2.- EXPERIENCIAS ESPIRITUALES
Es cierto que todos los poseedores de experiencias
espirituales confirman su verdad. La mejor
evidencia de esa verdad está en los frutos que produce.
Aquellos que reciben estos dones de gracia son gente muy
transformada, casi invariablemente hacia
lo mejor.
Bill W.
Charla, 1960.
En mi temprana juventud fui colocado ante una disyuntiva; lo que parecía ser una monótona vida moral, o lo que parecía ser una excitante vida de aventura . . . después de unos tragos de alcohol. Yo había sido criado en la tradición de un Dios inflexible y vengativo, que estaba pendiente de cada una de las cosas que hacía. No podía trabajar mucho sobre el amor a una deidad de esa naturaleza, y por eso me hacía sentirme culpable. Pero después de uno o dos tragos, olvidaba mi culpa. ¡Esto, decidí, era la vida para mí!.
Comenzó siendo suficientemente placentera, fomentando sueños de resplandeciente fama y fortuna. Pero esta vida gradualmente regresó a ser una constante pesadilla de miedo y remordimiento sobre mi condición y resentimiento e ira ante el modo normal de vida que discurría a mi alrededor, y al que aparentemente no podía pertenecer. La verdad es que bebía para salirme de la sociedad, llegando gradualmente a un estado mental que anuló toda clase de contacto social o moral con cualquier persona. Pero en esa época no pude ver que mi forma excesiva de beber fuera la causa. Llegué a convencerme de que Dios y la sociedad me habían olvidado, negándome las oportunidades en la vida. No podía ver una razón para vivir. Carecía del valor para matarme, pero creo que la desesperación hubiera llegado a romper esta barrera que me ponía la cobardía, si no hubiera sido por una experiencia que cambió mi enfoque mental por completo.
Esta experiencia me llegó por medio de la muerte de mi padre en Escocia. El había vivido una buena vida en comunidad y había recibido honores a su muerte de todos los que lo habían conocido. Yo había recibido periódicos que daban cuenta de su funeral. Esa noche, estaba sentado ante una pequeña mesa en una atestada taberna, bebiendo y conmiserándome por lo que había leído. No sentía pesar por la muerte de mi padre. El odio y la envidia saturaban mi mente, y murmuraba para mi mismo. "¿Por qué deben él y otras gentes tener todas las oportunidades para salir adelante en la vida, mientras que los hombres buenos como yo no tienen ninguna? La gente me amaría y me honraría a mí también, si tuviera las oportunidades que él tuvo en la vida".
En la taberna, el ruido de la conversación era ensordecedor. Pero de pronto oí una voz en mi mente decirme claro y fuerte:" ¿Qué cuentas de tu vida le vas a dar a Dios?". Miré a mi alrededor, espantado, parecía la voz de mi abuela. Ella había muerto y salido de mis pensamientos había más de veinte años. Esta era su cita favorita. Se la había oído decir frecuentemente en mi juventud; ahora la oía otra vez en la taberna.
Tan pronto oí esto voz, mi mente se aclaró, y supe más allá de cualquier duda, que ninguna persona ni situación era responsable de mi estado. Yo era el único responsable.
El efecto fue demoledor. Primero, había oído esa voz, y entonces la completa excusa de mi fracaso en la vida - que yo nunca había tenido ninguna oportunidad fue borrada de mi mente para siempre. Me golpeó el pensamiento de que si me hubiera suicidado, había una probabilidad de que pudiera haberme encontrado ante Dios y tener que darle cuentas de mi vida que había llevado sin poder culpar a nadie de haberla vivido así. Yo no quería que esto me sucediera, y la idea de suicidarme fue abandonada en ese momento. Pero la idea de que podría morir en cualquier momento, continuaba asediándome.
Todo esto es una locura, pensé. Pero, sin importar lo mucho que discutiera conmigo mismo que solo estaba teniendo una alucinación, no podía rechazar la deducción de la experiencia. Podía verme, en mi imaginación, cómo era llevado a la presencia de una deidad de apariencia severa, que fríamente me miraba bajo su nariz con absoluto desprecio, diciéndome ásperamente, "¡Habla!" Esto era todo lo lejos de que mi imaginación podía llevarme, y desde ese punto me emborrachaba ciegamente tratando de borrar definitivamente la experiencia completa. Pero cuando volvía en mí por la mañana, la experiencia aún permanecía conmigo, más fuerte que antes.
Pensé que mejor dejaría de beber por una temporada y comenzaría a reestructurar mi vida. Esta resolución me produjo una terrible sacudida. Hasta entonces, nunca había relacionado mis dificultades con el alcohol. Sabía que bebía mucho, pero siempre había pensado que tenía buenas razones para beber. Ahora descubría, para mi confusión y horror, que no podía dejar de beber. La bebida se había convertido en una parte tal de mi vida, que no podía funcionar sin ella.
No supe a donde acudir para pedir ayuda. Creyendo que la gente pensaba sobre mí en la misma forma en que yo pensaba acerca de ellos, estaba seguro que nadie era el indicado para pedirle ayuda. Entonces, sólo quedaba Dios, y si El sentía por mí lo mismo que yo sentía por El, esta era con seguridad una débil esperanza. De esta manera, pasé los tres meses más negros de mi vida. Durante este período, parecía que, bebía más de lo que lo había hecho anteriormente, y rezaba a "nadie" pidiendo ayuda para alejarme del alcohol.
Una mañana desperté en el piso de mi habitación, terriblemente enfermo, convencido de que Dios no iba a oírme. Más por reflejo que por otra cosa, fui a trabajar esa mañana e intenté hacer una nómina de pago, aunque me era muy difícil controlar mis temblorosas manos el mínimo suficiente para poner los números en el lugar correcto. Después de muchos problemas, finalmente completé el trabajo.
Con un suspiro de alivio, miré por la ventana y noté a un hombre que se aproximaba al almacén donde yo estaba trabajando. Cuando lo reconocí, el odio surgió en mi mente. Hacía siete meses él había tenido el descaro de preguntarme delante de otros hombres si yo tenía problemas con la bebida, y yo fui profundamente insultado por su pregunta. No lo había visto desde entonces, pero mi odio por él estaba vivo y afectando m vida, cuando él pasó por el almacén.
Entonces sucedió algo que nunca ha cesado de sorprenderme. Cuando salió de mi vista, todo lo que siguió quedó en una laguna. Lo que a continuación recuerdo es que yo estaba de pie ante él fuera del almacén, oyéndome preguntarle en qué forma podía ayudarme a dejar de beber. Si yo hubiera decidido conscientemente recurrir a algún individuo para que me ayudara, ¡él hubiera sido el último hombre al que me hubiera dirigido! Se sonrió, y dijo que trataría de ayudarme, y me llevó al programa de recuperación de A.A.
Meditando sobre esto, finalmente me pareció obvio que el Dios que pensé me había juzgado y condenado, no había hecho nada al respecto. El me había estado escuchando, y en el tiempo que El lo vio como bueno, llegó su respuesta. Esta respuesta suya fue triple: me dio la oportunidad de vivir sobrio; Doce Pasos para practicarlos, como el medio para obtener y conservar esa vida de sobriedad; y una fraternidad dentro del programa, siempre dispuesta a sostenerme y ayudarme en cada una de las veinticuatro horas del día.
No conservo ninguna ilusión de que yo traje el programa de recuperación de A.A. dentro de mi vida. Siempre lo debo considerar como el don de una oportunidad. El hacer uso de esa oportunidad, es mi responsabilidad.
St. John's, Terranova, Canadá.
Soy el radio-operador de un buque petrolero, y la revelación final de mi situación y su alivio llegó mientras estaba sentado solo en mi cuarto de descanso con mi botella favorita. Pedí la ayuda de Dios en voz alta, aunque sólo mis oídos podían escucharme. Súbitamente sentí una Presencia en el cuarto, trayéndome un calor interno muy particular, una distinta, más suave tonalidad de luz, y una inmensa sensación de liberación. Aunque estaba lo suficientemente lúcido, me dije: "Estás borracho otra vez", y me fui a acostar.
Por la mañana, sin embargo - en plena luz del día -, la Presencia continuaba ahí. No tenía malestar tampoco. Me di cuenta de que había pedido y había recibido. Desde ese día, no he vuelto a tomar alcohol. En cualquier momento que siento la obsesión, pienso en lo que me sucedió, y eso me mantiene bien.
Internacionalista de A.A.
En contacto con la Comunidad de A.A. por más de seis años, tuve en ese período tres recaídas, episodios brutales y tenebrosos. Cada uno de ellos aumentó mi humillación y desesperación. Sobrio otra vez, me coloqué en un trabajo doméstico, y aprendí que existe la satisfacción aun en el cumplimiento de tareas interiores, y que la humildad - aplicada como aprendizaje y búsqueda de la verdad podía ser un Poder Superior disfrazado.
Entonces, inesperadamente, me fue ofrecido un empleo ejecutivo, que incluía muchas responsabilidades. Sólo pude contestar. "Tengo que pensarlo".
¿Era yo capaz de permanecer sobrio? ¿Estaba realmente sobrio o solamente seco? ¿Podría manejar las responsabilidades que entrañaba y hacer frente al renovado éxito? ¿O permitiría Dios que me castigara otra vez a mí mismo?
Llamé a una mujer amiga a la que estaba apadrinando. Lo discutimos, y ella consideró que podía y debía aceptar la oferta. Su fe me reafirmó; conocí el estímulo de saberme capaz de sentir otra vez dignidad y la gratitud simplemente por estar vivo. Esta recién adquirida sensación permaneció conmigo a través de toda la reunión de A.A. a la que asistimos esa noche. El tema a discusión era el Paso Once: "Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contracto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente que nos dejase conocer Su voluntad para con nosotros y nos diese la fortaleza para cumplirla".
En casa, en la privacidad de mi cuarto, tuve otro impacto: una carta de mi hermana. La última vez la había visto en la oficina del comisario en donde, apesadumbrada, había dado fin a los continuos esfuerzos de la familia para ayudarme. "Aun nuestras oraciones parecen no tener esperanzas", había dicho, "así es que te dejo para que te defiendas por ti mismo". Ahora llegaba su carta, argumentando el saber en dónde y cómo me encontraba. Mirando por la ventana al hollín y polvo de los tejados, y después adentro, a la insignificancia de mi cuarto, pensé con amargura, "Sí, era cierto, ¡si sólo me pudieran ver ahora!". La gracia salvadora fue que no tenía más que perder y nada que pedirle a nadie. ¿O lo tenía?
Todos los ideales de mi juventud habían sido arrastrados lejos de mí por el alcohol. Ahora, todos los sueños y aspiraciones, familia, posición - todo lo que una vez había conocido - regresaron a burlarse de mí. Me recordaba escondido detrás de los árboles enfrente de mi anterior hogar para ver a mis hijos aparecer por la ventana; telefoneando a la familia para solo oír a las voces familiares decir, "Hola, hola, ¿quién habla ahí?", antes de colgar.
Sentado en la cama, tomé la carta y la leí una y otra vez. En mi angustia, no pude contenerme más. Desesperadamente, lloré, "¿Oh Dios, me has abandonado o yo te ha abandonado a Ti?"
Por cuánto tiempo estuve ahí, no lo sé. Al levantarme, me sentí atraído hacia la ventana. ¡Sentí una transformación! La suciedad de esa ciudad industrial había desaparecido bajo una cubierta de nieve fresca. Todo estaba nuevo y blanco y limpio. Cayendo de rodillas, renové ese contacto consciente con mi Dios que había conocido cuando niño. No recé, solo hablé. No pensé; solo descargué un corazón agobiado y un alma perdida. No di las gracias; solo supliqué ayuda.
Esa noche, finalmente en paz conmigo mismo por primera vez en años, dormí toda la noche y desperté sin el miedo y el terror de enfrentar otro día. Continuando mi oración de la noche anterior, dije, "Aceptaré el trabajo. Pero, querido Dios, permite que Tú y Yo juguemos juntos de ahora en adelante".
Cuando algunos días pueden solamente ofrecerme una pequeña porción de frenética serenidad, veintiséis años después reconozco aún la misma tranquilidad interior que viene con el perdón de uno mismo y la aceptación de la voluntad de Dios. Cada nueva mañana, existe la fe en la sobriedad, sobriedad no como mera abstinencia del alcohol, sino como una recuperación progresiva en cada faceta de mi vida.
Con mi amiga de A.A., ahora mi esposa desde hace veinticinco años, me he unido a mi familia para una gozosa reunión. Conocemos una vida alegra y satisfecha, en la cual mi hermana y toda la familia comparten renovados y más fuertes lazos de afecto. Desde ese día, yo confío y confían en mí.
Edmonton, Alberta, Canadá.
Estuve dentro y alrededor de la Comunidad durante tres años, permaneciendo sobrio algunas veces, otras engañándome (a mi mismo, por supuesto) un poco o un mucho. Amaba A.A., me daba apretones de mano con todo mundo en cada puerta de todas las reuniones a las que asistía, que eran muchas. Era una especie de anfitrión de A.A. Desafortunadamente, tenía aún muchos problemas conmigo mismo.
Un miembro de mi Grupo solía decirme: "Si solamente practicaras el Paso Tres . . ." ¡Lo mismo que si hubiera estado hablando en alemán! Yo no podía comprender. Aunque yo había sido un estudiante distinguido de la escuela dominical, me había retirado muy lejos de todo lo espiritual.
En una época, me las arreglé para permanecer físicamente sobrio por seis meses. Entonces perdí mi trabajo y, a los cincuenta y cuatro años, estaba seguro de que nunca volvería a conseguir otro. Muy asustado y deprimido, sencillamente no podía encarar el futuro, y mi estúpido orgullo no me dejaba pedirle ayuda a nadie. Así es que fui al almacén de licores por mi muleta.
En los tres meses y medio que siguieron, morí cientos de veces. Aún asistía a bastantes reuniones cuando podía, pero no comentaba mis problemas con nadie. Los otros miembros habían aprendido a dejarme solo, porque ellos se sentían impotentes, y ahora comprendo por qué se sentían así.
Una mañana me desperté con la decisión de permanecer en cama todo el día, de esa forma no podría conseguir un trago. Cumplí con mi decisión, y cuando me levanté a las seis de la tarde, me sentía con seguridad, ya que las licoreras cerraban a esa hora. Esa noche me sentí desesperadamente enfermo; debería de estar en el hospital. Cerca de las siete comencé a telefonear a todos aquellos de los que pude acordarme, fueran o no A.A. Pero nadie pudo, o quiso, venir en mi ayuda. Como último esfuerzo telefoneé a un ciego. Había trabajado cocinando para él por varios años, y le pregunté si podía coger un taxi e ir a su apartamento. Yo me daba cuenta de que me estaba muriendo, le dije, y tenía mucho miedo.
Me dijo: "¡Muérete condenado! Yo no te quiero aquí". (Después me dijo que quiso cortarse la lengua, y que pensó en llamarme. ¡Gracias a Dios que no lo hizo!). Me fui a la cama seguro de que yo no me levantaría más. Mis pensamientos nunca habían sido tan lúcidos. En realidad no podía ver ninguna salida. Hacia las tres de la madrugada, aún no me había dormido. Estaba agarrado fuertemente a las almohadas y mi corazón latía con tal fuerza que parecía que se me iba a salir del pecho. Mis extremidades empezaron a adormecerse, primero las piernas arriba de las rodillas, luego los brazos arriba de los codos.
Pensé, "¡Ahora si!" Y me volví entonces hacia la única fuente a la que había sido demasiado listo (según lo veo ahora) o demasiado estúpido para recurrí antes. Grité: "Por favor, Dios mío, ¡no me dejes morir así!" Mi alma y corazón atormentados estaban en esas pocas palabras. Casi instantáneamente el adormecimiento empezó a desaparecer. Sentí una presencia en el cuarto. Ya no estaba solo.
Dios sea alabado, nunca más me volví a sentir solo. Nunca volví a tomar otra copa, y más aún, nunca la he necesitado. Fue un largo camino el de regreso a la salud, y pasó mucho tiempo para que la gente tuviera confianza en mí. Pero eso realmente no importaba. Yo sabía que estaba sobrio, y en alguna forma me di cuenta que, mientras yo viviera de la manera en que Dios quería que viviese, nunca más volvería a sentir miedo.
Recientemente se me dijo que tenía un tumor maligno. En lugar de sentirme temerosos o deprimido, agradecí a Dios por los últimos diez y seis años de tiempo prestado que El me había dado. Me extirparon el tumor, me siento extraordinariamente bien y estoy disfrutando todos los minutos de cada día. Habrá muchos más días, según creo. En tanto que Dios me tenga acá trabajo por hacer, aquí permaneceré.
Lac Carré, Quebec, Canadá.
Traté de ayudar a este hombre. Fue una experiencia humillante, nadie disfruta el ser un fracaso total; deja el orgullo hecho una ruina. Nada parecía funcionar bien. Lo llevaba a las reuniones y se sentaba en medio de una nube, y sabía que sólo su cuerpo estaba presente. Iba a su hogar, y él, o estaba borracho o se escapaba por la puerta trasera. Su familia estaba comenzando a entrar en un período de verdaderas penurias; podía sentir su desesperación.
Entonces vino el episodio del hospital, en la última de su larga cadena de hospitalizaciones. Entro en delírium tremens y convulsiones tan violentas, que tuvo que ser amarrado a la cama. Ya en estado de coma tuvo que ser alimentado por vía intravenosa. Cada día que lo visitaba se veía peor, aunque esto parecía imposible. Por seis días permaneció inconsciente, sin efectuar ningún movimiento, excepto los temblores periódicos.
El séptimo día lo visité otra vez. Al entrar en su cuarto me di cuenta de que le habían quitado las ligaduras que lo ataban a la cama y también los tubos de alimentación. Me sentí entusiasmado. ¡El iba a lograrlo! El doctor y la enfermera cortaron de raíz mis esperanzas. Se iba muriendo rápidamente.
Después de que hice los arreglos para traer a su esposa, se me ocurrió que siendo él un católico habían ciertos ritos de su religión que deberían ser cumplidos. Era un hospital católico, por lo que me dirigí al vestíbulo y localicé a una hermana religiosa (la madre superiora, como después me enteré). Ella avisó a su sacerdote, y junto con otra hermana me acompañaron al cuarto.
Mientras que el sacerdote entraba solo al cuarto, nosotros tres decidimos sentarnos en el banco del corredor. Sin previo acuerdo los tres inclinamos nuestras cabezas y comenzamos a rezar - la madre superiora, la hermana y yo, y un presbiteriano ordenado diácono.
No tengo forma de saber que tanto tiempo estuvimos ahí. Sé que el sacerdote ya se había ido a atender sus demás deberes. Lo que nos regresó al presente inmediato fue un ruido que oímos en el cuarto. Cuando nos asomamos, ¡el paciente estaba sentado en la cama!.
"Muy bien, Dios mío", dijo, "ya no quiero ser un jugador de la línea de retaguardia, un quarterbeck, por más tiempo. Dime qué quieres Tú que haga, y yo lo hará".
Los doctores dijeron después que en sus condiciones físicas le era imposible moverse, y menos aún sentarse. Y antes de éstas, no había proferido una sola palabra desde que ingresó al hospital. Su siguiente expresión fue: "Tengo hambre".
Pero el verdadero milagro fue lo que le sucedió durante los diez años siguientes. Empezó a ayudar a la gente. Y quiero decir esto ¡ayudar!. Ninguna llamada era demasiado difícil, demasiado inconveniente, demasiado "desesperado". Fundó el Grupo de A.A. en su pueblo, y se siente aturdido si usted menciona esto a otros o comenta la cantidad de trabajo de A.A. que él está haciendo.
El ya no es el mismo hombre con el que estuve intentando hacer el Paso Doce. Fracasé en todos mis esfuerzos para ayudar al hombre que yo conocía. Y entonces ese alguien creó un hombre nuevo.
Bernardsville, New Jersey.
Sucedió cerca de las tres de la madrugada. Había estado en nuestra Fraternidad poquito menos de un año. Estaba solo en la casa; mi tercera esposa se había divorciado de mí antes de mi entrada a Alcohólicos Anónimos. Me desperté con la sensación atemorizante de proximidad de la muerte. Estaba tembloroso y semi paralizado por el miedo. Aunque era el mes de agosto en el Sur de California, tenía tanto frío que busqué una gruesa manta y me la eché sobre los hombros. Entonces encendí la calefacción de la sala y me paré enfrente de ella, tratando de entrar en calor. En lugar de calentarme, comencé a entumecerme por completo y nuevamente sentí a la muerte aproximarse.
No había sido una persona muy religiosa, ni había estado afiliado a ninguna iglesia después de llegar a Alcohólicos Anónimos. Pero de pronto me dije a mí mismo: "Si alguna vez he necesitado orar, este es el momento". Regresé a mi cuarto y caí de rodillas al lado de la cama. Cerré los ojos, puse mi cara sobre las palmas de las manos, y descansé las manos en la cama. Había olvidado todas las palabras que dije en voz alta, pero volví a implorar "Por favor, Dios mío, ¡enséñame a orar!".
Entonces, sin levantar la cabeza ni abrir los ojos, fui capaz de "ver" la distribución completa del piso de la casa. Y podía "ver" un nombre gigante de pie al otro lado de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. Me mostraba su indignación mirándome con intenso odio y maldad. El era la manifestación de todo lo malo. Después de unos diez segundos, lo "vi" dirigirse hacia el cuarto de baño y también alrededor, saliendo entonces de la casa por la puerta de la cocina.
Permanecí en mi posición original de oración. Simultáneamente con su salida, pareció que me llegaba desde todas las direcciones, desde los alcances infinitos del espacio, una corriente magnética vibrante, pulsante. En unos quince segundos probablemente, esa formidable fuerza entró en contacto conmigo, permaneció en mí cinco segundos, y entonces, lentamente, regresó hacia sus orígenes. Pero la sensación de liberación que me produjo su presencia, no hay palabras para describirla. A mi manera, carente de refinamientos, di las gracias a Dios, me acosté en la cama y me dormí como un niño.
No he vuelto a tener el deseo de un trago o de cualquier intoxicante desde aquella memorable mañana hace veintitrés años. En los años que llevo en nuestra Fraternidad, he tenido el privilegio de oír a uno que otro miembro describir una experiencia casi igual a la mía. El que saliera de mi casa, aquella figura del mal, simbolizó en realidad que salieran, de mi vida, todo el mal causado por el alcoholismo, ¿tal como algunos piensan? Cualquier cosa que haya sido, la otra parte de mi experiencia simboliza para mí, el amor poderoso y purificador de un Poder Superior, al que desde entonces me siento feliz de llamarle Dios.
San Diego, California.
Antes de mi reclusión en un centro alcohólico, yo había tenido un período seco en Alcohólicos Anónimos. Ahora sé que había ido a Alcohólicos Anónimos para salvar mi matrimonio, mi trabajo y mi salud, aunque nadie hubiera podido convencerme en esa época de que las metas que me guiaban en A.A. no eran las apropiadas. En siete meses, mi hígado estaba ya bien, y me emborraché durante seis semanas, con el desenlace de mi reingreso al centro de recuperación.
En mi octava noche ahí, supe que me estaba muriendo. Estaba tan débil que difícilmente podía respirar. Respiraba dando pequeñas boqueadas, bastante alejadas una de otra. Sí me hubieran puesto un trago a tras centímetros de mi mano, no habría tenido fuerza suficiente para agarrarlo. Por primera vez en mi vida estaba arrinconado en una esquina en la que no podía pelear, engañar, mentir, robar o comprar mi manera de salir de ahí. Estaba metido en una trampa. Por primera vez en mi vida, proferí una oración sincera: "Dios mío, por favor ayúdame". No regateé con El, ni le sugerí cómo o cuándo El me iba a ayudar.
Inmediatamente me llegó la paz y tranquilidad. No hubo la luz de un relámpago o el choque de un trueno, ni siquiera una pequeña voz. Estaba asustado. No sabía qué me había sucedido. Pero me fui a acostar y dormí toda la noche. Cuando me desperté a la mañana siguiente, estaba fresco, fuerte y hambriento. Pero la cosa más maravillosa fue que, por primera vez en la vida, esa oscura, misteriosa nube del miedo se había ido. Mi primer pensamiento fue escribirle a mi esposa sobre esta experiencia, y lo hice. ¡Imagínenme siendo capaz de escribir una carta después de la situación en que me había encontrado la noche anterior!.
Estoy seguro de que algunos clasificarían esta experiencia como un ejemplo de "déjalo pasar y déjaselo a Dios". ¡Pero no para este terco sujeto! Me había agarrado a la punta de un delgado hilo de mi voluntad hasta que se reventó, y entonces fui agarrado por los "brazos sempiternos". Tuve que rendirme impotente, como un hombre que se está ahogando y pelea con el que trata de salvarlo.
Regresé a Alcohólicos Anónimos, pero estuve renuente por largo tiempo a contar mi experiencia. Temía que nadie me creyera y que se rieran de mí. Más tarde me enteré que otros habían tenido experiencias similares.
Una experiencia espiritual, creo, es lo que Dios hace por un hombre, cuando el hombre está totalmente impotente de hacerlo por sí mismo. Un despertar espiritual es lo que un hombre hace por medio de su buena voluntad para que su vida sea transformada, siguiendo un programa ya comprobado de crecimiento espiritual y esta es una aventura que nunca termina.
Raleig, Carolina del Norte.