco me emborraché. Hoy me doy cuenta de que, si en cualquiera de esas ocasiones me hubiera echado un trago, mi vida carcelaria habría seguido sin duda otro rumbo, el cual me habría exigido más deudas de las que yo hubiera podido pagar.
Mi última borrachera me puso de rodillas, rendido al hecho de ser impotente ante el alcohol y admitiendo que sufría de una enfermedad que se llamaba alcoholismo. Aunque logré una sobriedad física, emocional y mentalmente todavía estaba borracho, y esto seguía influyendo en cómo pensaba y vivía. En el pasado, estos sentimientos me habrían forzado a buscar el escape en la seguridad de la botella. Pero en prisión, buscaba el consuelo de A.A., de acuerdo a la sugerencia apremiante de mi esposa y mi padrino en A.A.
Al principio, no podía entender por qué se necesitaba A.A. en prisión, donde no había mucha oportunidad de conseguir alcohol y donde me preocupaba únicamente por mi familia, por aquellos que yo había perjudicado y por los procedimientos jurídicos con los cuales me veía enfrentado. Ya sabía que el ser alcohólico fue el factor que contribuía más a mi arresto, pero no me podía explicar la necesidad constante de asistir a las reuniones de A.A. No obstante, seguía asistiendo - físicamente. Sabía que tenía que estar allí, porque era alcohólico. Buscaba una forma de deshacerme de todos los temores que llevaba, y de poder vivir mí vida normal como lo hacían los sobrios alrededor mío.
Después de muchas reuniones y de haber leído mucho acerca de Alcohólicos Anónimos, llegué a enterarme de que el programa de A.A. supone mucho más que abstenerse del alcohol. Es una manera completamente nueva de vivir para el alcohólico que está dispuesto a lograr la sobriedad. Supe que A.A. no te da sermones, sino sugerencias y, además, que Alcohólicos Anónimos (dentro o fuera de la prisión) es para aquellos que sinceramente quieren lograr la sobriedad; y que tiene un solo objetivo primordial: la sobriedad.
A medida que mi cuerpo se iba liberando del alcohol, la sobriedad empezaba a entrar en mi forma de pensar. La posibilidad de beber seguía presentándose en las ocasiones en que aquellos con quienes me asociaba, lo hacían. Cada vez que esto ocurría, tenía que tomar una decisión, y a nadie más que a mí le tocaba hacerlo. Les decía francamente a quienes me rodeaban que yo era alcohólico, y si me tenían respeto, no esperaban que yo lo hiciera.
Al principio, oía decir cosas tales como: "No puede ser que tomes en serio todo aquello que se dice en A.A.," o "Un par de tragos no te hará daño." Tales comentarios me hacían pensar inmediatamente en mi último arresto, cuando me encontraba a cuatro patas en el suelo, pagando las consecuencias del alcohol en mi vida y en las vidas de mis seres queridos. Esta perspectiva de la realidad me infundía el valor suficiente como para seguir diciendo que no y, con el paso del tiempo, todos aquellos alrededor mío llegaban a respetar mi deseo de no tomarme un trago. Muchas veces, me era difícil todavía decir que no, especialmente cuando me sentía deprimido, enojado o resentido. En esas ocasiones, tenía en cuenta también un refrán que mi padrino me citaba repetidas veces: "Simple, no fácil."
La duración de mi sobriedad carcelaria iba aumentando, de días a meses y de meses a años. Con este nuevo desarrollo personal, y con la ayuda de A.A., los intereses y la dirección de mi vida cambiaron de rumbo, el cual era constructivo y lleno de significación y daba un sentido a mi vida. Encontraba dentro de mí talentos que nunca sabía que tenía, y me encontraba ayudando a otra gente - algo que nunca había hecho en el pasado. Con cada día de sobriedad, mi interés en A.A. se iba ampliando y profundizando, y de allí surgía un deseo de participar, anteponiendo a todo mi sobriedad. Sé que, sin la sobriedad, no habría logrado enfrentarme con la realidad de los últimos cinco años y medio, ni realizado lo que realicé en cuanto al desarrollo personal. Y, lo más importante, no lo habría podido hacer solo, sin la ayuda de A.A. y de todos los relacionados con el programa.
Hoy estoy sobrio; pero me doy cuenta de que estoy a un solo trago de una borrachera. Hoy puedo enfrentarme con los problemas que se me presentan y, aunque a veces pueden ser muy difíciles, yo sé que tengo la suficiente fortaleza como para aceptarlos y tratar de resolverlos. Mi peor día sobrio es un millón de veces más gratificador que el mejor de mis días de borracho.
Según lo veo, la sobriedad en la cárcel no es en nada diferente a la sobriedad de afuera, en el sentido de que se origina en la práctica de los Doce Pasos y las Doce Tradiciones de un día a la vez. Estoy sobrio por sólo un día, y soy responsable por sólo un día: hoy. Si algo sale mal en mi manera de hacer las cosas, es para mí una advertencia de que no estoy siguiendo los Pasos sugeridos de A.A. Al suceder esto, suelo hablar con uno de los "ganadores" de programa, o con uno de los consejeros de alcoholismo. Además me pongo a leer mi literatura, de la cual tengo un amplio surtido en mi celda y, en alguna de las páginas que leo, encontraré el remedio contra el estado de ánimo o los sentimientos que me afligen. Cuando me veo estancado o tengo alguna dificultad, la mayoría de las veces es porque no he sido sincero conmigo mismo, y ya es hora de manifestar una verdadera humildad y de reconocer mis defectos de carácter.
Hoy mi vida es gobernable, y doy gracias a Dios por todo lo que tengo, y por todo lo que no tengo. Sé que, si no me tomo un trago hoy, no voy a perder lo que he ganado ni tendré que temer que me sucedan cosas sobre las cuales no tenga control. Estoy agradecido hoy por la conciencia y los conocimientos que tengo de mí enfermedad, la cual, ahora sé, tiene que ser tratada diariamente. Me doy cuenta de que tengo que mantener mí vida tan sencilla como lo hacían Bill W. y el Dr. Bob mientras elaboraban la estructura de la Comunidad de Alcohólicos Anónimos. Es un programa sencillo, y una manera de vivir que hace que las cosas mejoren más allá de los limites de tu imaginación.
J.M., Woodburne, N.Y.