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Encontré la libertad en la prisión

De lo que tenía más necesidad mi mundo irreal era de un espejo detrás del bar en que se vieran reflejadas las verdaderas imágenes de las Alicias (y los Alejandros) en el País de las Tonterías.

Hace muchos años, me encontraba sentado en un bar, be­biendo un buen whisky, fijando la mirada en un Hombre-que-nunca-fue, que aparecía frente a mí en el espejo rodeado de botellas. Era un grave caso de admiración recíproca en flor porque, como Narciso, estaba enamorado de mi propia imagen. Me veía como un abogado superbrillante, un pirata por encima de la ley, el gran personaje destinado a tener una celebridad mundial.

La laguna .......

Me encontraba sentado en una posada de mala muerte, mi sueldo de lavaplatos una prueba patente de una nueva opulen­cia después de años de vagabundeo alcohólico. Me senté, me asomé a la ventana y vi a tres borrachos abajo acurrucados, resguardándose de la lluvia y contando sus centavos. Yo tenía puestas en la mesa cuatro botellas de moscatel y no podía sentir nada sino desprecio por aquellos desamparados que temblaban bajo la lluvia. Todavía era superior... pero ya no era abogado. Ya hacia tiempo que el rico sabor del whisky se reemplazó por el de la uva sintética.

¿Gran personaje? Un sabelotodo en el País de las Tonterías. Pasados algunos días entré en una farmacia armado de una pistola de juguete y dije al diminuto farmacéutico que iba a apoderarme del negocio. En un abrir y cerrar de ojos, él me tenía agarrado en el suelo. Adiós al pez gordo que tendría una fama mundial.

Me enviaron por reincidente a la prisión, sentenciado a cumplir una condena indeterminada conforme con el Departa­mento de Correccionales de California. Se desvaneció la mitología griega. Narciso murió; sólo Eco sobrevivió.

No hay infierno peor que el de darte cuenta de que has 'legado al final de tus recursos. No tenía amigos; no tenía dinero. Algún día tendría que presentarme ante una junta de libertad condicional con un expediente que llevara marcadas con un sello las palabras "Alcohólico Nómada." Tal distinción no te da influencia ni contribuye a que consigas la libertad. Tenía 53 años, me habían expulsado del colegio de abogados y no tenía con qué reconstruir una nueva vida. El presente era negro, sin esperanza alguna.

Una noche tenebrosa, silenciosa - cuando Eco iba silban­do como un frío viento alrededor del difunto Narciso - recurrí a Dios como yo Lo concebía. No le pedí la libertad, prometién­dole en cambio grandes hazañas. Esa cantaleta le habría sido aburrida. Le dije simplemente: "Dios, Te ruego, devuélveme la vida." Más tarde, empecé a pedirle que me convirtiera en escritor. No había sido nunca novelista, pero no me quedaba nada sino Dios y el escribir.

Empecé a participar en Alcohólicos Anónimos en prisión. Es uno de los programas terapéuticos utilizados por la División de Cuidados y Tratamientos del Departamento de Correccio­nales de California. Al principio, me parecía una pérdida de tiempo - no podría haberme conseguido un trago silo hubiera querido.

Pasó un año. Empecé a ver que el beber en exceso era un síntoma de una enfermedad de la personalidad - una obsesión de la mente, una alergia del cuerpo. Descubrí que incluso en la prisión podía padecer borracheras emocionales. De hecho, no podía evitar hacerlo. Y al darme cuenta de esto, el miedo realmente se apoderó de mí. Yo era impotente ante mi patrón emocional - y este fue el patrón que, en el mundo de afuera, me empujaba hacia los bares. Mis reacciones ante las frustra­ciones me inundaban de resentimientos y yo llevaba una vida amarga y sórdida en mi celda. Poco a poco, llegué a darme cuenta de que este patrón, que adentro podía ver con toda claridad, no era en nada diferente de lo que había sido en el mundo libre. Me vi condenado a morir alcohólico, ya fuese dentro o fuera de la prisión. Entonces, en algún momento, pasé del interior de la prisión al interior de mí mismo. Lo que yo era dentro de mí se reflejaba en mis acciones externas. Me di cuenta en ese momento que todos los alcohólicos del mundo, dondequiera que estén, están presos...

El problema era demasiado grande para que yo pudiera hacerle frente a solas. Así llegué a admitir que era alcohólico y a creer que un poder superior a mí mismo, silo buscaba, podía devolverme y me devolvería el sano juicio.

Iba buscando ese poder por todos los medios que tuviera a mí disposición: Alcohólicos Anónimos, la iglesia, el asesoramiento de grupo e individual. Algo de esa buena infusión tenía que tener su efusión. Servía como secretario de nuestro grupo de A.A. en la prisión, como miembro del comité directivo y como orador. No me preguntes por qué este programa da re­sultado; pero yo sé que, poco a poco, lo amargo y lo sórdido de mi vida desaparecieron.

El poder empezaba a reponer las gastadas energías de este tipo cuyo egocentrismo casi le había costado su alma.

Funciona así. Empiezas a ver tus propios defectos en los defectos de los demás y llegas a ser menos criticón de tu próji­mo. Nace la compenetración. El confinamiento exasperador no le causa aflicción al que vive el programa. Dios te concede la serenidad para aceptar las cosas que no puedes cambiar, el valor para cambiar lo que puedes, y la experiencia te inculca la sabiduría para reconocer la diferencia. La vida en prisión se convertía en una gran aventura, animada, llena de promesas, repleta de progresos diarios hacia la perfección. Encontré la libertad en la prisión.

Mientras tanto, escribía novelas. Se rompieron los aros de acero que hacían que el escribir fuese una mera fantasía. Creo que la compenetración las disolvió. Porque podía ver los pro­blemas de mis prójimos, adoptar sus puntos de vista. Mis personajes cobraban vida. En un plazo de unos escasos catorce meses, he vendido diecinueve cuentos, he pagado en prisión impuestos sobre la renta, y tengo en curso una novela y otros doce cuentos. Todo esto aparte de trabajar como oficinista ocho horas al día. Y aun más importante, voy revisando la historia de mi vida, de forma que los "ustedes" y los "ellos" desempeñen un papel tan significativo como el de los "yos". Es una historia bien equilibrada.

Doy gracias a Dios, por A.A. y por los sueños que se han hecho realidad.

T.W., San Luis Obispo, Calif.

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